Rafa Cervera tiene 58 años y cuenta con una larga y destacada trayectoria como periodista musical, pero atraviesa por un punto de inflexión en su vida que le hace escribir a partir de ella Porque ya no queda tiempo. Sabe de antemano que cuenta con elementos suficientes en su biografía como para contarla o bien armar unas memorias nutridas con múltiples anécdotas rockeras y muchas reflexiones, pero recurrir a un formato clásico sería un reto muy pequeño -una salida fácil-, por lo que decide nutrir de prosa los recuerdos y llevarlos hasta una dimensión ficcional -o casi-, contada por otro Rafa, un personaje.

TXT :: Juan Carlos Hidalgo

Foto :: Álvaro Leivas

Cervera tiene una relación de amor-odio con Valencia -su ciudad natal- y una admiración inconmensurable por Lou Reed, que rebasa todo lo demás, incluida una gran atracción por Andy Warhol y New York, junto a una enorme melomanía.

El autor parte del hecho de que la memoria es altamente traicionera y él decide más bien recrear los recuerdos aderezados con mucha descripción de las cosas; los episodios ocurrieron, pero al ser pasados por el tamiz de la escritura quedan como recuerdos inventados -o casi- que le permiten llamar al resultado novela.

En 2017 publicó su primera novela, Lejos de todo (Ed. Jekyll & Jill), una historia de adolescencia con David Bowie e Iggy Pop girando en su interior; tanto la aceptación de la obra, como la conclusión del proceso mismo de escritura, contribuyeron de forma decidida para que el colaborador de Ruta 66, Efeeme y El País aprovechara la racha creativa y confeccionara una estructura modular para consolidar la narración y es por ello que comienza desde su propio Epitafio: “Redacto esto mientras estoy vivo, para que lo leas ahora que he muerto. Si me ha llevado mi tiempo contar quién soy, es porque he pasado más de media vida escribiendo sobre los demás…”.

Ahora ha llegado el momento de plasmar su rompecabezas personal -no sin rizar el rizo- y saltar de una infancia en una ciudad provinciana que casi muere de aburrimiento a estar en una oficina de Manhattan intentando que Lou Reed esboce una sonrisa a causa de una buena pregunta. De momento encontramos al Rafa personaje laborando en una tienda de discos o escapando a Madrid para ir a un concierto, para luego saltar hasta una madurez solitaria en los alrededores de la playa de El Saler; en esos pasajes, un hombre en plenitud se aferra a sus pasiones y se deja ir en especulaciones acerca de lo que ha sido una existencia con la música en un sitio primordial: “… un músico me dijo: la mejor manera de ocultar la poesía es colocarla en una canción de rock & roll, porque nadie va darse cuenta de que está ahí. Fue la música la que me condujo hasta la poesía, de la misma manera que un tren te lleva hasta la estación de destino. A través de la música llegué a casi todo. También a escribir mis novelas”.

Amigo cercano de Alaska y compañía, desde los tiempos de Los Pegamoides y luego con Dinarama, Rafa Cervera ha sido un atento lector de Cortázar, Gil de Biedma, Salinger y, especialmente, de William Burroughs y Delmore Schwartz. Aunque la mayor influencia que muestra en esta obra es la del escritor Agustín Fernández Mallo, tanto por la parte fragmentaria como por la manera de sublimar la realidad para maximizarla y dotarla de épica, así como por la presencia de la repetición, que aquí hace las veces de un sampleo y que le lleva hacia esos pasajes concéntricos (hasta aquello de rizar el rizo).

Todavía no arriba a los sesenta años y el autor siente que el tiempo se agota y es menester hacer un corte de caja ahora que lo que sobra es lucidez y experiencia: “Has de defender tu mundo incluso cuando los demás lo aceptan, incluso cuando parece que las piezas encajan”.

Es así como reconstruye su infancia y la influencia de un tío que se llama igual que él, las dificultades de comunicación con su madre y una muy temprana pasión por comprar y acumular discos. Es así como transcurre la juventud de un freak valenciano, de un chico solitario que tendrá probadas de ese “wild side” a través del ejercicio periodístico, como cuando John Cale le suelta: “Lou Reed y yo creíamos que ser malvados era mejor que no ser nada”. Cervera crea una malignidad atascada de música y literatura -es lo que hay-.

Porque ya no queda tiempo se convierte en algo más disfrutable cuando se mueve en una franja de ambigüedad, en un entorno con sus propias reglas. De esta manera se hacen todavía más entrañables las declaraciones de un protagonista que no tiene hijos y que cuyo día a día está conectado tanto con la soledad como la necesidad de desvelar verdades: “Mi imagen en el espejo tiene una estría más, porque el presente se ha vuelto un poco más impuro, y no es posible sobrevivir sin cometer algún pecado capital”.

Siendo yo mismo periodista musical y novelista, se hace complejo capotear esa gran atracción por lo que aquí se cuenta; muchísimas horas dedicadas a la lectura y la escucha, ir labrando una carrera no siempre en las mejores condiciones, sintiendo el cosquilleo de que los otros te miren como un outsider, alimentándote de los encuentros y desencuentros con los artistas, provocando situaciones límite… haciendo rock existencial.

Quizá para quienes compartimos gran parte de su forma de vida y de su manera de entender las cosas del mundo esta novela nos cale hondo, pero, sin duda alguna, no hay edad para paladear una novela llena de grandes momentos y frases memorables: “No vine a este mundo para que mi vida se parezca a cualquier otra, me digo, convencido de que esta es una frase digna de Lou Reed”.