Sol Escobar: convertir el tango en blues y el bolero en rock

La dama oscura, el álbum más reciente de Sol Escobar, es una obra visceral, atascada de despecho y dolor que contiene creaciones muy peculiares

Texto por Juan Carlos Hidalgo

No son usuales las historias de reinvención radical en el mundo de la música y mucho menos cuando a través del desamor, rancheras de arrabal y blues se pretende emerger con una personalidad completamente distinta. Así lo ha hecho la colombiana Sol Escobar, al tiempo que no niega su esencia como actriz, porque el primer álbum bajo su nombre tiene mucha teatralidad de la buena y el encanto de una lograda puesta en escena.

No ha buscado contención en las letras, La dama oscura es una obra visceral, atascada de despecho y dolor que contiene creaciones tan peculiares como una “Ranchera vampírica”, en la que suelta: “Bébete mi vida, bébela, bébetela entera, bébela…”. Y de pronto aparece una trompeta ululante, como salida de una cantina, para soltar un falsete al más puro estilo de la música vernácula mexicana.

Se trata pues de un disco que contiene apenas 7 canciones que no son cortas –rondan los 5 minutos cada una- y que encajarían perfectamente en soundtracks para películas de Almodovar y David Lynch a partes iguales. ¿A qué se debe? Pues a que Sol ha utilizado boleros y rancheras para fundirlas con blues y guitarras twang. La prensa especializada española –país donde reside actualmente- la coloca en un punto medio entre Chavela Vargas y Calexico; en lo que es un apunte muy certero, a lo que hay que sumar un halo muy a lo Tom Waits en guitarras y piano, algo que en “Pájaro negro” queda perfectamente expuesto.

Esta mujer ha dado un vuelco radical, dado que su carrera en su faceta más light tuvo trascendencia. Antes conocida como Anasol, contaba con fuerte impacto mediático en su país; tan es así que la invitaron a cantar en la toma de posesión del presidente en 2014 y también de encargarse de un tema para el proceso de pacificación –ella utilizó las cartas entre guerrilleros y sus familiares para hacer la letra-.

Si se hubiera conformado seguiría en una zona de confort –llena de reconocimiento y glamour-, por eso se celebra cuando un artista decide quemar las naves y aparecer en otra playa creativa como una sobreviviente que se ha inventado otra personalidad. Y es que Sol ama la ficción y el drama; de hecho, fue prolongar la estela de una obra de teatro en la que trabajaba el detonante para componer, asumiendo el rol de una cronista de los abismos pasionales, la fatalidad y las lágrimas que se derraman muy de madrugada. Por eso no extraña que en el tema que da nombre a un disco exquisito y llegador se deje ir con un: “Mordí el asfalto y me entregué sin pedir nada a cambio”.

Cuando se reúne con los periodistas aprovecha para contar que también se siente influida por el cine de Wong Kar Wai y hasta imagina sonando alguno de sus temas en un filme del asiático, para luego definirse con precisión: “Soy el amor romántico, la exageración del romanticismo”.

Aunque La dama oscura (La cúpula, 2018) se perfila como uno de los personajes que interpreta, ello no quiere decir que no se filtren apuntes autobiográficos; por ahí se cuelan resabios de una relación malograda hace varios años y que con este disco se exorciza a través de canciones como “Fantasma”: “No me hables, ya no quiero más, ahora soy la que se va”.

Hay que reconocer que Escobar ha sabido sacar el rédito máximo a todo lo aprendido en el mainstream; ella tuvo muy claro para dónde iban los tiros y así poder inyectarle un aire nuevo y misterioso a una música que se alimenta de géneros hasta cierto punto demodé, tal como sucede en “Bolero 22”. Compuso y produjo todo el álbum sabiendo que tipo de sonido y estilo quería obtener. Y una vez más sorprende por la claridad y precisión de la información que ha emitido para explicar su incursión y que le sirve como una especie de manifiesto: “me gusta convertir el tango en blues, el bolero en rock y los ritmos latinos en folk nórdico”.

Sol Escobar tiene sobrados desplantes que denotan que no se trata de una figurita de pop de plástico, todo lo contrario. Admiradora puntual de James Blake en su perfil de Twitter apunta: “En mi tiempo libre soy cantante y, cuando me ocupo, equilibrista”, por lo que se decidió a pegar el salto mortal hacía canciones para noctámbulos, para escanciar con litros y litros de alcohol y para regodearse en la ruptura amorosa. Está dispuesta a romper con los moldes más conocidos y manoseados: “Parte de mi creatividad es tratar de mezclar estilos de manera empática. Y sin forzarlo, con naturalidad. Quería crear un personaje que tuviera características de este estilo sin tener prejuicios. En Colombia por ejemplo hay mucho caos y mucho prejuicio a esa experimentación”.

Nació en Argentina –de ahí viene la parte tanguera-, creció en Colombia y ahora desde España emprende su proyecto más ambicioso. La dama oscura musicaliza el sufridero, le agrega sabor y potencia a los cocteles del abandono y nos permite languidecer mientras suenan sus melodías maravillosas. No pain, no gain.

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