De forma más que inesperada, la nueva película del Hombre de acero ha sorprendido a propios y a extraños, y no por lo más evidente, que es volver a posicionar a DC en competencia con el universo Marvel; la nueva entrega de Kal-El es una bocanada de aire fresco en estos tiempos de trumpismo salvaje. En la película dirigida por James Gunn (Guardianes de la galaxia) la historia y dinámica de la cinta opta por darle voz a los outsiders, los diferentes, estos seres llamados “metahumanos”. Una metáfora de los migrantes y de las minorías en Estados Unidos. Cachetada con guante blanco en estos tiempos crudos, con agentes del ICE en las calles gringas.

Gunn desliza la cinta con gran habilidad, entre la comedia e ingenuidad del cómic hacia temas más crudos como la manipulación de masas vía fake news en las redes sociales y medios tradicionales como la televisión. Todo esto al servicio de un Lex Luthor trumperizado por el gran desempeño de Nicholas Hoult, quien logra transmitir el odio hacia lo diferente, a lo que desafía el conservadurismo más rancio. Porque mientras Superman se posiciona como un punk rocker, Luthor confiesa que el poder y el dinero no son su fin primario, sino destruir a aquellos que se obstinan en querer cambiar el status quo a favor de un mundo más justo.
La más reciente versión de Superman vuelve a posicionar al arte pop como agente de cambio cultural y social, claro, si se logra leer entre líneas y dejarse envolver por las metáforas que son como dardos al Rey de las Tarifas. También es una oda al espíritu idealista del punk, vía los Teddy Bears con Iggy Pop como música de fondo. Dos horas donde los buenos vuelven a ganar momentáneamente, aunque en la vida real sigamos perdiendo. Vale la pena no perder la esperanza. Sigamos siendo punks.
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