Desde que a principios de la década de los años 60 un puñado de directores, aprovechando la fuerza con que el rock and roll irrumpió en el gusto de la juventud de la época, pusiera a estelarizar a las incipientes figuras del género, películas como Twist, locura de juventud, con Enrique Guzmán y Los Locos del Ritmo; Amor a ritmo de go go, con los Hoolligans y los Rockin Devils; y Cinco de fresa y uno de chocolate, estelarizada por Angélica María y los Dug Dugs y basada en un cuento de José Agustín; la relación entre cineastas y músicos de rock mexicanos ha sido estrecha y constante.

TXT:: Carlos A. Ramírez

Si bien es cierto que en esos primeros filmes, debido principalmente a la censura de un gobierno que ya intuía lo que se estaba gestando entre la juventud mexicana, el rock and roll y todo su entorno fueron representados de manera epidérmica y edulcorada, carente de ideología y trasfondo, en años posteriores se filmaron obras más comprometidas que dejaron una poderosa impronta en la historia de la cultura popular mexicana.

Películas como Deveras me atrapaste, basada en un cuento de René Avilés Fabila y dirigida por Gerardo Pardo, en 1985; ¿Cómo ves?, de Paul Leduc, de 1986, la cual aborda la cruda realidad de una juventud condenada al desempleo, la pobreza y la represión mientras encuentra algo de consuelo en la música de Jaime López, Rockdrigo González, Cecilia Toussaint y El Tri; y Un toke de roc, de 1988, dirigida por Sergio García Michel y filmada en super 8 mm, la cual es una auténtica joya que cuenta con la participación de Chac Mool; abrieron el camino a una nueva generación de directores que supieron incorporar el rock a su visión artística para mostrar en sus historias el rostro de un México vibrante y cosmopolita, en cuyas calles bullía la música de muchos artistas con propuestas que, en muchos sentidos, alcanzaban la mayoría de edad.

Ciudad de ciegos (1990), de Alberto Cortés, la cual concluye la espléndida “Foto finish”, interpretada por una especie de dream team del rock mexicano compuesto por Rita Guerrero y Saúl Hernández, en las vocales, y el recién fallecido Sax en el instrumento que lo hizo inmortal; Amores perros (2000), de Alejandro González Iñárritu, cuyo extraordinario soundtrack incluyó a Titán, Ely Guerra, Nacha Pop, Control Machete y Gustavo Santaolla; así como Y tu mamá también (2001) de Alfonso Cuarón, en donde canciones de Plastilina Mosh, Café Tacvba y La Revolución de Emiliano Zapata funcionan como un elemento imprescindible de la historia, son un claro ejemplo de la afortunada sinergia alcanzada entre cineastas y músicos de rock. Aunque también habría que mencionar cintas como Piedras verdes (2000) de Ángel Flores Torres y Perfume de violetas (2001) de Marysse Sistach, entre otras.

No obstante, es probable que en donde el rock mexicano se vea mejor reflejado, cinematográficamente hablando, sea en los documentales. Un género al que varios directores, con poco presupuesto pero toneladas de pasión, han utilizado para mostrar, de manera descarnada y honesta, las vicisitudes de hacer rock en un país como el nuestro. Todos están muriendo aquí (2000) de Ali Gardoki (AKA Ali Gua Gua) cuenta la historia de La Ultrasónicas, la banda de garaje compuesta exclusivamente por mujeres que vino a cimbrar las estructuras de una escena compuesta casi en su totalidad por hombres. 75 minutos que en su frugalidad y minimalismo forzado conmueven por su potencia y sinceridad.

No tuvo tiempo, la hurbanistoria de Rockdrigo (2003), de Rafael Montero García, es una exploración en la vida y obra del Profeta del Nopal, Rockdrigo González, quien muriera trágicamente durante el terremoto de 1985. Una obra que suple carencias con talento para mostrarnos a cabalidad la agudeza e ingenio del creador rupestre. Alicia en el subterráneo (2004), de Alejandro Ramírez Corona, es una muestra sobresaliente de que para lograr buenos resultados se requiere más talento que dinero. Un documental impregnado del espíritu underground del Alicia, el legendario templo del rock chilango en donde sus artífices y protagonistas nos cuentan de viva voz la maravilla de vivir y resistir en la independencia creativa y existencial.

En este sentido, otros documentales indispensables para entender la relación entre cine y rock mexicano, son:  Surf, o tronar… un documental de Los Esquizitos (2009), de Marie Benito; Tijuana, sonidos del Nortec (2012) de Alberto Cortés; Size. Nadie puede vivir con un monstruo (2012) de Mario Mendoza, sobre Illy Bleeding, uno de los pioneros del punk en México; Rita. El documental (2018), de Arturo Díaz Santana, que cuenta la historia de la añoradísima Rita Guerrero, vocalista de la extraordinaria banda Santa Sabina; y Soy yo, Charlie Monttana (2020), de Ernesto Manuel Méndez Alvarado, el cual, sin saberlo, vino a ser una especie de epitafio para El novio de México, uno de los personajes más sui generis que ha dado el rock nacional.

Asimismo, no podemos dejar de mencionar otro tipo de documentales, realizados con mayor presupuesto y, por decirlo de alguna manera, “visión cinematográfica”. Trabajos como los irreprochables Yo no era rebelde. Rock mexicano 1957-1971, La célula que se explota. Rock mexicano 1971-1999 (1999), de Rafael Montero; o Café Tacvba. Seguir siendo (2010), de Ernesto Contreras y José Manuel Cravioto; o Zoé. Panoramas, de Gabriel Cruz Rivas y Rodrigo Guardiola, que vienen a completar el círculo de este fructífero cruce de caminos.