Se necesita tener una inmensa confianza en uno mismo y sus alcances para asumir un reto tan monumental como pretender componerle un álbum a cada uno de los 50 estados que conforman a U.S.A.; precisamente en el dedicado a Illinois (Come On Feel the Illinoise, 2005) es que Sufjan Stevens incluye una joya tan brillante como “Chicago”, ejemplo magnífico de una canción indie a la que le encaja perfecto la frase: “You came to take us/ All things go, all things go/ To recreate us/ All things grow, all things grow”.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

Pero aunque tengas ambiciones y conocimientos enciclopédicos, también hay que tener la sapiencia para decidir que se trata de un proyecto irrealizable, cambiar el rumbo y concebir obras de un pop absolutamente barroco y chispeante, como lo son The Age of Adz y All Delighted People (EP), ambos editados en el mismo 2010. Los dos representan su parte más exuberante y que se entiende como la antípoda de Carrie & Lowell (2015), en el que aparcó su imaginería y se volcó a realizar un recuento puntual de lo que ha sido su vida; la aclamación de público y crítica fue unánime.

A sus enormes aptitudes como narrador a través de canciones, hay que sumar su cultura general y especialmente la manera en que integra las metáforas bíblicas a sus composiciones; no se trata de un fanático religioso sino de un hombre que se replantea una y otra vez su noción acerca de la fe -a un nivel quizá sólo equiparable a Nick Cave-.

Sufjan, nacido en Detroit durante 1975, es capaz de escribirle un disco a un tren neoyorquino The BQE (2009), colaborar discretamente por doquier, editar mixtapes, hacer New Age junto a su padrastro Lowell Brams y a la postre terminar nominado para un premio Oscar, pero siempre desde la independencia y gran distancia del mainstream. Siempre ha sido huidizo y prudente, en sentido contrario a como se muestra en un escenario.

Es muy difícil tratar de anticipar su siguiente movimiento, pero ahora sabemos que partió de la idea de hacer un disco con instrumentos electrónicos y realizado enteramente por él. Luego sería la dinámica misma de la ciudad de Nueva York la que haría más radical el asunto; tras de 10 años con su propio estudio en la hermosa zona de Dumbo en Brooklyn lo alcanzó la gentrificación, y no le quedó más remedio que rearmar sus cosas en su departamento -una batería electrónica incluida-.

Así es que se puso a componer lo que hoy es The ascensión (Dorado Records, 2020), mucho más denso y enmarañado que su antecesor; no tiene instrumentos acústicos y los sintetizadores mandan. 15 canciones que suponen un vastísimo universo y más cuando el compositor se propuso dar un recorrido a través de los años ochenta, de su música y algunos aspectos culturales; armar un rompecabezas de tal naturaleza se le da bien y por ello no extraña que refiera al disco Rhythm Nation 1814 (1989) de Janet Jackson como un antecedente del sonido que buscaba, pero más por el trabajo de los productores -Jimmy Jam y Terry Lewis- que por la voz de la hermana de Michael.

Recluido en su casa y pertrechado detrás de sintetizadores Prophet, pudo hacer una canción dedicada a una de las pastillas más consumidas en aquella época, “Ativan, en la que la intensidad se eleva y los sintes crepitan, aludir a la saga de Star Wars mediante “Death Star” y, en resumidas cuentas, lanzar en “Video Game” una consigna absolutamente retadora y nostálgica: “I don’t wanna be your personal Jesus”. Cada elemento está posicionado ahí con total intención: “Ha sido muy intencionado. Hay un montón de alusiones a la cultura pop de esa era y de los primeros noventa: Depeche Mode, La guerra de las galaxias.Todas estas cosas de iconografía pop están diseminadas por el disco”, le contó a la periodista Mireia Pería.

No cabe duda que “Video Game” es una gran pieza (con un clip concebido para empujar a la bailarina Jalaiah Harmon (famosa por un vídeo viral de TikTok, pero por el que no obtenía ganancias), y que “America”, con sus 12 minutos y 30 segundos de duración es todo un manifiesto -a lo Dylan- acerca de cómo encuentra a su país en este momento funesto, pero encontrando un poco de optimismo en el porvenir.

Suelo comprometerme en cada uno de mis textos, es por ello que apuesto por “Lamentations”, llena de programaciones, voces incidentales y ese estilo suave y reposado de cantar de Sufjan, con el que hace patente su visión: “Fight the future”. Igualmente reveló que mantuvo a la voz apartada y sin filtrar para obtener contraste al respecto de la instrumentación digital.

Pero no olvidemos esa fijación con lo religioso; ahí está “Run Away with Me”, que gira en torno a las diferentes versiones del Apocalipsis, además de “The Ascension”, tema que le da título (colocado antes de cierre) y en el que se da vuelo -casi literal- para hablar del proceso de transformación de su espíritu y su conciencia para conseguir liberarse en todos aquellos atavismos que lastran la existencia. Atraviesa por un momento en el que dice que no tiene nada por confesar.

En medio de todo el proceso que gestó el disco y antes de la pandemia, Sufjan se movió hasta las Montañas Catskill y con ello reforzó su vínculo con la naturaleza; allá se mantiene renuente a las redes sociales, rodeado de amor y pasiones, y en permanente consolidación de ese estado de gracia al que suele recurrir al momento de producir el milagro del arte que le ha acompañado durante más de dos décadas de trayectoria.

LEE MÁS RESEÑAS AQUÍ