Las palabras de Bad Bunny bien le quedan a toda la generación millennial: ella perrea sola. En el colmo de las paradojas, la generación que inventó los perreos se ve obligada a bailar con 1.5m de separación entre los bailantes.

TXT:: Arturo J. Flores

En las últimas semanas, platiqué con tres artistas que estrenaron música. La Mala Rodríguez, que lanzó su disco Mala; La Lizz, que recién estrenó el sencillo “Sexi Movimiento”, y Charly Gynn, que en los próximos días revelará el video de su track “Una noche más”.

Tres canciones que han caído presas de una contradicción. En estos tiempos aciagos, en los que el más sutil roce entre dos cuerpos te puede causar, en el mejor de los casos una gripa y, en el peor, un viaje al panteón, la música de la española, la chilena y la mexicana se refieren a un baile, un ritual de la carne y el sudor, que desde hace meses adquirió tintes de ciencia ficción: el perreo.

Ya no más de esas noches en Rico, en la Puri o en el Daddy. Porque en los fluidos ajenos viaja el enemigo. Los coronavirus son pequeñas granadas que explotan cuando se introducen en el organismo y que el perreo, esa danza capaz de desatar la febrícula de la libido, sirve como medio de transporte

“Cuando me vino esa imagen a la cabeza, la del distanciamiento, me dio mucha pena no haberlo valorado en su momento. Siempre di por hecho que apenas empezaba una rola de perreo y la gente empezaría a sudar. Sí me aterra un poco darme cuenta que yo me dedico a hacer canciones para eso, para perrear, y que ahorita no se puede”, la voz de Charly asoma su tristeza a través del teléfono.

Mismo caso el de Lizz. Le envío un audio con la pregunta: ¿cómo se siente lanzar un sencillo para perrear cuando el perreo está prohibido por decreto?

“Sin perreo no’ vamo’ a morir todo’”, afirma. “Primero nos matará la falta de perreo que el virus. Yo veo a la gente muy deprimida y no se trata de la fiesta, sino de la necesidad de socializar”.

Hay que escuchar el disco de la Mala. Sobre todo, Dame bien, el track número 6, en el que María pronuncia lo que en el contexto actual ojalá se trata de una profecía: “nadie va a morir, nada va a explotar”. 

Pero falta mucho, sabemos, para que de verdad alguien le dé bien a alguien sin que ello represente un riesgo fatal.

Vía Zoom le formulo la misma pregunta y la originaria del barrio de la Macarena me dice: “tenemos que pensar en algo, así como la gente viaja con sus mascarillas en el metro, quizá podríamos ir así a las salas de conciertos”.

Una opción habita en la red. Pero no es lo mismo perrear en línea, coinciden quienes lo han intentado. Confinado cada ratoncito en su cajita de zoom o discord no se siente nada. Transformado el movimiento de un cuerpo en un código binario, una descarga de datos que viaja a millones de kilómetros de distancia en un segundo, se apagan las ganas.

“No es lo mismo perrearle al güey que te gusta en una fiesta que perrear tú sola en tu casa con una cerveza”, asesta la Charly. 

A EsaMiPau ya le tocó asistir a una celebración como sacada de una videojuego ciberpunk. Una fiesta de Terminal Club Antisocial para el que se diseñó un venue virtual, un bodegón por el que los asistentes se pueden pasar por medio de un avatar y tomarse un ciber trago mientras se encuentran con sus amigos y perrean sin hacer enfadar al Big Brother López-Gatell.

El mundo parece adaptarse a esta manera tan distante, mejor nunca dicho, de bailar. Los conciertos a bordo de un auto (en México, ya se anunció el primero y los resultados están por verse) y las discotecas de capacidad reducida también han alzado la mano. En Alemania, el club de playa TakaTuka ya ofreció una fiesta en la que la gente bailó en círculos de colores trazados en la pista para respetar la sana distancia, además de llevar como dresscode el riguroso cubreboca. 

Gerd Hanson playing one of the first parties with social distancing, masks & circles on the ground from House

Una imagen que hace un año nos hubiera parecido apocalíptica y que hoy me hace pensar en el título original de la novela de Philip K. Dick adaptada al cine como Blade Runner: ¿sueñan los millennials con perreos eléctricos?