La realidad trenzada por las relaciones humanas a través del encuentro, siempre insuficiente para las expectativas previas a éste, quedó atrás. La raza humana está ya más allá de la mitad de un puente que transita entre dos mundos opuestos con el común factor de la especie, el físico y el virtual,  la nueva realidad que no requiere más que de fotos, videos, impresiones y no reflexiones, posicionamientos fatuos pero inquebrantables  y dibujitos, está ya no esperándonos ante nosotros, sino abrazándonos como un padre tiránico y compasivo al tiempo. Mirar atrás no es posible pues para llegar al aún desconocido en su totalidad otro lado (solo hay un elemento seguro de la nueva realidad, está en manos de compañías privadas que no solo la alojan sino que la regulan a su antojo y necesidad, que solo es una, los beneficios), se requiere de toda la atención en cada paso.

El puente está oscuro y el vacío bajo él brilla tanto que al deslumbrarse es inevitable caer. Por eso tantos se arrojan.  Los suicidios han subido estridentemente en el mundo. Se señala a la pandemia, que se ceba en los adolescentes, los que representan la mayor tasa de suicidios creciente, pero lo cierto es que ya antes del Covid 19 y sus secuelas sociales, el número de jóvenes, adolescentes e incluso niños que se quitan la vida desafiando las propias lógicas de la biología creció considerablemente comparado con cifras de hace 20 años.

Se acaba el 2021, otro año de la Pandemia para los mass media y la mayoría de los habitantes de la tierra. Pero lo cierto es que pandemias ha habido muchas, algunas duraron cien años como la Peste de Augusto. Pero esta fiebre quita vidas es un fenómeno nuevo, creciente, y que sorprendentemente, o no tanto, la sociedad sigue sin saber tratar.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Cada año, mueren más personas a causa del suicidio que por el VIH, la malaria, el cáncer de mama, la guerra y los homicidios. Entre los jóvenes de 15 a 29 años, el suicidio fue la cuarta causa de muerte a nivel mundial, después de los accidentes de tráfico, la tuberculosis y la violencia interpersonal. En México el INEGI “alertó” que entre enero 2020 y marzo 2021 se reportaron “medio millón de personas fallecidas por suicidio”.  Más cifras de la OMS: más de 3 mil personas se suicidan al día en el mundo, lo que representa un millón al año. En Estados Unidos es la primera causa de muerte de los 10 a 34 años.

Los estudios describen a jóvenes impulsados a quitarse la vida por distintos factores como son las drogas, el alcohol y la depresión. Lo interesante sería saber qué empuja a este último estado emocional cuando se tiene en principio la vida por delante.

Ahora que tan de moda están las realidades distópicas asiáticas en forma de seriales tele novelescos, puede estemos contemplando un movimiento global alertandonos lúgubremente de una auténtica distopia que nos estamos comiendo como normalidad. La incomunicación absoluta disfrazada de híper conectividad.

Los especialistas hablan de presión de las redes sociales, del eco que un solo comentario produce, una resonancia de burla o desprecio que permanece colgada en el parnaso de los chascarrillos virtuales por los siglos de los siglos.

Pero hay algo que quizás no se contemple por inaceptable.

La necesidad de perder el anonimato para convivir, medrar y prosperar, la procaz obligación de mostrarse como si de mercancía se tratara, el insoportable entorno humano virtual tan lleno de ignorancia y certidumbres como de desinterés por el otro; no hay ser sensible que lo aguante. Aceptar esto sería asumir el fracaso de la raza humana. Pero, ¿y si es este nuestro destino? la aniquilación.

Para Schopenhauer el suicidio “Lejos de ser una negación de la voluntad, el suicidio es un fenómeno de la más fuerte afirmación de la voluntad”. El pensador alemán definía al suicida como un vitalista inconforme pues “el suicida quiere la vida y sólo se halla descontento de las condiciones en las cuales se encuentra. El aumento incesable de suicidas en el mundo tiene que ver con las nuevas condiciones de vida.

Schopenhauer era crítico con el suicidio. Uno de sus discípulos intelectuales Philipp Batz alias Mainlander, en su obra la Filosofía de la Redención, considerada cuna ideológica del ateísmo y escrita en 1875, afirma que la moral cristiana es mandamiento del suicidio lento. También el budismo. Y los mismos Buda y Jesucristo fueron alegoristas del suicidio. Mainlander realiza una paradoja en la que el universo no es fruto de la creación divina sino al contrario producto del hastío divino que agotado crea la catástrofe absoluta. Por esto hay en los humanos una conciencia de no perpetuar la vida.  Mainlander entiende que cada individuo acaba por cumplir con este mandato divino de sentirse agotado.

Otra europea, polaca en este caso, acaba de publicar una obra sonora titulada Speechless. Resina, alias de Karolina Rec, es una chelista que a través de un disco de experimentación neo clásica reflexiona sobre lo impredecible de la naturaleza humana y el lenguaje.

Según publicó en septiembre pasado The Wall Street Journal, Facebook llevó a cabo un extenso estudio sobre Instagram,  propiedad de Facebook , con una esclarecedora conclusión: Instagram es malo para los jóvenes.  Según el estudio es especialmente perjudicial para las mujeres adolescentes, que sufren mayores índices de depresión y pueden llegan a plantearse el suicidio. La empresa de Zuckerberg prefirió hacer caso omiso al estudio. Los caminos del señor no son tan inescrutables pero sí obviables.

Mainlander sin duda encontraría en la nueva realidad, en el otro lado del puente, el destino inevitable del universo, el envoltorio de la catástrofe absoluta a la que está destinada la raza. Por eso tantos no es que se bajen, es que se lanzan.