Para mi querido Beto, quien me enseñó la canción animal
Gustavo. No es nada personal. Sólo quiero contarte lo que me pasó: el Palacio de los Deportes decía hoy Soda Stereo, era el DF en 1997, durante la gira El último concierto, y fui allá, abrió Julieta Venegas; luego, casi treinta años después, el Palacio de los Deportes de la CDMX dice hoy Soda Stereo, y fui allá también, sólo que esta vez el telonero fue un desesperante retardo de más de dos horas.
La espera me agotó, Gustavo. Crucé ésta, una de las muchas ciudades iracundas que habrá, y al final del trayecto, desde mi estrechísimo asiento en aquel recinto para conciertos en Av. Churubusco, esperándote pasé de la expectación al encabronamiento. Las horas de retraso fueron insoportables. Harto, en un instante me dije: bueno, ¿y qué falta para que nos digan que esto se cancela? Ni Morrissey castiga así. Ansioso, decidí ir y venir por los alrededores del estadio buscando una cara conocida, calmarme. Nada.

Mientras pedía una cerveza por allí vi pasar a Sasha —sí, la de Timbiriche. ¿Recuerdas esos años, Gustavo? Con los de “Tú y yo somos uno mismo” peleaste por la fama acá, en México, hace tiempo. Zeta Bosio, Charly Alberti y tú acababan de sacar Doble vida entonces, venían de tocar en el Crowne Plaza con Signos y una de tus peores canciones,“Persiana americana”, por delante. Parecía otro México, la gente acá estaba hipnotizada por El extraño retorno de Diana Salazar, por decir algo.
En este rol, fíjate que hace poco fui a ver a Miguel Mateos, otro de los que luchaban por ganar reflector en aquellos días, y, ¿cuál crees que cantó al lado de Alex Lora? “Cuando seas grande”. Imagínate, Gustavo. Y otra noticia: acaba de morir Felipe Staiti, de Enanitos Verdes. Digo esto porque ese México que de pronto luce ido, ese sitio que ya fue, resbaladizo como una parte de la euforia, ante situaciones como éstas —las del amor y la música ligera— se revela estático. Recuerdos del futuro juntos. Todo volverá a ser como fue.

Pasaban las horas y di una vuelta por las gradas más altas del domo de cobre. En las bocinas del estadio sonaban Cream, Spiritualized y Supergrass. Pero más allá de los abuelos que a cada rato me topaba, había mucha juventud en las butacas, te hubiera gustado verle; gente que jamás presenció un directo tuyo y mucho menos se encontró con Soda Stereo. Y, ¿sabes, Gustavo? Todos parecían ilusionados. Me quedé deambulando en las alturas, rondando mi asiento. Ida y vuelta, pendejeando con el celular. Acuéstate, levántate, apágalo, enciéndelo.
Y de pronto, cuando el grito de culeros repetido varias veces ya opacaba la música ambiental y el público mostraba franca irritación —¡ya íbamos más de dos horas tarde!—, un tipo en las orillas de la pista fue arrestado. Todos lo vimos, bien torcido, le iba haciendo manita de puerco un montón de uniformados. Y la gente comenzó a exigir que lo soltaran, y que se viene la rechifla ñera. Y la cosa estaba por salirse de control con la policía atravesada, como en los viejos tiempos. Y en eso estábamos cuando las luces se apagaron. Perfect timing.

A oscuras. Así nos quedamos. De pronto nos valió madre el rijoso con todo y el abuso policial. En el escenario aparecieron tres sombras difusas y fuimos a ese punto a escudriñar a fondo exclusivamente en la tuya; la verdad, así, sin poner un gramo de atención a lo demás; una guitarra loopeada, algunos rascacielos y tal. Porque lo otro era lo de menos. Gustavo, el resto fue nada porque queríamos verte a ti únicamente. Por eso estábamos allí, ¿no ves que perdonamos tu retraso?

Vi a Soda Stereo por última vez en 1997, en el citado show al lado de Venegas. Luego, me negué rotundamente a ser partícipe de la gira Me verás volver, la cual encontré deshonrada considerando que tu andar solista —debo apuntar, ya de capa caída tras Ahí vamos— todavía emocionaba. Y mucho, Gustavo, emocionabas. Dejaste tanto en mí. Así fue desde que me hice de Canción animal gracias a un amigo mío apenas muerto. Por eso entendí bien que hubiera tantos adolescentes en el Palacio de los Deportes en esta ocasión, esperándote: viven la era de cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor.

Y es por todo esto, por tanta cosa sentida contigo y con muchos otros, que a lo largo de mi andar busqué estar frente a ti las veces que me fuera posible, e incontables citas tuvimos. A Soda Stereo, antes de mi hasta entonces punto final del 97, le vi una vez más, justo un año antes con “Efecto doppler” y sus carnalas de camada como pretexto, en el Teatro Metropolitan. Y soy franco otra vez: después me faltó hambre periodística para entrevistarme contigo, cara a cara, a solas. Pudo ser, estabas a dos llamadas telefónicas de distancia. Me arrepiento hoy. Acaso te tomé tres fotos en un encuentro con la prensa local en 2003, y en una me sonreíste.

Hoy Soda Stereo, dice el Palacio de los Deportes. Hoy. Persigo realidad, no me hablen de esperanzas vagas, pensé mientras sonaba “Ecos” y pedía otra chela, excitado por verte. A 200 la cagualata. Me dolió el bolsillo. Pero es Soda, hombre, es Soda: me conté bajito en algún mostrador, pagando y corriendo luego para reencontrarme con mi butaca y notar que, afilando la mira, las siluetas en escena no alcanzaban todavía a aclararse ni tantito. Sólo vi bordes por varios compases hasta que al fin las pantallas se activaron. Tus relieves me despiertan. Gustavo, te pusieron un saco azul con un trueno en el costado derecho.

Me pareció que te veías más cabezón de lo habitual. Bueno, de hecho toda tu sombra era más grande que las de Charly y Zeta. Pero ahí estaba esa imagen tuya, inmensa ante miles, y, ¡oh!, una voz en off con expresión (deforme). Y luego, ¿qué crees? Que de repente el audio no checaba con el video. Tus labios se movían a otro ritmo. Y nosotros buscando un calor en esa imagen de video. ¡Oh! Nada personal, Gustavo. Sinceramente, sería tan bueno tocarte, pero es inútil, tu cuerpo es de látex. ¡Oh, no existes, no existes! Lo certificamos allí, al notar que Charly y Zeta siguen acumulando arrugas y tú no más. Ya no hay fábulas, y con eso claro nada más queda.

Porque hay que ser adictos a esos juegos de artificio. Decirse: la imaginación esta noche todo lo puede. Sólo así, abandonado a la corriente, uno deja allá eso de que no estás aquí, Gustavo. Hay que evitar el zoom para lograrlo; buscarte en la rima que duerme con todas las palabras. Es perverso esto, lo de creer que respiras, que cantas y tocas. Pero déjame vivir este sueño, el mejor que he tenido. Ponte en mis shoegazer shoes cuando sonó “Toma la ruta” y “Planeador”, o cuando hubo que calzarse unos lentes 3D para sentir “Cuando pase el temblor”, ahí donde todo empiece a ser real. Te volviste luna roja mortal mientras drones cruzaban cimientos aéreos de neón. Al final, circularon imágenes retro; fue cuando despertamos queriendo soñarte. Gustavo, debieron acompañar esas gafas de cartón que nos daban a la entrada con pañuelos desechables.
Y nada, qué más. Es todo lo que quería escribirte, refugiado sobre el diván, tan dócil como un guante y tan sincero como pude: mira, sí, vi a Zeta y a Charly en esta ocasión; jamás a Soda Stereo. Y te insisto, no es nada personal.
Té para dos: con eso basta una vez. Y que lo sepas, Gustavo: todavía te extraño.

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