Por: José Quintanar

El set de filmación se encuentra absorbido por un cúmulo de luces y sombras cuyos claroscuros parecen anunciar la intromisión de rostros espectrales a lo largo de la sala.

El director Alex Proyas se sienta tras la cámara filmográfica y mira a través del descomunal dispositivo el cual se le antoja como una especie de oráculo incontrovertible.

La atmósfera es precisamente la que quiere, la que necesita para esa secuencia en la que un desgarbado y valeroso Eric Draven encuentra la muerte mientras su amada es abusada sexualmente por una pandilla de matones.

Brandon Lee se encuentra a unos escasos metros de él; repasando concienzudamente el libreto. Es increíble la forma en que se transforma cuando los maquillistas se encargan de caracterizarlo. Su fantasmal apariencia no deja de recordarle a Proyas a los punks callejeros que pulularon durante la década de los setenta en el Reino Unido.

El realizador no puede evitar pensar en las leyendas; en esa serie de sortilegios y maldiciones los cuales, supuestamente, se han cernido sobre la estirpe de los Lee.

Debe de ser difícil para Brandon cargar con el legado de su padre: el artista marcial más reconocible de los últimos tiempos; ni más ni menos.

A pesar de sus inclinaciones natas hacia la estética de carácter obscuro, Proyas nunca se ha considerado un individuo supersticioso. Sin embargo, durante ese momento en el que se permite estudiar de forma pormenorizada el semblante de Brandon, no puede evitar percibir cierto halo de negrura, la aurora de un mal signo que se cierne sobre él; igual que una hermosa promesa trágica, de esas que tanto les gustaba hilvanar a los escritores románticos del Siglo XVIII.

No cabe duda de que el joven “cuervo” se convertirá en un símbolo: un último vestigio de iconicidad transgresora, refulgiendo en un mundo donde la figura redentora del monstruo heroico se ha vuelto un fenómeno inadmisible, relegado a las alcantarillas de las ciudades lluviosas.

Sin embargo, es imposible no pensar que este proceso vendrá acompañado por un precio desorbitante.

La muerte del padre de Brandon estuvo rodeada de un misterio verdaderamente morboso. Inclusive, existen rumores exagerados que aseguran que Bruce Lee fue asesinado mediante un complot de la mafia asiática.

Los motivos se dividen en dos vertientes igualmente tórridas. Algunos aseveran que el experto en artes marciales fue finado por “occidentalizar” de manera vulgar los secretos del Kung-Fu mientras que otros, más realistas, señalan que Lee se encontraba inmerso hasta las narices en el tráfico de opio.

“Tonterías”, conluye Alex Proyas mientras los actores por fin se acomodan en sus respectivas posiciones.

El grito de “¡Acción!” retumba como una orden militar y una bala de salva impacta en el cuerpo de Brandon. La escena es algo sublime; violentamente conmovedora, como la muerte de un ruiseñor.

Sin embargo, algo no está bien. Brandon no se incorpora. Su vista yace perdida mientras un hilillo rojo escapa de su abdomen. Esa no es sangre de utilería. Proyas lo comprende de forma casi inmediata, sin saber realmente cómo ni por qué. Poco a poco, el equipo entero se sumerge en una angustia afilada que rápidamente da paso al terror más insoportable.[m]

 

Nota: Brandon Lee murió el 31 de marzo de 1993 durante la grabación de The Crow. La causa fue un impacto de bala real que se produjo debido a un descuido por parte de los encargados de utilería. Tenía 28 años de edad.