Muy probablemente, no existe una sensación más dura, terca y punzante que la de la ausencia.

La angustia ante lo irrecuperable, ante el ser querido que no vuelve, es similar al escozor fantasma que deben de sentir los heridos de guerra quienes han perdido un miembro.

Ésta desolación sin forma es el principal motor dramático de Restos de Viento (2017), la más reciente cinta de Jimena Montemayor.

Esta cinta narra la historia de Carmen (Dolores Fonzi), madre de dos hijos quien, ante la ausencia de su esposo, se deja caer en una constante inestabilidad emocional que la lleva a desentenderse del mundo que le rodea.

Es bajo estas difíciles condiciones que los niños se dan a la tarea de buscar nuevas codificaciones emocionales que les ayuden a lidiar con su contexto.

Los métodos introspectivos de esta cinta se encuentran estructurados de forma específica con el fin hacernos percibir el mundo a través de los ojos de la niñez.

Misma situación que desemboca en una serie vicisitudes sensoriales las cuales nos regresan en el tiempo a esa serie de nociones tempranas que conectan al mundo material con el fantástico.

Restos de Viento es una cinta que nos habla acerca del ánimo trágico sobre el que se desarrolla la condición humana, pero también es una brújula estética que apunta hacia posibles salvaciones.

Todo parece indicar que, ante las incontrovertibles imposiciones del “mundo real”, la única salida es volver a ser niños para, una vez más, lograr conjurar ciertos milagros hipotéticos que den por clausuradas nuestras épocas más oscuras.