Justo a 100 años del natalicio de Miles Davis, el estilo musical que sacudió a nuestros abuelos, que sonorizó la contracultura, esa música que acompañó a Jack Kerouac en sus viajes y que Gil Scott-Heron tanto luchó por darle su valor en la negritud, hoy día parece tener una efervescencia. Y Takuya Kuroda es un buen ejemplo de ello.
TXT::Jonathan Villicaña
El trompetista Takuya Kuroda es un músico vanguardista con una marcada inclinación por fusionar el post-bop con el soul-jazz experimental. Nacido en Kobe, Japón, siguió los pasos de su hermano mayor, trombonista, en la escena musical local, tocando en big bands. Tras estudiar música en Japón, se trasladó a Boston para asistir al Berklee College of Music. Allí, entabló amistad con el prometedor vocalista de jazz José James, quien lo invitó a grabar con él. Kuroda participó en el segundo álbum de James, Blackmagic (2010), y posteriormente en No beginning no end, para el cual también escribió los arreglos de metales.
Tras dejar Berklee, se mudó a Nueva York, donde se matriculó en el programa de Jazz y Música Contemporánea de The New School, graduándose en 2006. Luego se integró a la vibrante escena del jazz neoyorquino, actuando con artistas como Junior Mance, Greg Tardy, Andy Ezrin, Jiro Yoshida, Akoya Afrobeat, la big band de Valery Ponomarev y otros. En 2011 lanzó el álbum independiente Edge, seguido de Bitter & high y Six aces, en 2012.
En 2013 firmó con Blue Note Records y grabó su tercer álbum en solitario, Rising son, producido por José James. Este disco ofrece una marcada influencia del soul-jazz y el hip-hop, ejemplificada por la presencia de varias composiciones de Roy Ayers, incluyendo “Everybody loves the sunshine”, en la que James canta.
Nombres como Nubia Garcia o Esperanza Spalding han refrescado al jazz y grupos como Kokoroko o Ezra Collective lo acercan a los sonidos del hoy, haciéndolo bailable y joven de nuevo. Por ahí transita el camino de Takuya Kuroda, quien se presentara en la Ciudad de México el próximo 16 de julio en el Foro Indie Rocks! Con motivo de este show, tuvimos la oportunidad de charlar con el músico.
Has hablado de hacer música accesible en lugar de excesivamente sofisticada. ¿Crees que el jazz contemporáneo está ayudando a acercar nuevas audiencias al género hoy en día?
Sí, absolutamente. Creo que está ayudando muchísimo. Cuando me mudé a Nueva York, artistas como Robert Glasper, José James, Esperanza Spalding y Roy Hargrove —que era un poco mayor que nosotros— estaban derribando muros y fronteras, abrazando el hip-hop y muchos otros estilos musicales.
Pasé mucho tiempo en Nueva York viendo cómo ocurría eso. El jazz contemporáneo, ya sea mi música o la de esos artistas, está atrayendo nuevas audiencias. No sólo aficionados al jazz, sino también seguidores del hip-hop, del R&B y, en general, amantes de la música. Es un fenómeno increíble.
También podemos hablar de Ezra Collective. Ellos están mezclando muchos estilos diferentes.
Ezra Collective, del Reino Unido, sí.
Su propuesta parece ayudar a acercar diferentes públicos al jazz.
Absolutamente.
En el estudio pareces favorecer la simplicidad por encima del exceso, casi bajo una filosofía de “menos es más”. Pero, ¿cómo describirías tu show en vivo?
Yo lo pienso como una narración de historias.
¿Y con qué set up estás girando actualmente?
Es una formación bastante tradicional de jazz. Tenemos batería, bajo, piano y teclados; yo estoy en la trompeta y a mi lado está Craig Hill, en el saxofón. A primera vista parece una banda de jazz tradicional. Y lo es, pero al mismo tiempo no.
Cuando leí El perseguidor de Julio Cortázar por primera vez, me fascinó la idea de cómo retrata de percepción y la mente de un músico al estar sobre el escenario. En este libro, Cortázar noveliza los últimos días de Charlie Parker en París, ya cansado y enganchado a los vicios:
Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se queda ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir así. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mí no vas a decirme que en este momento ese traje existe.
Julio Cortázar, El perseguidor.
Cuando estás sobre el escenario, ¿qué pensamientos suelen pasar por tu mente?
Es una pregunta interesante, en realidad. Trato de no pensar en nada y simplemente dejarme llevar por el momento. A veces el público se entusiasma muchísimo y pienso: “bueno, tengo que hacer algo”. Pero fuera de eso, musicalmente intento ser como un lienzo en blanco, algo completamente abierto.
¿Has escuchado hablar de lo ruidoso y entusiasta que puede ser el público mexicano?
Todavía no lo he experimentado, pero en mi imaginación espero que el público mexicano sea de los más intensos y enérgicos que haya visto, comparado con cualquier otro país en el que haya tocado. Mis expectativas son muy altas.
Finalmente, si alguien asiste a tu concierto sin haber escuchado jazz nunca antes, ¿cómo te gustaría que se sintiera al salir del recinto?
Me gustaría que saliera lleno de energía. Que estuviera sonriendo, hablando con sus amigos o incluso con las personas que tenga alrededor. Que se sintiera con más energía que antes de entrar al concierto. Eso es lo que intento hacer. Yo entrego energía y también la recibo. Espero que la gente salga feliz y lista para afrontar el día siguiente. Eso es lo que hago.
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