Texto por Mauricio Guerrero Martínez

El sexto largometraje del griego Yorgos Lanthimos, La Favorita (2018), llega como joya que consagra la corona del director en su paso por el cine anglosajón -norteamericano, para ser más preciso-, luego de su éxito internacional en festivales como el de Venecia, Chicago y Nueva York y galardones como el Globo de Oro y diez nominaciones al Óscar.

Después de la realización de Sacrificio del Ciervo Sagrado (2017), Lanthimos continúa en el radar de las grandes producciones, los premios y una atractiva entrada en taquilla, cimentando su nombre dentro de los consentidos de la industria hollywoodense.

Ya sea por su estilo medio surrealista, absurdo y satírico o por su capacidad para llevar a los actores y actrices por caminos lejos de un rol fácil y entrañable, este director se ha hecho de armas tomar. No obstante, esta cinta supone un giro en su carrera, pues de sus seis largometrajes este es quizá el más convencional, tanto en la forma como en el contenido, tratando de mantener a flote el sello ¿lanthimoniano? que maravilla ojos y oídos.

Recordemos que es la primera cinta que no escribe él mismo, el guion lo firman Deborah Davis y Tony McNamaray, ahora nominados por la academia gracias a este filme, lo que parece haber marcado un terreno menos libre por el cual ondear su bandera.

En ella se da un salto histórico a la Inglaterra de principio del siglo XVIII, precisamente al apogeo del reinado de Ana Estuardo, última de su dinastía -pues nunca tuvo descendencia-, conocida por ser la cabecilla de su nación durante Guerra de Secesión Española, acompañada siempre de su fiel consejera, Sarah Jennings, esposa del Duque de Marlborough, con quien la monarca mantenía un relación estrecha y confidente. Al grupo se une Abigail, prima de Sarah, caída en desgracia por culpa de su padre, la cual ha sobrevivido a la violencia y la precariedad luego de una vida aristócrata.

Es sabido el encanto del cineasta por torcer la historia y las normas sociales, exagerándolas para exponer sus bajos fondos. Acá nos presenta un mundo de lujo y oropel, sumido en la guerra y el exceso de las clases acomodadas mientras el pueblo (que nunca vemos) vive en la miseria.

Donde la decadencia moral existe tanto en los unos como en los otros, por ejemplo, delitos como la violación son la norma y lo común dentro de un mundo patriarcal. A este universo le sobrevive otro más oculto, íntimo y estridente: el de la triada de personajes femeninos que mantienen un triángulo casi amoroso donde el sexo, aunque no es explícito, tiene un gran peso.

Mientras la reina busca el cariño y afecto que llene sus vacíos emocionales (como lo hacen sus bebés conejos), las otras dos persiguen sus fines egoístas y políticos, el hueso, como le dicen.

Por un lado, una busca el control de las tropas inglesas, comandadas por su esposo, y la implementación de sus favores y los de su partido; mientras que la otra anhela el regreso a la aristocracia, el lujo y la comodidad, empecinada por la idea de que es el justo pago luego de su sufrimiento.

Este juego de poderes, donde las relaciones carnales, el efecto y la compañía funcionan como monedas de cambio en una jugarreta vil y despiadada, termina por sucumbir ante un asunto de venganza y cobranza de modo pasivo-agresivo.

Casi como un juego de ajedrez, la Inglaterra de Lanthimos consta de varias piezas: los peones, torres y caballos (los partidos), las alfiles (piezas que si se saben usar puede ser letales) y la reina, quien en este ancestral juego es quien ostenta el mayor poder.

Sin embargo, las sorpresas, los giros y los disturbios estéticos recurrentes dentro de la filmografía del cineasta griego brillan un poco por su ausencia, apostando a una narrativa mucho más sutil que, por ejemplo, en su cinta anterior.

Pero si más embellecida por la fotografía de Robbie Ryans que hace uso de lentes angulares (raros en producciones de este calibre) colores pasteles, fuertes luces naturales y composiciones de pinturas isabelinas, que claramente aluden a la época. Aun así, La Favorita recrea una época y le da la vuelta, muestra una cara imaginaria, quizá enterrada, donde lo personal siempre es político y a veces, viceversa.

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