#EnMisTiempos por Arturo J. Flores

Todas mis relaciones han sido tóxicas. Porque han sido interesantes. Dejan secuelas y efectos, como las sustancias tóxicas.

Si no te han arrancado un pedazo de alma cada vez que te enamoraste, entonces ninguna de esas ocasiones valió la pena. Decía Charles Bukowski que bebía alcohol hasta caerse porque ninguna historia memorable comienza diciendo “estaba yo comiéndome una ensalada”.

Igual pasa con el amor.

¿Sabes en qué terminan Romeo y Julieta?

Él se bebe un veneno. Ella se suicida cuando lo descubre convertido en cadáver.

¿Hablaríamos de ellos 400 años después de la muerte de Shakespeare; se habrían rodado películas, escrito canciones y hasta parodias sobre ese par de trágicos tortolitos si hubieran tenido una relación sana, respetuosa y basada en la comunicación?

En inglés “enamorarse” se dice “fall in love”, porque –así lo escribí en el libro El amor apesta– porque representa un auténtico dejarse ir por un desfiladero. Rodar entre los peñascos hasta romperse los huesos, la piel y tus órganos queden desparramados por el suelo.

No pain, no gain, repiten los entrenadores a los atletas de alto rendimiento. Si no sientes que se te desbarata el cuerpo, entonces no hiciste ejercicio.

No se ha escrito una canción de amor interesante.

Habrá quien pretenda desmentirme. Seguramente está enamoradx.

No cuenta. Como escribió Ortega y Gasset, “el enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza”.

Disfrútalo mientras puedas. Está comprobado científicamente por José José, que la única seguridad que existe sobre el amor es que acaba.

Ayer fue el primer concierto de The Weeknd. Hoy el segundo. ¿Qué es lo que la gente quiere (queremos) escuchar en vivo?

Obviamente Pray for me.

¿Quién rezará por mí?

¿Me ayudará a cargar mi dolor?

¿Salva mi alma por mí?

Y Call out my name.

Nos conocimos,

Y te ayudé a salir de ese lugar roto,

Me hiciste sentir cómodo,

Pero enamorarme de ti fue mi error.

Ustedes, que estuvieron ahí, que tomaron fotos y grabaron videos, que se dedicaron frases y se acordaron de su ex, ¿habrían de recordarlo como uno de los mejores conciertos de sus millennials vidas si las canciones hubieran comenzado con “estaba yo un día comiendo una ensalada”?

Tenemos venas para ser abiertas.

El corazón es un pájaro ciego de cristal al que le gusta hacerse añicos contra los muros.

La adicción al perfume del otro por la mañana. Buscar su aliento como si necesitáramos de él como del oxígeno. Aspirar el polvo de la vida de su ombligo por la mañana igual que cocaína erótica. La codependencia, el drama y los celos. El ácido sulfúrico que nos derrite las entrañas cuando no contesta nuestros mensajes pero sabemos que está en línea. La indómita imaginación que nos dibuja en la pantalla de los párpados la imagen de él, de ella, de ello, en brazos ajenos. Sorbiendo besos que no son nuestros. Protegidos por una esfera a la que no somos bienvenidos.

La enfermedad y la locura. El miligramo de cordura que te impide lanzarte a las vías del metro para que te saque las tripas, tragarte un frasco de caramelos de diazepam o meter la cabeza al microondas junto a tu sopa Maruchan.

Es cuando sólo la pluma te puede hacer la vela al final del túnel.

Es Cigarettes After Sex.

Por favor, no llores, mi amor.

Adiós.

Me gustaría quedarme, pero llegó al hora.

The XX.

Hace ya un tiempo,

Que encontraste a alguien mejor,

Yo en cambio he esperado mucho para superarte,

Entre más lo veo, mejor comprendo,

Pero a veces, aún te necesito.

O The Cure.

He mirado por tanto tiempo tus fotografías,

Que hasta creo que son reales.

¿Se habrán escrito estos versos, estos auténticos pedazos de poesía, a partir de relaciones “sanas”, lo que maldita la cosa eso signifique?

Una relación que no es tóxica tiende a olvidarse. Porque no fue una borrachera de sentimientos, que nos dejó vomitando desamor abrazados del retrete.

Nos gustan las canciones cortavenas porque ningún vecino del placer es tan cercano a él como el dolor. Porque nos gusta echarle limón a los tacos y a las heridas.

Porque las cicatrices son los tatuajes del amor.

El ser humano es un animal tóxico por naturaleza. Está irremediablemente condenado a gozar sus relaciones tóxicas.