#ENMISTIEMPOS 

por Arturo J. flores

Carlos Monsiváis recogió la siguiente frase de un visitante, durante un recorrido que el escritor hizo al Tianguis Cultural del Chopo, y la publicó en su libro A ustedes les consta: “si no fuera por la música, ni salgo del puto vientre materno”.

Escuchamos música para no morir. Porque la vida es muy oscura como para enfrentarnos 24/7 al sonido de nuestros propios pensamientos. Porque el silencio siempre nos aconseja pegarnos un tiro.

Hace unos minutos vino Mi$$il a una entrevista. Le pregunté si también creía que el reggaetón era como el Lado Oscuro. Hay quienes lo critican, lo aborrecen, lo vilipendian. Pero son todos extranjeros de la escena. Porque los que atreven a cruzar del otro lado, ya no vuelven. Yo también fue un Ulises que se ató al mástil del barco para no ser seducido bajo el perreo de las sirenas. Porque quien ha sentido el restregar de un culo contra tu proa, al ritmo de un beat que insiste como cuchillada, termina por bajar la guardia.

La paraguaya estuvo de acuerdo. También en que la música, cualquiera que sea, reggaetón, punk, trap, heavy, shoegaze, pop, hip hop, trip hop o percusiones africanas, existe para que no enloquezcamos. Porque si no fuera por ella nos lanzaríamos al abismo como una desorientada manda de bisontes.

–Imagínate lo desesperante que ha de ser pasarte la vida en una oficina –me dijo.

–No me lo imagino– respondí– lo sé.

Rompimos en carcajadas. Estábamos en mi oficina, charlando.

Pero comprendo su punto. No lo es para mí, porque los periodistas somos una especie de Godínez con licencia para vagar, pero sí representa la realidad de muchísimas personas. Sacar fotocopias, martillar paredes, introducir pizzas en un horno, aceitar engranes o programar posteos en redes sociales. La vida es eso que pasa mientras estás realizando una labor mecánica, diría John Lennon si hubiera trabajado detrás de un escritorio.

Esta semana dos amigas millennials publicaron algo sobre sus trabajos. La primera de ellas dijo que todas las noches llegaba a su casa a llorar, agotada después de atravesar la ciudad en un atestado vagón del metro. “¿De verdad de esto se trata la vida?”, se cuestionaba. Entre los trols que se burlaban de su tragedia, misma que comparten muchísimas personas, y los amigos que intentaban consolarla, hubo uno que le aconsejó asistir a terapia. “Yo la tomé y me ayudó a resignarme”, le comentó.

La otra chica anunció públicamente que había firmado su renuncia. “Me dedicaré a vivir y a buscar un trabajo que me haga feliz”. Qué valor, la verdad. No sé si me atrevería.

Por fortuna está la música. La que sea, la que te guste. Sólo vale terminar la semana por la refrescante posibilidad de disfrutar el viernes en un club, perreando en una bodega de la colonia Obrera, moliéndote las articulaciones en un slam a ritmo de punk, bailando Bomba Estéreo junto a tu roomie o sacudiéndote como un electrocutado, mientras un DJ tira punzantes beats.

Si no fuera por la música muchos de nosotros no superaríamos un rompimiento, el regreso del Inframundo del recuerdo lleno de moscas de un/a ex, un despido injustificado, un regaño de los padres tiránicos, la muerte de un abuelo o un amigo, un desengaño, una pintada de cuerno, un examen de escuela, una enfermedad, una pierna rota o sencillamente la pesadilla que representa despertar todos los días en un país en el que regresar a casa significa un reto desbloqueado.

Si no fuera porque puedes hacer el viaje con los audífonos puestos escuchando el nuevo disco de Interpol/War on Drugs/Childish Gambino a todo volumen, aislado por completo de la realidad que te aprieta el pescuezo, con la esperanza de salir vivo para asistir al Festival Celsius/ NRMAL/ Force Fest, tal vez ni yo hubiera escrito esto, ni tú lo estarías leyendo.

La música existe para que la pinche olla exprés de la vida no nos estalle en la cara. Para que tenga una válvula por la que escape el veneno.

De no ser por la canción que escucho en este instante, yo también me habría matado ALV hace tiempo.

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