¿Escritora?, ¿periodista?, ¿filósofa? Tamara Tenenbaum es una portavoz de la ontología legítima o ilegítima, como tú quieras, pero es una voz que debe ser escuchada, una canción que hay que bailar, un faro que hay que seguir, un sentimiento humano y noble que da cuenta de que existe algo más que tú en este mundo.

TXT:: Mixar López

FOT:: Mariana Greif

Qué fácil es describir a una persona con palabras, qué fácil es etiquetarla, señalarla, ponerle un lastre encima, una tara, una letra y unas cadenas. Tú eres esto y así serás y en estas palabras te quedarás, de ahí no sales. Un nombre, un apellido y una carroza. Pero ya es hora de que dejemos de hacerle mala prensa a los nombres, a las energías: yo, tú, él, ella. Ya es hora de que dejemos de hacerle mala prensa a la culpa, como dice Tamara Tenenbaum.

No sé aún quién es Tamara Tenenmabum, pero quiero reconocerla en mí, y por eso me propuse a entrevistarla entrevistándome. El resultado, el verdadero Oro del Mundo: El Aprendizaje.

FOT:: Carla Nastri

¿Cómo  llegaste a la revista Orsai en Argentina?

Por Josefina Licitra, una escritora argentina que admiro mucho y también edita la revista. A ella le habían gustado algunos textos míos, y entonces me ofrecieron una nota: un perfil de Jorge Zonzini, el tipo que le hizo de manager mediático a Nahir Galarza, la chica de diecinuve años que fue condenada a prisión perpetua y causó mucho revuelo, por ser la mujer condenada a perpetua más joven de America Latina y ante todo por ser bella. A ellos les parecía interesante, y lógico también, que la nota la hiciera una chica también joven (no tanto como Nahir, por supuesto), a quien el tipo le hablaría con libertad. También les interesaba que la nota tuviera perspectiva de género, hacer una crítica de cómo los medios usaron la figura de Nahir. Así que me preguntaron si me animaba, la hice y fue un placer.

¿Cómo fue tu infancia en el Once?

Bueno, para mí fue bastante terrible. Nací en una comunidad judía ortodoxa moderna, donde los destinos posibles son bastante escasos, tanto para las mujeres como para los varones. Te casas virgen a los veinte años, tienes hijos, trabajas en el negocio familiar o eres maestra de hebreo o torá en algún colegio del barrio: medio que no pasa de ahí. Yo supongo que hay gente que disfruta esa vida y la elegiría, pero lo que me daba mucha rabia de chica es que en la comunidad jamás está planteado como una elección: no es que los padres les dicen a sus hijos “tú cuando tengas edad para decidir vas a elegir si te quedas en el buen camino o no”, ni siquiera en estos términos se plantea una decisión. Es lo que hay que hacer y punto. Es una cultura -como muchas otras culturas religiosas- en la que la libertad no es un valor. Los valores son el camino de la biblia, la familia, la comunidad y ya, y ni siquiera importa cómo te traten esa familia y esa comunidad, porque a mucha gente no la tratan bien. Por eso cuando hablo de producir comunidades y no comulgar con el individualismo de la época pienso en nuevas comunidades, y no en una nostalgia de las comunidades de otra época. Eso se lo escucho mucho a gente de mi generación criada por padres progresistas, que romantiza la idea de “el pueblo” o “el barrio” porque jamás vivió en un pueblo chico o un barrio chico y no sabe lo opresivo que puede ser, con todo lo rico que también puede ser. Me interesan en este sentido planteos como el del filósofo Jean Luc-Nancy, en torno a la idea de la comunidad de los que no tienen nada en común. Deconstruir la idea de que una comunidad se define por sus exclusiones, como la comunidad en la que yo me crié.

¿Consideras que conocer gente a los treinta es difícil?

Tiene sus dificultades: en la secundaria y en la universidad (los que tenemos la suerte y el deseo de ir, claro) tenemos ámbitos relativamente organizados para conocer gente: nos cruzamos todo el tiempo caras nuevas en los pasillos, nos invitan a fiestas, nuestros amigos de la secundaria nos presentan a sus amigos nuevos de la universidad. Nos demos cuenta o no, tenemos muchas oportunidades de conocer gente nueva, soltera y de nuestra misma edad. A los 30 eso se puede complicar un poco más. En el trabajo no es siempre tan sencillo, y la gente no cambia tan seguido como en la universidad que cada semestre hay un pool de caras nuevas; muchos de nuestros amigos se casan y tienen hijos, empiezan a juntarse con otra gente casada con hijos. Ya no tenemos veinte así que nos invitan a menos fiestas, y quizás aunque te inviten ya no tienes ganas de quedarte hasta las cuatro de la mañana despierto a ver si pinta darse unos besos con alguien (al menos no todos los fines de semana, por Dios).

Encima de todo, la gente está cada vez más ansiosa, o tímida, o paranoica, y es cada vez más raro que se anime a iniciar una conversación con un extraño en un bar, mis hermanas menores casi no me creen lo común que era agarrarse tipos en bares así hace diez o quince años. Así que sí, creo que es más difícil, de hecho las apps de ligue son un negocio que se basa en esa dificultad. Cuando entrevisté al fundador de Happn me dijo exactamente eso: si les preguntas a tus amigos por qué no tienen pareja, alguno te va a decir que porque no quiere, pero muchos te van a decir “porque conocer gente es difícil”. De eso se trata la app. Y pensemos lo que pensemos de las apps de ligue, creo que sobre eso el tipo tenía razón. Muchísimos de mis amigos hablan de esa dificultad.

¿Es esta es una época que celebra la independencia absoluta o más bien el aislamiento absoluto?

Yo creo que se celebra la independencia absoluta, pero eso no es una buena noticia tampoco. Me parece un lugar muy complicado para vincularse y para posicionarse políticamente en el mundo, y una postura profundamente patriarcal: como los varones representan históricamente lo independiente, el sujeto celebrado y respetado es ese, el que no necesita a nadie. Yo prefiero pensar en un sujeto quebrado, que vive con y para otros, que necesita de un entramado social y participa de distintos vinculados en los que recibe y da cuidado. Lo tomo de una filósofa esto, Martha Nussbaum, y su crítica al sujeto moderno: todos necesitamos cuidados en algún momento de la vida, en muchos momentos de la vida. A veces nos lastimamos, o tenemos alguna discapacidad con la que necesitamos ayuda seguido, o envejecemos, o estamos tristes y necesitamos un abrazo. Me parece que lo que tiene que desactivar el feminismo es la idea de que una mujer siempre necesita un varón. Cosa que además desestima los mil modos en que los varones históricamente necesitaron de nosotras y nuestros cuidados. Creo que no hay que montar el feminismo ni ningún movimiento progresista sobre una narrativa de sujetos autosuficientes que no necesitan a nadie, que es una narrativa muy poderosa en esta época, un relato neoliberal y cruel.

Hay que empoderar a todas las subjetividades históricamente desaventajadas para que puedan ser libres y económicamente independientes, por supuesto, porque esas libertades están muy mal distribuidas: pero reivindicar la autosuficiencia y la independencia absoluta es una fantasía omnipotente y ultraliberal que creo que no nos hace bien.

¿Es el mundo contemporáneo una extensión del departamento Hikikomori?

Hay algo de eso. Yo uso siempre el mismo ejemplo, que es el hecho de que al menos en mi país, Argentina, existía el delivery de comida hace muchísimo, te diría que de casi cualquier tipo de comida. Los extranjeros se fascinan, por ejemplo, con nuestro delivery de helado, que te trae los kilos que quieras de helado de primera calidad a la puerta de tu casa. Sin embargo la gente joven especialmente se volvió loca con Rappi y Glovo, dos aplicaciones de delivery. ¿Qué ofrecen de distinto? Un poco más de variedad, OK, pero lo más distintivo es que no tienes que hablar por teléfono con nadie. No hay que someterse al malentendido. Y eso a la gente joven le fascina porque, y aquí me incluyo, odiamos hablar por teléfono. Odiamos tomarnos la molestia de entender y escuchar cuando no nos apetece. A mí que me llamen por teléfono sin avisarme que me van a llamar hoy me parece una invasión de mi espacio, ¿pero por qué? ¿si hasta que tuve veinte años me pasaba todo el tiempo?

Estamos cada vez más intolerantes. Por supuesto que Internet además nos expone a una cantidad de gente que es razonable que sea insoportable: hoy cualquiera tiene tu teléfono o tu mail o tu Instagram y te escribe con alguna demanda de amor: pedir un favor, un dato, iniciar una conversación, un levante, querer ser tu amigo, lo que sea. Por supuesto no podemos ser esclavos de eso. Una vez se lo leí a una psicoanalista que sigo en Twitter: está bien preservarse de eso, de la demanda permanente. Pero una cosa es eso y otra evitarse la interacción humana a toda costa, no tolerar que nadie “te moleste”. No tolerar el ruido que hacen los niños y tratar de generar cada vez más espacios “child free”. Por eso, entre otras cosas, me gusta vivir en América Latina y me gusta mi cultura urbana latinoamericana: una cultura del ruido, del contacto involuntario y de la molestia constante. A veces me rompe las pelotas, como a cualquiera, pero creo que eso mismo es valioso, especialmente para gente que puede tender muy fácilmente a lo ermitaño y a la romantización de esa misma cosa solitaria y mañosa, como yo.

¿El deseo de amistad es el deseo del afecto?

Toda demanda es demanda de amor, lo dijo Lacan y hay pocas cosas que sean más verdaderas que eso para mí. En lo personal, para mí la amistad siempre estuvo relacionada a la libertad: un vínculo que yo podía elegir y construir, que no me venía heredado por mi familia o por mi condición social, y que me permitía conocer y producir mundos nuevos, distintos del mundo del que yo venía.

¿Por qué las narraciones maniqueas nos dan una sensación de tranquilidad?

Yo supongo que porque nos dan reglas claras sobre lo que hay que hacer, nos dicen de forma inequívoca, sin grises ni ambigüedades: ¿qué es ser una buena persona o tener una buena vida? Salir de la idea de que lo bueno y lo malo se distinguen como lo blanco y lo negro nos reencuentra además con nuestra libertad, con la idea de que tenemos que construir nuestros propios ideales, armar nuestras propias ideas de justicia, que no nos vienen dadas de ningún relato externo. Y por otra parte, en los relatos maniqueos que distinguen a lo bueno de lo malo todos tendemos a ubicarnos del lado de los buenos. Es tranquilizador saber que uno está del lado del bien, una especie de inmunidad al mal.

Es parte del mecanismo que opera cuando alguien hace un comentario machista o racista y todo el mundo sale a insultarlo masivamente, o a pedir que lo echen de su trabajo, o a ventilar información privada o lo que sea, uso estas expresiones porque usar la palabra “linchamiento”, que tanto se utiliza en estos casos, me parece una exageración a la que no hay que contribuir. Yo creo que está buenísimo que les contestemos a las personas que difunden mensajes de odio, pero también veo que hay cierta satisfacción en señalar al otro, incluso cuando no hay mala intención o no se trata de personas peligrosas. Chicas muy jovencitas que a veces difunden mensajes feministas radicales destructivos, o en el extremo opuesto personas que por su edad o por no estar a tono con el vocabulario progresista del momento dicen algo con lo que hoy no estamos de acuerdo. Cuando citamos a esas personas en Twitter y criticamos su mensaje, me incluyo porque a veces también lo hago, les mostramos a los demás que estamos del lado del bien, todos megustean y retuitean y también están del lado del bien y todos contentos.

Fíjate que Twitter tiene tan claro cómo funciona esto que nos dio la función para quotear/citar tuit, que antes no estaba: antes respondías y tus seguidores no leían tu respuesta, a menos que siguieran también a la otra persona. Pero Twitter se dio cuenta de que no nos importaba solamente discutir con esa persona sino exhibir nuestro desacuerdo a los demás para mostrar de qué lado estamos. Eso también es parte de la narrativa maniquea en la cual están los malos, y estamos nosotros. Y es una narrativa destructiva y violenta, porque implica que si aislamos o eliminamos a los violentos de nuestras vidas, todo va a estar bien.

¿Qué es lo que escuchas cuando alguien te refiere el Atentado de la AMIA?

Es la causa de la muerte de mi papá y un evento que tuvo consecuencias muy fuertes en mi vida, y creo que especialmente en la de mi mamá, más bien, porque yo no recuerdo casi nada. Yo prefiero hablar de lo que leo, lo que estudio y lo que investigo. Sobre el atentado no sé nada ni investigo nada, soy una pésima víctima y no creo que mi punto de vista sea atractivo o valioso solo por el hecho de que mi papá falleció ahí: no creo en la sacralización del lugar de la víctima como una posición de saber, así que cuando me preguntan sobre el tema les recomiendo que mejor hablen con personas que sigan la causa, abogados o activistas. Yo solo puedo hablar sobre el duelo, sobre lo que es crecer en un hogar monoparental y a la sombra de una muerte pública y política, una muerte que cuando digo la fecha en Argentina la gente ya sabe la causa, una muerte que incomoda a la gente, no saben qué decir. Esa es una experiencia singular, creo.

¿Qué te llevó a escribir El fin del amor?

Una propuesta de Martin Sivak, un escritor que admiro mucho y que tomó la dirección de Paidós en Argentina, me invitó a que le mandara ideas de libro. Cuando me puse a pensar, me di cuenta de que llevaba años investigando para distintas notas periodísticas y también para mí misma el modo en que nos vinculamos hoy, también de qué quería escribir el libro en primera persona y conectarlo con mi propia historia, en la que tuve que aprender cómo se relacionaba sexoafectivamente la gente fuera de mi comunidad. Esa experiencia anfibia, de aprender conscientemente lo que muchos aprendieron inconscientemente desde chicos, me sirvió para organizar el punto de vista del libro.

¿Cuándo volveremos a humanizarnos?

No me gusta la idea de “volver”, como si hubiera un paraíso perdido donde el tejido social sí funcionaba al que tenemos que regresar. Yo milito contra el optimismo ciego y cruel, pero también contra la nostalgia cruel, esa que añora una sociedad que era “más humana para todos” ignorando que ese todos excluía a las mujeres, a la diversidad sexual, a las personas no blancas. No podemos extrañar mundos basados en la violencia y exclusión, en el machismo, el racismo, la homofobia y el fascismo. Tampoco me interesa la demonización de la tecnología: en ese sentido prefiero seguir a la filósofa feminista Donna Haraway, que piensa más bien los modos en que la tecnología trabaja y puede trabajar en favor de las subjetividades desaventajadas y en contra de la opresión.

Tampoco uso el término “humanizarnos” porque creo que el humanismo está en una crisis política y cultural muy grande, aunque todavía no tengo claro cuáles son las consecuencias de esa crisis, pero entiendo a lo que te refieres. Creo que están pasando muchas cosas interesantes que van a producir cambios políticos y culturales interesantes: el movimiento de mujeres está generando conversaciones sobre la violencia, el cuidado, la comunidad, la familia y el Estado que, con todas sus idas y vueltas, son interesantes y políticamente productivas. La preocupación por el medio ambiente también está produciendo fenómenos interesantes: creo que por primera vez en mucho tiempo la desacreditación del consumo como forma de vida y de subjetivación se está volviendo algo más masivo, aunque quizás exagero, pero es lo que veo a mi alrededor. En países periféricos como el mío, que no tienen la prosperidad de las economías europeas, esas que pueden y deberían darse el lujo de crecer menos.

La pregunta de cómo vamos a crecer y reducir la pobreza de manera sostenible está en un punto de ebullición. La conversación sobre la precarización laboral está también escalando, yo cada vez leo más sobre esta idea de un precariat global (como un nuevo proletariat, digamos) y me interesa qué puede salir de ahí. Todo esto, por supuesto, en paralelo al florecimiento de nuevas formas de la derecha, el odio, la violencia y la pauperización. Así que hay que ver. Como siempre, es el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos.

FOT:: Carla Nastri