No hay concierto sin disfrute. Sin embargo, también hay conciertos desafiantes; no importa si se sabe a lo que va, la experiencia siempre resulta única. Hoy es una de esas noches en el Pepsi Center y el convocante se hace llamar Steven Wilson, quien hace mucho compró un boleto con la leyenda riesgo en una de sus caras. El revés está en blanco, continuamente lo reescribe, cual si fuera un palimpsesto.
Hay, según quien esto escribe, un periodo en el cual el guitarrista-compositor-productor “dulcifica” su sonido, lo aleja del progresivo, le imprime una pátina de pop; pero una escucha atenta a cada una de esas producciones revelará que debajo de esa aparente sencillez radica esa complejidad propia de quienes saben de fusiones y progresión.

Este año, Wilson regresó a las aguas del progresivo con The overview, su más reciente álbum, y hoy descarga los dos cortes que dan forma al mismo como bienvenida a la velada. Son cuarenta minutos demandantes, para la banda y los escuchas, pletóricos en momentos de virtuosismo, pasajes sublimes, pocos instantes de respiro y una demostración de talento de los ejecutantes (Craig Blundell, batería; Nick Beggs, bajo; Adam Holtzman, teclados; y Randy McStine, guitarra), todo ello coronado por una excelente selección de visuales.

Luego de tremenda demostración, la banda hace un receso y regresa con un par de temas: “The harmony codex” y “Home invasion”. Al terminar la última, Wilson pregunta si hay alguien entre el público –tía, niño, abuelo, dice- que haya asistido sin tener idea de lo que iba a escuchar. Pocas son las manos que se levantan, pero con gran sentido del humor señala que esos pocos seguramente se cuestionan qué demonios ha sucedido: ha pasado casi hora y media y apenas han escuchado cuatro temas.


Es el momento para un par de canciones más breves (“Regret #9”, “What life brings”), esas que a quien esto escribe le costó asimilar y lo distanciaron momentáneamente de la obra de Wilson. Al concluir la segunda, el músico explica que creció escuchando rock progresivo de parte de su padre y canciones pop de parte de su madre, cosas como ABBA y The Carpenters, pero que se siente mejor con las composiciones largas y da pie a dos temas de su periodo con Porcupine Tree, un viaje en toda la extensión de la palabra para luego aminorar la adrenalina ante la suavidad de “Pariah” (con la virtual y sublime Ninet Tayeb en coros).

Cuando llega el momento de presentar a su banda, dice que siempre ha tenido la fortuna de tocar con músicos mejores que él y los solos de McStine o de Holzman podrían corroborarlo. En ese sentido, Wilson es como Messi, todos lo mencionan como el mejor del mundo, pero sus detractores alegan que siempre ha estado cobijado por una sola franela. Mientras Holzman ha tocado con Miles Davis por ejemplo, o Beggs lo ha hecho al lado de Mute Gods, la estrella de la noche únicamente ha dirigido sus propios grupos, pero sin duda lo ha hecho con mano firme y con sus composiciones. Cualquier duda acerca de su talento queda opacada cuando él se convierte en el protagonista y hace varios solos con su guitarra.

La noche es perfecta, la banda está en pleno, los visuales excepcionales, el sonido prácticamente impecable. Steven Wilson y compañía hacen un encore, pero antes él habla acerca de la libertad creativa. “No tengo hits, no hay un ‘Tom Sawyer’ o un ‘Comfortably numb’, así que nadie se sentirá defraudado si no toco algún tema en especial”. Y en efecto, creo que nadie sale defraudado. Hay cansancio, dos horas cuarenta minutos bajo ese aluvión sonoro no son cualquier cosa, pero es un cansancio placentero, se nota en las sonrisas, en los fragmentos de conversaciones o en el tarareo de algún pasaje.
Wilson ha mucho que ha dejado impronta y hoy no fue la excepción.

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