#EnMisTiempos por Arturo J Flores

Lo dijo con humor, pero también con un cierto pesar que ensombreció la frescura de sus 20 años.

–Seremos recordados como la generación a la que le mamó el reggaetón.

Sí y no, pensé.

Cierto es que el reggaetón es como decía mi abuela que es Dios: está en todas partes. Te acompaña mientras te paseas por las calles y está esperándote en tu destino cuando llegas.

En audífonos y bafles, comercios y antros, automóviles deportivos, Ubers, microbuses, fiestas de todo estrato social, y hasta de las backpacks de los motociclistas, brotan frases sugerentes (“Escápate conmigo esta noche, bebé”), propuestas indecorosas (“Si tu novio te deja sola, dímelo y yo paso a buscarte”), confesiones políticamente incorrectas (“A mí me gustan mayores, de esos que llaman señores”) y hasta argumentos de películas soft porn (“Recién levantado y ya quiere que se lo coma y yo se lo como, soy un tigre no es en broma”).

Pero creo que a los millennials, centennials y lo que se acumule, los recordaremos mucho por mucho más que por su proclividad al perreo.

Me tocó crecer en los 80-90-principios de los dosmiles. Durante el apogeo del rock. Cuando las estaciones de radio, los programas de TV, los canales de videos que efectivamente transmitían videos y hasta los bares de moda programaban guitarrazos, sintetizadores y a veces hasta se armaba el slam.

¿Fuimos recordamos como la generación a la que le mamaba el rock?

Puede ser.

¿Y eso nos hizo mejores?

Esto es palabra de meme.

La superioridad que algunos de mis contemporáneos sienten por escuchar rock y detestar por defecto al reggaetón me parece exagerada. Lo he dicho muchas veces y lo repito: escucho rock, pero no me disgusta el reggaetón. El rock me parece música hecha para apreciarse y el reggaetón, para bailarse.

¿Qué sus letras son misóginas, indecentes, que únicamente hablan de infidelidades, traiciones, ajustes de cuentas, acostones de una noche e imparable promiscuidad?

Veamos.

En los 90 estuvo de fugaz moda una banda de rock-rap llamada Los Quehaceres de Mamá, que además de My señorita (“Jumping pa’ un lado, jumping pa’ atrás, que tus tetillas me vuelvan a excitar”), tuvo otro ¿éxito? llamado Levantado faldas, que a la letra decía: “En la escuela, en el colegio, por las calles o en el centro, yo no me imagino lo que se encuentra allá adentro. Un día de estos yo sí me voy a arriesgar, y si tú no estiras yo sí me voy a aventar. Levantando faldas, a las niñas, levantando”.

¿Acaso esta letra no promueve un tipo de violencia muy similar, por así decirlo, como la que tanto le pesa a los enemigos del perreo? Y era rock.

Lo mismo esta otra de Guns n’ Roses, incluida en el álbum Appetite for destruction, de 1987, titulada It’s so easy: “obtienes el nasa por el nada, eso es lo que haces. Date la vuelta, perra, que te he encontrado un uso. Además, no tienes nada mejor que hacer y yo estoy aburrido”.

Ni todo el rock es así, ni todo el reggaetón tampoco. El problema radica en la generalización. Resulta tan inexacto asegurar que porque nos tocó escuchar el rock zapatista de los 90 crecimos con una mejor conciencia política y social (esa se consigue mucho más leyendo los periódicos, que usando un pasamontañas para hacer crowd surfing), como asegurar que los millennials y centennials carecen de ella porque son fans de Maluma.

Al final, considero, su generación tiene mucho menos prejuicios con respecto al sexo que las anteriores, incluida la X, por lo que no tienen problema de cantar (y experimentar) a la transexualidad, el poliamor, el intercambio de parejas, las relaciones abiertas, el pansexualismo y muchas otras estructuras distintas a las del matrimonio judeocristiano que, como hemos visto, cada vez más exhibe ejemplos de fracaso.

Tampoco es mi intención ser totalizador, pero si me preguntan, cuando sea (más) viejo, recordaré a los millennials y centennials como la generación:

–Sí, a la que le mamaba el reggaetón.

–Pero también la que logró que se visualizara y reconociera a los trans, gays, lesbianas y demás preferencias sexuales.

–La que nos quitó el mal hábito de usar popotes.

–La que nos demostró que se podía vivir (y muy bien) siendo DJ, tatuador o barbero.

–La que nos obligó a incluir opciones de comida para quienes decidieran no comer carne.

–Para bien o para mal, la que expulsó definitivamente al PRI y al PAN de la Presidencia.

–La que incluso, nos enseñó que bien puedes llevar en el teléfono canciones de reggaetón y rock y escucharlas en shuffle.

¿Qué si creo que los millennials tienen defectos?

Muchos.

¿Pero qué generación no la tiene?

La vida es una inigualable oportunidad para cagarla.

He visto perrear a quien pronunció la frase que inaugura esta artículo y sigo pensando que no le hace daño a nadie.

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