Por Arturo J. Flores 

 

Uno de nosotros no verá a los Rolling Stones en marzo. Ni a Scorpions, Iron Maiden y faltará en el Vive Latino. Pero su pasión por la música me hace pensar que seguramente ya escucha a Elvis Presley, David Bowie y Kurt Cobain. Seguramente se ha sentado a esperar pacientemente a vuelven a reunirse los Beatles en el más allá.

Él era uno más de nosotros. Noctámbulos, melómanos, caminantes, bohemios, metiches, obreros de la letra. Hace más de 15 años, cuando inocente y soberbio me incorporé a la redacción del periódico Esto, aquel grupo de ángeles gandallas (H. Pascal dixit) me bajaron los humor a ca-guamazos.

Aprendí que para cubrir conciertos, conferencias y entrevistas no bastaba con ser joven, escuchar cuanta música me cayera en las manos y leerme un libro cada semana.

Para entrar al círculo había que ser uno de ellos. De aquella venerable Vieja Guardia que se hablaba por su nombre, que se alcahueteaba descaradamente y sobre todo, cuya hermandad estaba dispuesta dar la vida uno por el otro.

Nos recuerdo sentados en la conferencia de Audioslave, pero bien pudo ser cualquier Oasis, Metallica, Blur, o cualquier otro grupo. Queriendo hacer la mejor pregunta. Demostrar al resto quién sabía más de música. Quién pronunciaba menos pinche el inglés.

Ahí estaba el implacable Paco, a quien Bunbury no puede ver ni en pintura porque no le temblaba la mano para decirle sus verdades. Pepe, que tiene las mejores anécdotas de cuando compartió una cerveza con el vocalista de AC/DC. Natalia, que si existiera un álbum panini de festivales en el extranjero, a ella sólo le faltarían dos o tres estampitas. Luis, que se rompió orgullosamente el hombro en un slam con Ozzy. Jesús, a quien le gusta hablarle de usted a los músicos no importante que se trata de Britney Spears. Chava, quizá uno de los pocos periodistas musicales más famoso que aquellos que se suben al escenario. Pluma, el Gran Jefe de Conecte, la Biblia del periodismo musical en México.

Me costó pero me dejaron entrar. Es que era yo un chamaquito arrogante.

Era yo uno de los más jóvenes, junto con Natalia, Gamaliel, Azul, Juan y una lista creciente que fuimos conformando la Media guardia.

 

Y había reglas no escritas que se debían respetar:

 

  1. Si te salías temprano de una conferencia para dictar (porque a falta de email, las notas se pasaban por teléfono), solidarios te pasaban detalle para que no se te fuera nada.
  2. Si estabas crudo, te invitaban el consomé.
  3. Si alguien de tu medio te ganaba las acreditaciones para El Concierto, siempre había un compañero de otro medio que te invitaba.
  4. Si había un concierto importante, nunca faltaba quien contrabandeara un bebé al interior. Un bebé que no lloraba. Un bebé en forma de botella, con 40 grados de alcohol. Y todos bebíamos de ese bebé.
  5. Al término de cualquier concierto, ya fuera en el Foro Sol, el Palacio o el Auditorio, todos sabíamos que la noche apenas comenzaba. Al terminar nos reuniríamos en alguna cantina, ya fuera el Veracruz, el Consorcio… porque nadie se iría a dormir sin antes comentar el concierto: ¿cuál fue la mejor parte? ¿y cuál la peor? Una celebración musical no podía quedarse en seco. Pussy el último en llegar o el que se fuera a dormir primero.

 

Pero nadie nos dijo qué hacer cuando uno de nosotros se adelantara.

Y han sido dos o tres. Para mí, el más impactante ha sido él. El que no irá a Los Rolling, Scorpions, a Maiden y que faltará en el Vive Latino. El que a todos lados cargaba una pequeña cámara en la mochila. No para hacerse selfies. Ni para tomar fotos del concierto. El que aprovechaba cada oportunidad en que coincidíamos para capturar imágenes de los amigos. Sonriendo. Abrazados. Con una cerveza en la mano. Como si anticipándose a su prematuro adiós quisiera llevarse impresos en la memoria la mayor cantidad de recuerdos de sus compañeros. De la Vieja, la Media y la Nueva Guardia.

Con él ya no pelearemos por ganar la nota. No competiremos más a ver quien escribe la mejor crónica. No volveremos a presumir las entrevistas que hicimos o los viajes que disfrutamos. No meteremos más botellas de contrabando al Palco del Palacio, para decir salud.

Él nos está esperando en otro Palco. Uno donde ya no duelen la soledad ni las reumas. Donde el desamor significa nada. Ahora nuestro brother espera en el VIP de un festival realizado en un plano alternativo, en una dimensión que no es la nuestra, en el que tarde o temprano todos pasaremos lista. Un festival en el que actúan Elvis, Cobain y recientemente, Bowie. Uno donde todos entran sin boleto. En el que no hay reventa.

Desde el viernes pasado Ricardo, el Richard, ya tiene lista su cámara en el Más Allá.

Espera pacientemente a que todos volvamos a tomarnos una foto juntos otra vez.

Vete comprando las chelas, carnal. Tarde o temprano, para allá vamos.