Hace tiempo, un ex amigo editor me proponía que un libro apenas por crearse se llamara No estás lista para el pop. El proyecto no se realizó, pero el título es inmejorable. Siempre pienso en la frase cuando escuchó la música de Mike Milosh, el canadiense que decidió darse a conocer haciéndose llamar simplemente Rhye para tirar por delante la sedosidad de su voz, que acaricia, que susurra propuestas amorosas y carnales.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

Y es que el pop no es un asunto sencillo -por ello no cualquiera está listo para él-, hay demasiado manoseo en el proceso y se le suele contaminar con el fin de garantizar el negocio y las ganancias, pero en sí mismo no tiene nada de malo y depende de las capacidades del artista para que sea algo sublime o un burdo producto comercial.

El nativo de Toronto se dio cuenta de todos los malabares que podía lograr con una voz susurrante y un estilo de cantar bajito -como contando un secreto-; luego se convirtió en un compositor muy solvente y en un músico conocedor de lo que la electrónica podía aportar a su propuesta. Siempre habrá un límite muy delgado entre un pop puro (o casi puro) y un cúmulo de alternativas sobradamente cursis (con las que se queda el gran público y copan las listas).

A lo largo de su carrera, Rhye se ha mostrado como un obsesivo artesano que pule y pule el sonido; se concentra en depurados arreglos y siempre se acompaña de instrumentistas virtuosos que lo hacen lucir al máximo (ya sea como banda completa o en versión tiny desk). Se trata de un maestro a la hora de equilibrar la presencia del r&b y el soul en su canto, mientras que sofistica al pop con esas pinceladas delicadas de electrónica downtempo.

 

Milosh terminó de formarse en Alemania (donde comenzó su carrera usando su apellido) antes de convertirse en un trotamundos que pasaba algunas temporadas en Montreal, pero cuya historia ha dado un giro hasta internarse hasta los bosques de Big Sur, en California, donde ha decidido establecer su residencia definitiva, una vez que se consolidó su historia de amor; ahora ya hace vida formal de pareja con la también artista Geneviève Medow-Jenkins.

Desde el nombre de su tercer álbum y sucesor del minimalista EP Spirit (2019), en el que colaboró Ólafur Arnalds, podemos intuir que todos los elementos coincidieron. Home, editado por Loma Vista, establece que ha encontrado su lugar en mundo y la manera de encauzar su vida a través del amor -¡Ni hablar, es lo que hay!-. Incluso su mujer es la que aparece en la portada.

En aquel paraje seductor (por el que pasaran Jack Kerouac, Janis Joplin y Henry Miller, entre otros) se ha procurado una vida de ensueño, ya que su chica organiza las terapias llamadas Secular Sabbath, en las que hay meditaciones, masajes y ceremonias del té -¡Vamos, la pasa mal, el muchacho!-.

Rhye ha contado acerca del contexto en que asumió la creación de su tercer LP y por ello no extraña que en la intro se escuchen voces angelicales que parecen anticipar que ese Hogar en que ahora vive es un trozo de cielo. A continuación, acomete “Come in closer”, un medio tiempo conducido por la batería  que nos anticipa que la sección de cuerdas cobrará relevancia en el resto del disco.

En Home hay un clavado hacia la década de los setenta, a la radio fórmula y a las finas maneras de acariciar al pop; de allí es que surgen temas como “Beautiful”, que lleva el sello del autor, hasta llegar a “Black Rain”, un sencillo que coquetea con la música disco y aumenta un poquito la velocidad.

Mike deja que los instrumentos luzcan y las programaciones se maticen, por lo que son pocas las novedades en cuanto a estilo en estas 13 piezas. Tal parece que se apegó a ese refrán que dice: “si no está descompuesto, no lo arregles”. Siempre ha tirado hacia lo preciosista sin equivocarse, incluso Pitchfork destaca la suya como “música para hacer el amor”.

¿Hay que tenerle miedo al pop puro? ¿Estamos listos para el pop? Rhye ofrece respuestas y nos engancha, ya sea con un corno francés, un sintetizador o esas voces evanescentes que nos envuelven. En Home, el canadiense no arriesga, se apega al trance de felicidad por el que atraviesa. A fin de cuentas, todos deseamos encontrar nuestro verdadero Hogar y asomarnos -aunque sea un instante- a ese lugar incierto al que llaman amor.