Desde el avión, me cuesta dimensionar lo gigante que me parece la Ciudad de México. No es la primera vez que palpo esa sensación de inmensidad apenas cruzo las puertas del aeropuerto y me interno en sus fauces. Da miedo, pero siempre me ha emocionado explorarla. Es un amor medio caótico esto que siento. Esta vez voy acompañada de mis amigas. Llevábamos pensando en este viaje desde hace algunos años y cuando finalmente los astros se acomodaron, decidimos no planearlo demasiado y dejar que la ciudad nos dirigiera adonde fuera. Pasarla bien. Aun así, siento que arribo con ganas de llenar un hueco y la esperanza de encontrar algo que me falta.
TXT:: Sara Chávez
Subimos al Uber y en la pantalla del coche lo primero que se asoma es un mapa y la deslumbrante franja roja que marca la ruta para llegar a nuestro hospedaje. Tráfico, semáforos, claxonazos. Ahí vamos, apretadas las tres en el asiento de atrás hablando de Sexo en la ciudad. Quince minutos más tarde, en mi cabeza resuena la pregunta que Santiago Motorizado repite una y otra vez en su canción “Google Maps”: ¿dónde estás? Antes de abordar el avión, recibí la notificación de que la voz de El Mató a un Policía Motorizado había lanzado El retorno, cuyas composiciones llevaba trabajando desde hace más de una década. Así que, como una señal divina, guardé el disco en mi biblioteca. Me pareció que encontraría el tiempo de escucharlo en el viaje y tal vez hacerlo mío.
De vuelta en el coche, con esa canción en mente, no puedo evitar preguntarme en dónde estará lo que sea que estoy esperando, ¿será que esta ciudad me lo otorgará? No lo sé, pero qué ganas de llorar, esta noche, amigo mío. Así, directo y suavecito remata en mí la voz de Santi en esa balada acompañada de un sintetizador cósmico y medio nostálgico, todo mientras observo tras la ventana a un vendedor en el crucero con sus peluches de López Obrador. Es viernes al mediodía. Unos molletes, un café y tres amigas ya instaladas en un lugar de la colonia Roma, cerca de un parque rodeado de árboles y una fuente con una réplica inmensa de El David. Nos sentamos al lado de extranjeros hablando en inglés, diciendo cualquier cosa; enfrente, un chico que lleva en la cabeza unos lentes blancos ovalados similares a los que usaba Kurt Cobain, parece no quitarnos la vista de encima.
Nuestros ojos se cruzan y enseguida le desvío la mirada. Santi de nuevo en mi cabeza, pero esta vez cantando: y así por fin voy a llamar tu atención. Con esa línea de “La revolución” me entran los nervios; no por las miradas del chico, sino porque viene a mí la sensación extraña de saber que ha pasado mucho tiempo desde que sentí las ansias que provoca el coquetear con alguien, llamar la atención. Antes me resultaba fácil y era más simple dejarme llevar, pero mientras el tiempo ha seguido su curso olvidé cómo hacerlo. Mis amigas me insisten en descargar Tinder y ver con quién hago match, probar suerte en esta ciudad porque, ¿quién sabe?, quizás de entre los más de 3 millones de hombres que habitan la capital exista alguien. Y entonces vuelve otra vez esa sensación de inmensidad que me provoca estar en la CDMX.
Siendo una romántica empedernida, eso de tirarme un volado en una aplicación de citas me exaspera, mejor me pongo a imaginar que sí, así lo quiero: puedo hacer el intento de llamar la atención de alguien en ese parque. Acercarme mientras pasea a su perro, charlar un poco e invitarle un café; luego, si hay suerte, contarle que, después de escuchar una canción, me armé de valor para hablarle. Con mis amigas, me echo un disparejo para ver quién se queda con la recámara del balcón y tuve suerte. O eso creía, pues a las 6 de la mañana, en pleno sábado, me despierta el bullicio de afuera. No estoy acostumbrada a levantarme con sirenas de patrullas y los cláxones de automovilistas desesperados. A eso me refiero cuando menciono que es un amor medio caótico este que siento.
De alguna manera, siempre he pensado en la Ciudad de México como una posibilidad de cambio en muchos aspectos. Venir de una ciudad al norte donde el calor es extremo y los espacios para la música son escasos me ha hecho ver a la capital como La Tierra Prometida. La primera vez que estuve en el DF tenía 18 años y me aventuré en un tour con extraños para presenciar el regreso de Caifanes; las veces que he vuelto han sido casi siempre por la música. También alguna vez me pasó por la cabeza estudiar en la UNAM y después me obsesioné con películas que plasmaban la vida en este lado del país: desenfreno, libertad y un cúmulo de edificios altos alejados del hervidero norteño, de sus montañas, fútbol y olor a carne asada penetrando el aire cada fin de semana. Apartarme de ese norte que con el que ya no logro conectar, quizá, por la costumbre.
La CDMX ha sabido darme ilusión, y querer quedarme siempre. Pero como si de un amante se tratara, de esos que se arrepienten y se van antes del amanecer cerrando sigilosamente la puerta con los zapatos en mano, no me he atrevido a conocerla tan de cerca. Como si supiera que detrás de todo se trata de un animal imposible de domar y que tarde o temprano va a terminar por comerme entera. Aún así, le pienso con amor, a pesar de los empujones en el metro y del taxista que me cobra más de la cuenta porque me escucha hablar con acento norteño. Además, nada refleja mejor este sentimiento en la ciudad un sábado de junio, en donde se aglutina un mar de gente portando la bandera del arcoíris.
Es precisamente el amor un tema constante en El retorno, y mientras camino con algo de lluvia, detrás de una pareja abrazada bajo un paraguas, no puedo evitar pensar en las veces que me enamoré, que escribí cuentos y que vi comedias románticas para pensar en esos hombres a los que he amado. Aquí es donde “Pienso en vos”, una canción dulce que atrae recuerdos revestidos con un aire de balada pop, me emociona. Vuelve a mí ese sentimiento de poder sentirme, esta vez, enamorada de todo, de la lluvia, de estar con mis personas favoritas, de visitar museos y bazares, de comer garnachas y tacos al pastor; enamorada de visitar cantinas, tomar una cerveza helada y confesarme abiertamente. Y ya estando ahí, tratar de entender la devoción que esta ciudad le rinde a José José en el karaoke.
En la última noche, después de que mis amigas se van a dormir, me decido a escuchar el resto del disco de Santiago Motorizado en la oscuridad. Me coloco los audífonos y dejo que el platense haga su magia. Afuera, la lluvia arrecia y logro observar desde el ventanal a unos chicos jugando fútbol en la cancha. Empapados, riendo, siendo libres. En mis oídos recibo el puñetazo: y yo sigo sin ser libre, sin saber qué hacer. “El pastor me dio su mano” es un folk-rock suave lo bastante hiriente para quien no tiene idea de qué camino tomar, para quien sueña con moverse pero por mil razones las piedras regadas en el camino no le dejan avanzar. Lo que viene después, quizá, sea cerrar los ojos buscando una divinidad que ofrezca respuestas. Tiene sentido que sea justo en esta ciudad, con sus dioses enterrados bajo el subsuelo, que vuelva a mí la pregunta: ¿dónde estás?
Busco aquí y allá. Me adentro en el barullo del Zócalo en pleno domingo, entre ruinas prehispánicas, danzantes con emplumados penachos y gente recibiendo ramazos en la cara con tal de curar sus males. Entro a la Catedral y le rezo quedito al santo más cercano para hallar una señal. Hasta me hago de algunos cuarzos para atraer el amor, potenciar la creatividad y calmar los humos —lo que sea que eso signifique—. A la brújula la remplazo por Google Maps, quien pide caminar derecho unas ocho cuadras y luego tres a la izquierda, rumbo a la Doctores, para encontrarnos con alguien que conozco de siempre, pero no en persona; luego, unas cuatro cuadras a la derecha para hallar el sitio donde se besaron Charly y Nico, los personajes de la serie de Canal Once por la que nos nació la idea de venir aquí en primer lugar.
De tanto buscar, me doy cuenta de que hay partes de mí que solo van a existir aquí, en algún lugar de la Ciudad de México. Andando en bicicleta por Reforma, rentando un departamento con 3 extraños, apretujada en el metro rumbo al trabajo. Me busco en las tardes de lluvia sin paraguas, refugiándome en la Vasconcelos, leyendo un libro de Fernanda Melchor, llamando la atención del wey que se sentó a mi lado. Y me encuentro escuchando otra vez El retorno, fumando sola en un balcón, llamándole a mis padres para contarles que ahora todo está más o menos bien. Citando a Santiago Motorizado: sé muy bien que soy medio traumada, y más cuando se trata de música. Porque es ahí, en las canciones, donde encuentro las señales que me ayudan a seguir adelante. En este viaje busco y a pesar de la inmensidad que me provoca la ciudad, pienso que a lo mejor encontraré mi sitio más cerca de lo que creo. A la vuelta de la esquina… en el Covadonga, por ejemplo.

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