#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

Una amiga me contó que mientras retozaba medio borracha en los brazos de un francés, comenzó a escribir el siguiente mensaje de WhatsApp: “me vale madre, mientras esté aquí me voy a coger a todos los extranjeros que se me pongan enfrente”.

Lo cumplió. Tenemos como testigos a un par de tazas de café cuando me dice que durante su estancia en Sudamérica como parte de una encomienda laboral, su pasaporte erótico obtuvo el sello estadounidense, italiano, francés (“obvi”, aclara), español, holandés, cubano, canadiense, suizo o sueco (“no recuerdo bien”) y brasileño, entre otros.

Pero aquella promesa por emprender una odisea pasional que le daría la vuelta al mundo sin salir de las sábanas, comenzó mal. Casi al instante de presionar el botón de “enviar”, mi amiga se percató de que no se lo haría llegar a su mejor amiga… sino a su papá.

Por muy open minded que fuera su progenitor, no le agradaría leer semejante amenaza de parte de su hija. Porque, como diría Green Day en una canción, “ella se encuentra a 2,000 años luz de distancia”.

Me platica la protagonista de la historia que la salvó no estar conectada a WiFi ni tener datos en su teléfono. Consiguió encomendarse al San Juditas de los Geeks y borrar la anticipada confesión de su crimen antes de que viajara a toda velocidad y su padre la leyera.

A mí también me mama la tecnología. Resuelvo gran cantidad de mis dudas y tomo la mayoría de mis decisiones después de escuchar el consejo del Oráculo Google. Pero hay algo que no podemos negar. Internet es también una pistola cargada que se puede disparar por la culata a la menor distracción. Envalentonados por unos drinks o un ácido que estalló a destiempo, todos hemos publicado un post indebido o enviado la nude a un destinatario incorrecto.

Mientras escribo escucho la lista de nuevas canciones de Pitchfork. Como fabricada por la guasona casualidad, me escupen los audífonos la letra “No going back”, de Yuno. Recién lanzado en junio por Sub Pop, su EP funciona como el testimonio de un misántropo de 27 años. De acuerdo con Bandcamp, el originario de Jacksonville permaneció tanto tiempo encerrado en su habitación sin entrar en contacto con otros chicos, que por eso se volvió músico. Se produce a sí mismo, se graba en su computadora, escribe sus letras, toca todos los instrumentos, dirige sus videos y se toma a sí mismo las fotografías que publicará la prensa. Uno de los lanzamientos de 2018 que más me intrigan.

En la canción que escucho, Yuno repite con una profunda melancolía. Es la encarnación misma del sad:

“No hay manera de volver atrás, nena.

Quizá sepas lo que se siente”.

En efecto, no hay forma de retroceder el tiempo. ¡Qué más quisiéramos que convertirnos en un Marty McFly al que un Doc le dijera: “debemos volver al pasado y evitar que le mandes ese mensaje a tu ex en mitad de la madrugada, en el que le digas que la extrañas”.

Lo que se comparte, lo que se postea, lo que se sube; todo ese acervo maldito de palabras, fotografías y videos vivirá por siempre en la red. Para atormentarnos. Existe una no escrita que dice que no importa qué tan rápido borres un contenido, siempre habrá un trol que antes le tomó una captura de pantalla.

Lo saben Zague, Juan Cicerol y el cantante de Pastilla.

Internet nunca olvida.

A mi amiga se le detuvo el corazón cuando se dio cuenta de lo que había hecho, y le regresó el alma al cuerpo cuando comprobó que el señor que le dio la vida no se enteró de los planes que ella tenía para –como Pinky y Cerebro– tratar de “conquistar” la Tierra.

Mi difunto Yoda literario, el entrañable Eusebio Ruvalcaba, escribió una vez un artículo –muchas de mis columnas son inútiles intentos por igualar su maestría para manipular la espalda láser de la pluma– en el que advertía lo que estaba por venir, en los primeros 90, cuando empezábamos a usar teléfonos móviles pero aún no se inventaba Internet.

Si mejor no recuerdo, aquella entrega de “Un hilito de sangre” (así se llama su novela más famosa y la sección que hacía en la revista La Mosca) que evoco, decía en la primera línea:

“El celular es el peor enemigo del borracho”.
Cuidado, amigos. Eusebio vio el futuro.

 

 

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