He estado en algunos países pero jamás en Argentina. Mi interés principal por visitar ese lado de nuestro continente nació debido a los antecedentes musicales que llegaron a mi vida por distintas razones. Cerati, el autor favorito de mi crush, quien se convirtió en uno de mis músicos preferidos también; Él Mató a un Policía Motorizado, la banda de las pedas con mis amigos de la prepa; Los Fabulosos Cadillacs siempre han sonado en mi casa, “Vasos vacíos” ha sido el himno en varias bodas familiares. Además, Lisandro Aristimuño, Perota Chingó, Gabo Ferro, Callejeros, Gustavo Santaolalla, entre otros, y, por supuesto, Luis Alberto Spinetta, se han colado en mi playlist de distintas maneras a lo largo del tiempo.
TXT:: Evelyn Mazón
A la primera semana de haber llegado al lugar donde la siesta es un decreto y el mate se comparte como ritual amistoso, tuve que ir a Buenos Aires, no lo tenía planeado pero Camila, mi roomie, decidió que dejarme sola en el departamento de Rosario no era una buena idea. Lo entendí en ese momento porque nos acabamos de conocer, pero después de un tiempo ella no cambió de opinión. Estuvimos allí durante 4 días. Al llegar a la ciudad del Obelisco, nos encontramos con una tormenta ruidosa como los argentinos a la salida de la central de autobuses. Nos esperaba el casi algo de mi roomie, los argentinos le llamarían chongo, es decir, esos amores pasajeros que representan algo, pero nada formalmente.

Lo vi, un sujeto un poco más alto que yo con una sudadera antirreflejante y un acento porteño muy marcado, con el típico sh al final de cada palabra. Pienso que no todos los argentinos hablan con ese acento, se nota más en la capital que en las provincias. El chico se llama Mateo. Me lo imaginaba distinto, Carolina hablaba tanto de él que me hizo creer que se trataba de un hombre con la pinta de Harry Styles, con quien parecía estar obsesionada, y bueno… no sé. Después de bajar del Ómnibus, saqué mi celular para pedir un Uber que me llevaría hasta el hostal donde me iba a hospedar yo, Caro inmediatamente arrugó la frente.
— ¡Guarda eso! Te lo van a robar.
— ¡Por favor! Aquí no pasan esas cosas —dijo Mateo.
Sin muchos adjetivos, él expresó su disconformidad y luego de unos minutos ambos ya estaban discutiendo; por el clima, por lo tarde que habíamos llegado, por las miles de maletas que llevaba Carolina. Yo estaba a punto de desprenderme de ese dúo cuando él me dijo: “Puedes venir con nosotros, te llevamos al hostal, no hay problema”. Otra mala cara de mi compañera de piso. Nos acabamos de conocer hace una semana y ya no me soportaba por razones que todavía hoy no entiendo.

Nos subimos los tres en la parte trasera de un diminuto auto y no nos volvimos a ver hasta el retorno. En principio, el viaje abrupto a Buenos Aires me pareció una idea poco conveniente pues esa semana estuve trabajando en la ONG con la cual colaboré durante dos meses; me estaba acostumbrando a todo, a la gente, a los modismos, a los trayectos… ni siquiera deshice la maleta. Llevo dos años metiendo mi vida en una maleta y esta vez esperaba tener un poco de rutina, sin embargo admito que el caos es adictivo. Todavía no sabía los nombres de las calles de Rosario y sentía un cansancio acumulado cuando surgió el viaje a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, CABA, como la llaman los locales. Luego de meditarlo brevemente, me di cuenta de que aquello era un respiro satisfactorio en mis planes.
Desde antes de aterrizar en Argentina una de las paradas obligatorias en mi lista de deseos era las sesiones de escucha a oscuras de los Parlantes Holofónicos, esas bocinas gigantes adaptadas en un teatro de Palermo. Lo curioso de estos parlantes es la fidelidad del audio, un invento del científico argentino Hugo Zuccarelli. Leí que el sonido es nítido y tridimensional, dicen que es posible escuchar la saliva en la garganta de los músicos segundos antes de cantar. La cartelera va cambiando, se reproducen discos de artistas nacionales e internacionales, vivos y muertos, de Charly García a The Beatles. Luego de instalarme en el hostal, comencé a indagar horarios y disponibilidad de boletos para esa actividad que para mí representaba un must.
El disco de ese día fue Artaud, de Pescado Rabioso, la banda de la cual formó parte Spinetta junto a David Lebón, Black Amaya y Carlos Cutaia. A las 7 de la tarde me encaminé hasta el barrio de Palermo, pintaba bello en las imágenes, pero no todo el vecindario fue luminoso y colorido. El teatro se ubica en un edificio pequeño apretujado entre calles. En la entrada una chica con una lista de invitados esperaba a los asistentes, esa noche el clima estaba un poco frío pero mi cuerpo sudaba debido a la distancia que tuve que recorrer aprisa, no calculé bien el camino y llegué un minuto antes de la hora establecida.
Al comprar el boleto recibí un correo donde se advertía que la función iniciaba puntualmente y el acceso se cerraba para no perturbar la experiencia de los otros. Mi corazón latía a un ritmo casi perceptible por mis oídos, antes de llegar, mientras corría en las calles, mi cabeza iba generando automáticamente escenarios catastróficos acerca de lo que pasaría de no llegar a tiempo; perder la función, no tener la posibilidad de visitar Buenos Aires nunca más, problemas con la reproducción del disco, cambios de último minuto en la cartelera, cancelación por falta de asistentes. Me detuve unos segundos en la entrada, tomé un poco de aire y después recordé mi nombre.
—Sí, aquí estás, adelante.
En el interior había una cafetería con dulces en la vitrina y latas de cerveza, birras, les dicen en Argentina. Nadie consumía nada pero mi sed desbordante fue más fuerte que mis ganas por no querer desentonar, así que me acerqué en busca de una cerveza Andes IPA roja. Una vez adentro y sentada en la butaca con cojín de terciopelo rojo, sentí el cuerpo finalmente relajado, coloqué mi dedo en el arillo de la lata para destaparla mientras la chica de la entrada emitía alguna información antes de empezar la función. Entre las sugerencias estuvo la frase: no consumir alimentos ni bebidas dentro de la sala. Es probable que la lata en mi mano fuera la única contradiciendo aquella indicación.
El espacio es pequeño con capacidad para aproximadamente 50 personas, al frente hay un escenario con piso de madera y telón negro, a los lados se encuentran los parlantes holofónicos gigantescos que se extienden del techo al suelo. Nos explicaron que para seguridad de todos, hay cámaras con infrarrojo en puntos estratégicos. La puerta de la sala se cerró y se apagaron las luces, el lugar quedó completamente oscuro, no se vislumbraba nada más que el ruido del acetato en contacto con la aguja del tocadiscos, la estática que antecede a la primera canción del álbum, “Todas la hojas son del viento“. Cerré los ojos y mi imaginación me llevó a un estallido de colores invisibles, como si la voz de Luis Alberto Spinetta fuese un embrujo capaz de hacerme creer que estaba en otra temporalidad. Brotó el azul y la textura del pasto.
Cada vez que escucho este disco mi cuerpo me lleva a uno de los días más bizarros de mi existencia, en mis años de universidad, en el bosque de Chapultepec a las 5 AM, cuando ya todo había pasado pero los colores seguían muy vivos. Estábamos tirados en el pasto y un jugo de naranja nos parecía el mejor invento posible. “Cementerio club”, “Por”, “Superchería”… una a una las melodías se fueron desplegando ante el silencio de los presentes. Las listening parties a las que había asistido se parecían mucho a ese acontecimiento, pero en el sur de continente la magia sucedió de otra forma, puede que porque no conocía a nadie en la sala o tal vez porque me encontraba en un país distinto. A ratos me pareció que estaba en un ritual extremadamente placentero, tuve ganas de habitar eternamente en ese momento de oscuridad.
El disco completo dura 36 minutos; lo necesario para que valga la pena, pensé. Al final de “Las habladurías del mundo“, la última canción del álbum, las luces no se encendieron, segundos después comenzó a sonar “Perdonado (niño condenado)“, de la época en que Luis Alberto formó parte de la agrupación Invisible. Ese fue el último track de la noche. Siete minutos para digerir lo que estaba pasando, una antesala a la realidad, un lubricante para volver a abrir los ojos y aceptar que tarde o temprano hay que volver. La voz de la chica de la entrada anticipó el encendido de luces y, como si renaciéramos, un resplandor artificial nos expulsó nuevamente a la vida seguido de la inevitable acción de palparse a uno mismo para asegurarse de que los órganos siguen presentes. Me estiré y tomé mis pertenencias, incluida la cerveza tibia. Afuera, el paisaje seguía siendo el mismo.
Los días posteriores, la relación con mi roomie ya no fue tan pesada, en un momento de sinceridad me contó que ella y Mateo habían dejado de hablar. Al parecer CABA ese fin de semana nos cambió la perspectiva. Yo era la misma, pero aquello me dejó más que solo minutos de escucha activa; algo dentro de mí renació, tal vez por eso la ciudad dejó de ser una locación y se convirtió en figura, en un personaje con voz propia en este relato.
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