#EnMisTiempos 

Oohhhh, historia triste

Oohhhh, historia histórica

Oohhhh, historia final.

Eskorbuto

Por Arturo J. Flores

 

No las abras, le repetía su cerebro.

Son una trampa. Igual que los artefactos dentados que los cazadores siembran en los bosques para atrapar a los ciervos. Los que de una mordida les rompen las patas.

Pero Michelle no hizo caso a su voz interior. Le bastó tocar con su pulgar en el círculo, desde donde la observaba el rostro sonriente de su ex, para abrir la Caja de Pandora. Se sentía como el cliché de un presidente gringo en una película de acción. Con el poder de presionar un botón para lanzar un misil sobre China comunista. Con la diferencia de que los proyectiles que Michelle acaba de disparar apuntaban directo contra ella.

En la primera Story no había de qué preocuparse. Sólo era él, con sus amigos, todos hombres, departiendo en una Pulquería. Gracias a la geolocalización, Michelle se enteró que la cantina estaba cerca de División del Norte.

Habían pasado tres meses desde que ella y Mauricio dejaron de andar. Él le había pedido tiempo. Como si su relación fuera un pinche Super Bowl en el que sonara su silbato y el reloj se detuviera. Como si los cuernos que se pusieran en ese paréntesis no contaran.

Pero a medida que las Stories avanzaban, descubrió que Mauricio se iba poniendo cada vez más pedo. Hasta que –haciendo cuentas por las horas que habían pasado desde su último posteo–  cerca de las 3 AM desapareció del mapa.

Pudo ser que se quedara dormido y los amigos lo llevaran a su casa.

O que se hubiera quedado sin pila.

Pero lo más seguro es que le hubiera llamado a Anita, su crush. Por la que Michelle sabía que la había terminado.

La que vivía, convenientemente, a dos cuadras de División.

A las 4 AM llegó el primer ataque de ansiedad, que se proyectó a la décima de potencia cuando comprobó que la última hora de conexión de su ex en WhatsApp coincidía con la de Anita.

Se sintió olvidada, desplazada, superada.

Sería una noche muy larga.

Así que puso a Jesse Báez.

Siento que nadie se acopla a la soledad…

 

*****

Irían juntos al Pride. Tenían ganas de bailar. Muchas. Marco y André siempre se pasaban tracks de electro, rock y trap. El última había sido el más reciente de Poppy, Scary Mask.

Pero un par de días antes de la cita, tuvieron lo que todas las parejas conocen como LA PELEA.

Por sus historias, Marco se enteró que André no estaba solo. Y no fue lo que le dolió en el alma, porque hasta cierto punto ambos tenían un acuerdo de relación abierta, pero lo que le ardió como si le hubieran vaciado aceite hirviendo en la boca del estómago, fue que en la fotografía en la que su ex aparecía junto a su nuevo date.

Ni abrazados siquiera. Sólo uno al lado del otro.

Pero el otro tenía en la mano el celular de André.

A él nunca se lo había querido encargar, ni siquiera por error.

Se lo había ganado.

Lo bloqueó para que de ahora en adelante ninguno de los dos pudiera ver las historias del otro.

Y se puso a cantar: You can’t read my brain/ Until it’s off.


*******

Por sus stories se enteró que Julio también iría al Corona Capital. Había subido una captura de pantalla del mensaje que Ticketmaster te envía, cuando has completado la compra. A Melina se le hundió una aguja en medio del pecho. Descubrió que la esquina inferior derecha, Julio había arrobado a Caro.

Junto al #RelationshipGoals

Justo el tipo de cosas que nunca quiso hacer con ella.

Por eso ahora que lo pensaba se le revolvía el estómago y hubiera querido subir una foto de los dos, de aquellos tiempos en que estaba con Julio, con el #RelationshipSucks

Se habían conocido en la fila para entrar al Under. Cada quien iba con su grupo de amigos, pero Melina se acercó a Julio para pedirle un cigarro y empezaron a platicar. Porque él traía una camiseta entallada con la portada del First Impressions of Earth, que era el disco favorito de Melina. Ella se había tatuado, un par de años antes, un fragmento de la letra de Heart in a cage.

I’m stuck in a city but I belong in a field, se leía desde su muñeca hasta su articulación.

Al final de la noche, en medio del apretujadero y el sudor, acabaron bailando. Incluso se besaron y se siguieron en todas las redes. Comenzaron a salir.

Se confesaron que ambos tenían pareja. Pero ella sí rompió con el suyo y Julio nunca se atrevió a dar ese paso. Encontró la forma de alargar aquella relación prohibida hasta que se reventó igual que un globo que te cansas de inflar.

Cortaron una semana después de que se reveló el cartel del Corona. Fantaseaban con la idea de escuchar juntos a los Strokes. Ahora que sabía que el muy infame iría al Festival con la novia que nunca terminó, a Melina le ardía la frase que vivía en su muñeca. Igual que si la tuviera escrita con fuego líquido.

Una cosa era segura, ella no iría al Corona.

Tenía tan mala suerte que seguro se los encontraría.

Mejor, como su tatuaje, se iría al campo de mochilazo, lejos de esa ciudad que no alcanzaba a ser lo suficiente grande como para que no pensara en su ex.

De preferencia, buscaría un pueblo sin señal de Internet.

Para no caer en la tentación de revisar ninguna Story.


 

 

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