El primer episodio de la tercera temporada de Stranger Things me puso sentimental. No pude con la escena en la que Mike y Eleven escuchan, de un casete dentro de una grabadora, Never Surrender, de Corey Hart, tumbados en la cama. Mientras ambos se besan aunque –literalmente– allá afuera el mundo esté a punto de caerse a pedazos.

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Me hizo recordar a mi ex. No a la última relación que tuve, sino a una muy, muy lejana grabadora en la que escuchaba música. Cuando ella –la chica con la que yo también me besaba tumbado en la cama– y yo teníamos la misma edad que Will y Eleven. Días en los que podíamos fajar encima de mi colcha estampada con escudos de superhéroes mientras en mi grabadora se iba desenredando, como se deshebra la vida misma, una cinta.

Hoy ya suena como algo imposible.

Existen demasiados monstruos que lo impiden. El Demogorgon del trabajo, al que le entregas tu vida entera hasta quedarte seco y en los huesos. El Mind Flayer que te genera ansiedad si no estás pendiente 24/7 de las redes sociales.

Ya no hay un Jefe Hooper que amenace tirar la puerta de nuestra habitación a patadas para arrancarme la cabeza y colocarla en su pared, sólo por atreverme a besar a su hija telequinética hasta que se me durmiera la boca.

Hoy tengo los años para ser el Hooper al que alguien más le tema.

Pero insisto, lo que más me llegó de la escena fue la imagen de la vetusta grabadora de Will que me recordó a la mía. Con su horrendo diseño ochentero. Su ausencia de funciones, de digitalidad, su tan anciana manera de nutrirse de la corriente eléctrica. Pinches 80. Tan sencillo era el audio que nos tragábamos como el amor con el que nos emocionábamos.

Junto a una grabadora como esas disfruté de tardes líquidas junto a mi Eleven particular, la misma a la que hace más de mil temporadas ya no veo, la que no necesitaba sangrar de la nariz para conseguir que partes de mi cuerpo se movieran sólo con que la mirara. La que se dejó crecer el cabello y un día abordó su propio ovni para regresar a su planeta.

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Pienso en esto porque me enviaron a la oficina unos audífonos para probar. Unos Panasonic HTX90 que cuentan con más funciones de las que sabía que existían. Se conectan por Bluetooth o a través de un cable y como tienen un micrófono integrado, se le pueden dar órdenes a las asistentes invisibles pero omniscientes con las que convivimos: Siri, Alexa y Cortana. También te aíslan del ruido para que no entre otra cosa por tus oídos que no se la música que elijas. Incluso refuerza los bajos para que te sacudan las entrañas cuando se trata de beats o tamborazos que lo merezcan.

Suenan muy bien, lo reconozco.

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Pero colgármelos en la cabeza me puso a pensar en la forma en que me ha tocado escuchar música a lo largo de mis 4 décadas de vida.

Mi primer walkman. En cómo enredaba la cinta de mi casete con ayuda de una pluma para ahorra batería. Porque como estudiante de presupuesto limitado, mucho antes de que pudieras conectar tu iPod o tu celular a la corriente eléctrica, cada minuto de pila alcalina contaba.

Luego vino mi discman. Uno negro que tuve que comprarle –y para ello casi empeñar un riñón– unas baterías recargables que entonces fueron vistos por mis contemporáneos como el Santo Grial.

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Finalmente desfilaron por mis oídos varios iPods, desde el gordito que pesaba como ladrillo hasta el Nano que a veces se me perdía en la mochila. Cada uno fue sumando funciones, capacidades, ecualizaciones y hasta diseños más complejos.

Pero ninguno me ha hecho sentir tan feliz como aquella grabadora en la que incluso comencé a “grabar” con ayuda de un antiquísimo micrófono, mis primeros programas de radio. Hoy que conduzco uno todas las noches a las 10, por 98.5FM, recuerdo con una sonrisa aquella Ex – Tranger Thing de doble casete, que me musicalizó mis primeras escamaruzas eróticas junto a mi Eleven particular.

Hoy la llamo como Justin a Suzie en lo alto de una colina y tampoco obtengo respuesta.

Me quito los audífonos que me pidieron probar y aunque hace tiempo la música no se escuchaba tan nítida, tan brutal, tan fiel, concluyo que la sencillez también tenía su encanto.

¿Qué habrá sido de mi Eleven, de mi Ex – Tranger Thing?