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Ratchapoom Boonbunchachoke cuando el Estado se adueña de los fantasmas

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Ratchapoom Boonbunchachoke cuando el Estado se adueña de los fantasmas

¿Qué sucede cuando el Estado se adueña de los fantasmas?

Hace seis años, Ratchapoom Boonbunchachoke irrumpió en el cine de autor con Red Aninsri, donde propuso el cuerpo como territorio político y herramienta de infiltración estatal. Tres cambios de gobierno y una pandemia después, en su debut de larga duración, Un fantasma para servirte (A Useful Ghost), el director retrata una nación asomada al abismo de una fractura generacional irreconciliable. En este escenario, la disidencia juvenil se enfrenta a un sistema de purgas judiciales donde el cuerpo —ya no solo de carne, sino espectral— se convierte en el último recurso de control.

TXT: Carlos Priego

Resulta difícil no ver en esta obra una alegoría distópica que proyecta una sombra global. Boonbunchachoke trasciende sus fronteras para trazar el mapa de un mundo dividido entre la inercia de los viejos órdenes y una juventud que se niega a ser purgada del imaginario colectivo.

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La historia se centra en March, un hombre sumido en el duelo que descubre que el espíritu de su esposa, Nat, ahora habita en una aspiradora. Lo que comienza como una bizarra reconciliación marital pronto revela una faceta más oscura: la plusvalía espectral. En este universo, la muerte no exime de la productividad. El sistema reclama a los difuntos para que sus fantasmas operen como filtros biológicos, convirtiendo el luto en simple mantenimiento técnico.

Ambientada en una periferia urbana donde la convivencia es una guerra de trincheras invisibles, la película presenta una sociedad obsesionada con la pureza. La posición social no se mide por el mérito, sino por qué tan “limpio” se está ante el sistema. Es una meritocracia de lo invisible e inodoro: quien posee “polvo” (pasado político o deudas emocionales) queda fuera.

Boonbunchachoke utiliza la avería de una aspiradora como el detonante que hace estallar la emergencia. El imperio aséptico colapsa porque los engranajes —vivos y muertos— dejaron de creer en el pacto de utilidad. La atmósfera, de un blanco quirúrgico y frío, subraya que cada aparato doméstico lleva dentro el trauma de un subordinado. La fábrica, donde los obreros mueren para mantener la pulcritud burguesa, es el espejo sucio de un hogar pretendidamente perfecto.

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El giro más contundente ocurre cuando el Estado instrumentaliza el don de Nat para infiltrarse en el subconsciente de los disidentes. Al desempeñar su papel, ella descubre que el miedo ha colonizado incluso los sueños; para existir y que March pueda conservarla, debe entregar la cabeza de aquellos que, como ella, fueron alguna vez oprimidos.

Sin embargo, la sumisión tiene un límite. Nat se rebela cuando deja de mirar hacia el polvo para mirar de frente al patrón. Al renunciar a su función de “aspiradora biológica”, permite que la memoria y el rastro de la fábrica vuelvan a filtrarse en la casa. No ensucia activamente; simplemente deja de filtrar. Es la huelga definitiva: si el trabajador muere y su espectro se niega a servir, el imperio se asfixia en su propia vacuidad.

Esta rebelión se traslada a la forma: Boonbunchachoke no teme “socavar” la pureza de su propia narrativa. Al contrario, utiliza el choque de estilos dispares como un acto de sabotaje contra el orden aséptico que retrata. Su negativa a conformarse con una sola etiqueta permite que el significado surja de la fricción, y no de un mensaje masticado para la burguesía.

La película se desliza con astucia hacia la ciencia ficción clínica y el terror de “casas encantadas”. Nat, al igual que otros subordinados en este orden, es obligada a sumergirse en un flujo de utilidad continua. El deseo de orden lleva al sistema a extremos perversos, donde incluso el espectro de una madre puede ser convertido en un insumo técnico. En una escena que destila un horror seco y satírico, la familia abraza literalmente a una replicante tecnológica; no hay duelo por la persona, sino alivio por la herramienta. Al observar el purificador de aire, el patrón parece decir con la mirada: «Mírate. Eres perfecta», confirmando que el trabajador solo es admirable cuando se vuelve un engranaje impecable y silencioso.

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En una obra de ambición desbordante, la mezcla de géneros —del J-Horror al falso documental institucional— genera una reveladora fricción política. Aunque Boonbunchachoke sigue el rastro de la unidad atmosférica de Orwell, prefiere utilizar los géneros como capas de una cebolla. Los elementos exagerados desnudan la impotencia de un reino burgués que se asfixia en su propia pureza. Mientras el público tailandés vive en un país de purgas y silencios impuestos, esta alegoría actúa como una radiografía absorbente de un colapso que ya ha comenzado, dejando al patrón desnudo ante el fracaso de su fe cívica.

Staff

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