Le decíamos el Cuervo. Aunque nadie le dirigía la palabra, estoy seguro de que se enteró y le gustaba. Tendría unos 20 años; nosotros apenas rebasábamos los 15. Era alto, delgado y llevaba el cabello largo hasta los hombros. Siempre húmedo –quién sabe cómo le hacía– como si acabara de salir de ducharse o lo hubiera sorprendido la lluvia en medio de una caminata.

TXT: Arturo J Flores

Era idéntico a Eric Draven, el protagonista de la película dirigida por Alex Proyas, inspirada en el comic de James O’Barr. La historia de un músico que regresó del Infierno transformado en un vengador que busca a los pandilleros que lo asesinaron a él y a su novia, luego de violarla delante de él. Se hacía acompañar por un pajarraco negro que, en la mejor tradición de Poe, velaba por su alma en “en las riberas de la noche plutónica”.

El Cuervo, el muchacho al que me refería al principio y no el de The Raven, el largometraje que entonces estaba de moda y del que nos robamos el sobrenombre para asestárselo, trabaja en un acto de infinita justicia poética, en un videoclub. Ahí lo encontrábamos siempre sentado en una posición similar a la que adoptaría un ave con las alas recogidas. Siempre con un libro en las manos.

Se hizo novio de Yuri, una vecina a la que sus padres (in)convenientemente dejaban sola todas las tardes de cuatro a siete de la tarde. Eran las tres horas en las que el Cuervo avanzaba parsimoniosamente al fondo de la Unidad, a veces fumándose un cigarro y otras escuchando música en su walkman, hasta que llegaba a la puerta donde Yuri, la lo esperaba, con los labios recién pintados. Tanto como los de su galán.

En una ocasión, mientras yo mataba el tiempo junto a otro colega contando chistes con las manos bien guardadas en los bolsillos, el Cuervo pasó junto a nosotros y se me quedó mirando a los ojos. Lo que me impresionó no fue que –contra lo que pudiera pensarse– nos sonriera, sino que los llevaba delineados.

Entonces, hablo de mediados de los heteronormados 90, no era tan común que un hombre se paseara maquillado por la calle, a plena luz del día.

En el documental Just like Heaven: la historia de Super Sound, el fallecido (y que por desgracia no revivió como sí lo hizo Eric Draven) Illy Bleeding, bautizado como “El primer punk mexicano” y que presumía ser amigo de Ian Curtis y David Bowie, denuncia ante las cámaras que en más de una ocasión fue “invitado” a visitar el asiento trasero de una patrulla a causa del maquillaje que utilizaba:

–¿Por qué traes los ojos pintados? –le preguntaban los mastines policiacos.

–¡Porque soy cantante de rock! –les respondía.

Mi única referencia de un espécimen masculino con una plasta de pintura en la cara era Robert Smith. Ya después vinieron a Rozz Williams, Marilyn Manson, el black metal noruego y reparé en las rayitas que Alice Cooper se dibujaba para tomar por asalto el escenario.

En tiempos sin Internet no conocías a los músicos en estricto orden de aparición, sino guiados por la caprichosa casualidad que los presentara en tu vida.

Smith era, después supe, la inspiración que trazó la imagen del Cuervo cinematográfico y, en consecuencia, del Cuervo que todas las tardes caminaba hasta la casa de nuestra vecina para envolverla entre sus alas.

La segunda vez que The Cure vino a México, primera en el Distrito Federal ahora CDMX, trabajaba yo como reportero de un periódico. Mantenía una competencia amistosa con un soldado de El Universal que, además de melómano era un fabuloso escritor llamado Gamaliel Luna. A él le debemos una de las mejores crónicas que se escribieron de aquella seguidilla de tres conciertos y en la que tecleó, “no es lo mismo disfrazarse de Robert Smith a los 20, que a los 40…”.

Eso incluye al mismo Robert, que a sus 60 cada vez se parece más a un retrato cubista del impresionante espantapájaros que fue, por más que su talento, su voz, su energía (la última vez que estuvo en México, tocó durante 4 horas) y su creatividad se mantengan intactas.

Esta semana se estrenó Joker, la película sobre otro maquillado al que la cultura pop le rinde un culto enorme. El martes que entra será el concierto de The Cure y este viernes, en Marvin presentamos en el Museo de la Ciudad de México el libro tributo que le escribimos a la banda, Canciones de cuna para desintegrarse.

Una voz dentro de mi cabeza evoca una canción de Mecano: “sombra aquí y sombra allá, maquíllate… maquíllate”, y estoy a punto de hacerle caso.

The Cure y Joker… y los maquillados dominarán al mundo