Quizá el mayor mérito, al menos en México, de Rompan todo sea el de haber sacudido una escena aletargada y mal envejecida que vive de las glorias pretéritas de bandas como Caifanes y Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio. Esa parte de la escena, aparentemente mayoritaria, no tiene empacho en afirmar que hace más de 20 años no escucha música nueva pero, luego de ver el documental, ha saltado con fiereza al debate para reclamar la ausencia o la inclusión de sus muy particulares héroes o villanos.

TXT:: Carlos A. Ramírez

¿Es de alguna manera esperanzador para el rock mexicano actual este renovado interés de quienes consumieron el género durante las épocas que abarca el documental?, ¿es un signo venturoso que hasta quienes nunca antes habían escrito de rock nacional, publicaran sendos análisis (que se ostentan lapidarios) sobre Rompan todo? Evidentemente no, porque el generalizado rechazo hacia la serie parece provenir de adolescentes, que hoy deben andar rondando los 50; justo quienes se negaron a crecer y hoy siguen repitiendo, sin detenerse a reflexionar, cosas como que “Maná no es rock” o el chiste pueril de que en México no hay rock, sino rockcito.

En ese sentido, no es de extrañar que las críticas, en vez de señalar cuestiones de fondo, como una toma de postura política bastante cuestionable y la construcción de un discurso unívoco que jamás se contradice y muestra al rock como un grupo compacto de músicos e ideologías, se enfoquen en minucias como las antes mencionadas y las ausencias o el poco tiempo que se le dedica a tal o cual banda o solista; así como el excesivo protagonismo de Gustavo Santaolalla y los dislates de figuras como Javier Bátiz o Roco Pachukote, quien se avienta el perro oso de afirmar que Rockdrigo González murió en Tlatelolco durante el temblor de 1985.

Un meme que consta de dos imágenes, condensa de manera notable las reacciones que ha suscitado en nuestro país Rompan todo: en la primera, una turbamulta enfurecida, empuñando antorchas, está opinando sobre rock mexicano mientras en la segunda, un despistado ha asistido a un auditorio vacío para apoyar conciertos, empresas y nuevas bandas. Lamentable. Porque el rock nacional, a pesar de los pesares, sigue ocurriendo hoy y en estos días muchos han preferido hablar de un documental que reconstruye de manera naturalmente arbitraria el pasado, en vez de dar cuenta del lanzamiento de discos sobresalientes, como Entre la niebla, de La Barranca; o Ciudad soledad, de Iván García y Los Yonkis, por sólo mencionar algunos.Eso en México, porque en Argentina desde Billy Bond, el cantante de la legendaria banda La Pesada del Rock and Roll, autor de la frase que da nombre al documental, hasta Marilina Bertoldi, han puteado bastante a Santaolalla. El primero por la entronización del músico y productor como figura central en la historia del género en Latinoamérica; la segunda porque considera que la miniserie no es más que “un montón de señores hablando de la historia del rock”. Algo que, por lo demás, no está muy lejos de la realidad.

Pero siendo estrictos, ¿qué se podía esperar de una serie producida por Gustavo Santaolalla para Netflix? ¿No resulta ingenuo pedirle un rigor casi académico a un hombre especializado en fascinar a las masas trabajando para la máxima empresa de entretenimiento de la actualidad? Por supuesto que su documental es un producto pensado para llegar al mayor número de espectadores posible contando con los exponentes más populares del género, sin profundizar demasiado. Santaolalla es un icono del mainstream musical latinoamericano. ¿De dónde le iba a dar ahora por lo underground?

De cualquier manera, más allá de eso, lo que sí sorprende un poco, es la suscripción de los realizadores, que cuesta trabajo concebir como involuntaria, de la nauseabunda teoría de Los dos demonios, la cual pretende dividir la culpa de los excesos asesinos cometidos por las dictaduras, entre el estado y las distintas insurgencias surgidas desde la sociedad civil. Exculpando de esta manera a los gobiernos de crímenes, torturas, desapariciones y encarcelamientos políticos. Pero sobre todo invisibilizando al Plan Cóndor, la perversa estrategia de dominación regional ideada por Kissinger desde Washington.

Rompan todo, una serie documental para “emocionarse, llorar y bailar”

Sin embargo, más allá de los justos o desmesurados señalamientos que se le han hecho, Rompan todo se disfruta. Entendiendo que se trata de un trabajo que pasará a ubicarse como otro capítulo más en una historia de la que queda mucho por contar. Y sobre todo por hacer. Porque al rock no hay que buscarlo en Netflix ni se acabó en el año 2000. El rock sigue ahí, palpitando en las calles, esperando a quien de verdad quiera encontrar.