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The Beatles y su ‘Anthology 4’: Arqueología de nervios, músculos y vértebras

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Como miles en el mundo desde hace más de sesenta años, con The Beatles aprendí a escuchar música. El de esos cuatro ingleses fue el sonido que me hizo sentir inútil por no poder meter la cabeza a las bocinas. Intentando poner las sienes ahí, escuché desde la adolescencia cada uno de los álbumes de una banda que cuando nací ya no existía. Voces fantasmales, emociones espectrales. Son las de los Beatles canciones que me han hecho sentir vivo y mostrado que de alguna forma el objetivo puede ser alcanzado: meter la cabeza a las bocinas, colocarse en medio del flujo eléctrico. Y cimbrarse.

Durante un tiempo fue necesario tener habilidades de arqueólogo para conseguir material bitle (me permito aquí usar aquí esta palabra y sus derivados). El Tianguis Cultural del Chopo era un punto fundamental, ahí me hice de la discografía inglesa en casetes EF60 con portada fotocopiada, cintas en las que solía quedar espacio en blanco, aprovechado para que el vendedor adhiriera algunas canciones extra. Llegabas al siguiente sábado con el dealer pidiendo más, tembloroso, adicto. Aterrizabas así en el terreno del material pirata, un horizonte sinfín donde convivían ensayos, versiones alternas y tomas en directo. Se trataba de abrirse campo en monte pelón. No era pose que Federico Arana llegara a dicho tianguis portando un sombrero de safari.

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Así que uno iba amontonando tapes y armando el rompecabezas con las piezas que por ahí estaban regadas, no había de otra que ir a tientas. Ni soñar con tener los CD´s o los viniles importados, eran carísimos. Los LP´s mexicanos eran ninguneados por los coleccionistas entonces (hoy, quien supo valorarlos guarda sus gemas bajo llave). Quinceañero, personalmente mi fuente de información era Universal Stereo; saliendo de la clase de inglés corría a casa a encender la radio con tal de escuchar alrededor de diez minutos de canciones consecutivas de los de Liverpool acompañadas de datos que apuntaba en mi libreta mental, de la voz de Manuel Guerrero y Enrique Rojas. El resto era territorio auténticamente apache: revistas que fundamentaban sus textos en el rumor y otras con datos dérmicos, además de los inefables cancioneros para guitarra.

La llegada de The Beatles Anthology en 1995 (con serie documental para la TV y libro como compañía), pocos años después de la edición en CD de los álbumes ingleses en México (sí, los mortales tuvimos en nuestros oídos esos discos décadas después de su aparición original), significó tener al fin un condensado de todo eso que circulaba de manera ilegal gracias a sellos como Yellow Dog. Además, se anunció que habría acto de resucitación de por medio y que composiciones que John Lennon dejó en algún cajón serían retomadas por el trío sobreviviente para cobijarlas y poner de pie a Lázaro ante el rayo láser. Yo temblaba de emoción. En mis cuadernos (forrados, obvio, con puros bitles puros), dibujaba a los greñudos esos. A mis amigos les hablaba del tema; me barrían parando la trompa y alzando las cejas; ¿de qué hablas, idiota?

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Descubrí entonces “Free as a bird” y “Real love”, las nuevas firmada por The Beatles a 30 años de la salida de Help! Conseguí los seis CD´s que conformaban Anthology quemados y, cuando había oportunidad, iba a la casa de un amigo y hojeaba los tres booklets que acompañaban las versiones originales de los platos. Y digo que hojeaba porque no entendía ni la mitad de lo que ahí había. Meterme a las bocinas implicaba eso también: entender cabalmente lo que esos sujetos estaban cantando, saber de qué se reían y por qué lucían tan excitados. No bastaba con distinguir entre las voces de Paul y John ni con saber la diferencia entre Höfner y Rickenbacker; también estaban las indicaciones de George Martin, los rumores y humores flotando, las bromas entre Ringo y George… había tanto por descubrir. El sombrero de safari eran los audífonos, cerrabas los ojos y ya estabas ahí, en la sabana sónica. 

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Cuando se anunció que estaba por ponerse en el aire una cuarta antología para de paso retocar tecnológicamente las tres previas, es decir, la llegada de un volumen final compuesto por dos CD´s, las quejas digitales se pusieron de a peso. Porque además se revendería el libro ya conocido y la serie documental contaría con un capítulo extra. Una horda de inocentes apenas descubría algo que todos sabemos: el negocio bitle lleva décadas exprimiéndonos los bolsillos sin misericordia. Sin embargo, esto apenas era el comienzo, porque una vez que todos escucharon el contenido del nuevo álbum doble, se sacaron de la manga un comentario inaudito: la voz de John en “Real love” se oía robotizada, poco humana. ¡ALV! Es decir, esa gente o acababa de llegar a la fiesta o pasó treinta años escuchando dicho tema de fondo mientras trapeaba porque, de hecho, hablando de esa composición en especial, nunca antes la voz de Lennon sonó tan nítida.

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El asunto aquí es, ¿cómo escuchan a los bitles quienes se dicen bitlémanos? Y no quiero referirme a sistemas sofisticados de audio, sino a cuánta atención se le pone a lo que proyectan las bocinas como para salir con un comentario como el citado. Si atiendes, te emocionas. No hay otra opción, con The Beatles no la hay. Y siendo estrictos, si escuchas, si de verdad estás escuchando, sin falla te pones de pie y aplaudes. ¿Cuántos años de diferencia hay entre “I saw her standing there”, la uno de esta Anthology 4; y “Something”, extraída del último álbum grabado por el cuarteto? Apenas seis años. ¿Quién, quién a estas alturas de la historia de la música pop ha mostrado una evolución así de drástica, tan francamente radical en diversos términos?  Y que entre ambos extremos te asalten temas como “I´m the walrus” o “I´ve just seen a face” ya es artero. Caes.

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Ha hecho frío últimamente. Ese día que la Anthology 4 estuvo en plataformas, esperé a que dieran las doce de la noche. La hora cero. Y apreté ese botón que es una flecha que indica ande usted hacia la derecha. Con doble cobija encima, hasta el cuello, apenas se asomaban mis ojos. La recámara a oscuras. Yendo en esa dirección, hacia la derecha, tras vislumbrar telarañas en las esquinas del cuarto, mi mirada se topó con mi nuca. Vi nervios, músculos y vértebras. La música ilumina resonancias internas. “This boy”, “If I fell”, “Every little thing”. Lennon & McCartney en los oídos, créeme: escuchas su saliva cruzar tráqueas. ¿Cuánto tienen que quererse dos para emparejar sus latidos de tal manera? Allí el trato es: ¿te duele? Bueno, entonces a mí también me duele, que nos duela juntos. Porque estamos juntos en esto. Escucharles armonizar sus voces es conmovedor. Llegar a “In my life” con los ojos secos se antoja imposible.

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Yo sé que vas a pensar que soy un exagerado. Pero me parece que el trato con la escucha debe ser así, hay que partir de la desmesura. La escucha es un acto extremo. Se vive en el estremecimiento o no hay tal. Es un salto al vacío. Y bajo este planteamiento llegas adonde desees. No necesitas la voz de Lennon para entender que eres un “Nowhere man”, ¿o sí? Vaya, él te hace señas, el resto lo encuentras tú. Que Paul se ausente en “She´s leaving home” tiene un sentido, porque te dice: anda, haz tú ese falsete mío, transfórmate en mí que cuando lo hice pensaba en ser como tú. La música funde, jamás confunde. Y alístate igual para poner a prueba tus articulaciones con “Money (That´s what I want)”, “Matchbox”, “Helter skelter” o “(You´re so square) Baby I don´t care”. Ábrete campo, no olvidemos que esta banda se forjó en el rocanrol, sobre tarimas alemanas, entre anfetas y prostíbulos, de madrugada siempre. Mínimo hay que subirle y bailar, si no, ¿cómo?

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Son 36 canciones, pues, casi dos horas de sesión espiritista. Bastante como replantearse cómo está escuchándose la música hoy en día. Personalmente, comienzo a desdecirme: el cancionero bitle sí, dentro de décadas seguirá siendo idolatrado, sin embargo su arrastre masivo irá disminuyendo, lejos de fortalecerse. Varios factores influirán en esto, y uno de los más importantes será, precisamente, el no escuchar. El no estar atendiendo. El ir por la vida con los oídos taponeados. Lejanos los días de cintas y viniles sin internet, es increíble que con tanta música a la mano de cualquiera lo único que estemos haciendo con ella, La Música, sea faltarle al respeto, dejándola hablar sola, como loca. No la peles y se va, avisa un viejo dicho. Y bueno, por eso los bitles, me da pena irlo entendiendo, se están yendo. Pero nos aferramos algunos, ¿o no? Somos varios. Los que apretamos ese botón para vernos por dentro —nervios, músculos, vértebras. Y luego salir, ya muy de vez en cuando, cada vez menos, sólo para corroborar que afuera todo va de mal en peor.

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*También te puede interesar: Paul McCartney en la CDMX: Bitles aquí, ayer y en todas partes

Alejandro González Castillo

Alejandro González Castillo

Periodista, y escritor también (porque parece que no es lo mismo). Cruza párrafos con compases. Le gustan las olas, leer y chelear chachareando; además de escuchar discos dejando salir el humo por los ojos.

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