El sentido comunitario, la empatía por el outsider y la vulnerabilidad compartida que ofrece Jarvis Cocker —el magnético y neurótico maestro de ceremonias de este viaje art-pop— construyeron la noche del martes una zona de catarsis colectiva en el Palacio de los Deportes. Frente a la frialdad del mundo exterior, la banda británica regaló un estallido de luces, sintetizadores y cinismo bailable. Fue una invitación al canto y al salto unísono de miles de personas comunes, decididas a bailar con la hermosa lucidez de saber que el iceberg está enfrente, pero que esa noche estaban juntas.
TXT: Carlos Priego
A las 20:15 —una hora inusual y tempranera para los usos y costumbres de los conciertos en la Ciudad de México, revelándose como el primer truco de la banda para dilatar la noche y ganarle tiempo al reloj—, las pantallas laterales se encendieron con una advertencia punzante y teatral que parpadeaba en la oscuridad:
“Buenas noches. Recordarán esta noche por el resto de sus vidas. Están por ver a Pulp. Esta actuación es un encore. Un encore significa que el público quiere más. Así que… Hagan ruido. Dije: ¡HAGAN RUIDO! Han sido escuchados. Que comience la función”.
Lo que ocurrió después no fue una escala ordinaria; fue un zarpazo histórico. Ubicado estratégicamente en el puesto 29 de su itinerario global, el concierto marcó el arranque de la etapa latinoamericana tras casi tres meses de silencio desde su última fecha en Australia. Esta reactivación física y artística se tradujo en un generoso maratón de dos horas y cuarenta minutos (con un intermedio de 15 minutos). Con precisión, Pulp desmanteló la rigidez de sus presentaciones europeas para obsequiarle a las casi 20 mil almas un récord inédito en la gira: un repertorio masivo de 25 canciones que promedió casi seis minutos por tema.
Lejos de la prisa comercial, esa densidad temporal le otorgó el oxígeno necesario a la puesta en escena para que Cocker desplegara su teatralidad sin restricciones, transformando el show en una antología viva del melodrama suburbano. Ya no son los jóvenes resentidos de Sheffield que espían por la ventana: el presente ordenó al caos del pasado. Estas crónicas de humillación de clase y aislamiento urbano no eran postales de los noventa, sino verdades universales que envejecen con dignidad monumental.
Tras el manifiesto de las pantallas, la banda irrumpió con “Sorted for E’s & Wizz”. La apertura no fue casual. La aguda pluma de Cocker desmitificaba la cultura rave de los noventa para transformarla, bajo la lente actual, en un profético espejo de la soledad moderna. A partir de ahí, el concierto desplegó una atmósfera cinematográfica de “Distrito Rojo”, entre tonos púrpuras y neones asfixiantes donde un reflector blanco perseguía obsesivamente la espigada silueta del vocalista.
Como primer gran golpe, “Disco 2000” transportó de inmediato al público a ese sonido de revival setentero cuyo riff inicial es un préstamo descarado —y acelerado— del clásico “Gloria” de Laura Branigan. Al sonar esa icónica distorsión, la pista del Palacio de los Deportes dejó de brincar para, literalmente, reventar; la masa humana se convirtió en un resorte colectivo latiendo a un pulso disco-punk de 133 BPM. Si bien el catálogo presume un éxito masivo de ese calibre, la banda no hace música disco en el sentido estricto; lo suyo es una audaz transgresión que inyecta la urgencia del rock con sintetizadores analógicos diseñados para la catarsis.
Sin embargo, el diseño narrativo de la banda es perverso: tras la euforia bailable, el repertorio ejecutó un calculado “bajón de fiesta”. Con una elegancia desgarbada, Cocker interrumpió la inercia pop para dirigirse a la multitud en un esforzado español:
“Gracias. Hola. Somos Pulp. Ustedes son México. Buenas noches. ¿Están listos? ¿De verdad? ¿Están realmente seguros? Alright… esto es Spike Island”.
Con ese guiño, el frontman evocó la nostalgia ácida de los noventa, tendiendo un puente directo hacia los paralelismos con aquel desastroso y mítico concierto al aire libre de The Stone Roses en 1990. El contraste fue inmediato: la pista pasó del éxtasis colectivo a la introspección de una resaca generacional.
Nadie anticipó la estrategia de la agrupación, que decidió reestructurar por completo el orden del setlist en comparación con sus anteriores presentaciones. El viaje avanzó con piezas como “Babies” y “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D.L.O.V.E”, sosteniendo una tensión que invitaba al público a despojarse de la frialdad cotidiana y validar sus propias neurosis en comunidad. Para recrear en directo la sofisticada riqueza de sus arreglos de estudio, la alineación tradicional de Candida Doyle, Nick Banks y Mark Webber se robusteció con la presencia de Andrew McKinney en el bajo, Emma Smith en el violín y la guitarra, y Adam Betts alternando entre la guitarra y las percusiones. El ensamble demostró ser un camaleón capaz de transitar entre el art rock, el indie pop, el glam y el rock alternativo.
A pesar de un boletaje de última hora que delataba algunos huecos en las gradas, la escala del Palacio de los Deportes demostró ser el contenedor ideal para el sofisticado aparato conceptual de la banda. El legendario foro —históricamente temido por los músicos debido a una reverberación que suele convertir los conciertos en un desastre acústico— fue domado por una producción impecable que blindó la experiencia para la sección de pista, transformando el recinto en un elegante y decadente estudio de televisión de los años setenta. La propuesta visual renunció a la pirotecnia digital moderna y abrazó una teatralidad retro donde el escenario mutaba según la neurosis del guión: desde el entorno sórdido de cabaret para “This Is Hardcore” —con un telón de terciopelo rojo en las pantallas, una gran araña de cristal y Cocker cantando recostado—, hasta “Sunrise”.
Fue precisamente durante los pasajes más densos de “This Is Hardcore” donde Cocker abandonó el rol de vocalista convencional para mutar en un siniestro director de escena de un thriller psicodélico. Adueñado de un sillón de piel, intercaló susurros conspirativos hacia las primeras filas con una mímica espasmódica. El detalle definitivo, una estampa sórdida que selló la atmósfera de voyeurismo de la noche, ocurrió cuando el frontman estiró la mano para tomar una máscara de oxígeno y jalar aire en medio del clímax instrumental. Fue el retrato perfecto de la madurez de Pulp: un espectáculo que se rehúsa a ser complaciente y que prefiere incomodar con clase antes que aburrir con nostalgia.
Durante el intermedio, mientras en las pantallas corría un loop de “Rapper’s Delight” y Cocker aprovechaba para una breve sesión de revitalización con vitamina B intramuscular y un cambio de vestuario, la agrupación organizó una dinámica de concurso televisivo: proyectaron un decibelímetro para que la audiencia eligiera el siguiente tema “sorpresa”. La votación se disputó entre “Seconds” y “A Bad Cover Version”, resultando esta última la ganadora. Tras abrir el Set 2 con “Something Changed” y la inesperada “The Fear”, el noveno tema de We Love Life resonó como un himno agridulce sobre el orgullo herido. Pese al veredicto, hacia el final del tema el público comenzó a corear unánimemente “Seconds, Seconds”; ante la insistencia, Cocker adoptó el papel de un dulce regañón para mantener el orden del setlist y declinar la petición de la fanaticada, dando paso a “Begging for change” y a la tremenda rareza de “O.U. (Gone, Gone)”, una pieza de culto ausente del esqueleto fijo de sus giras actuales.
Tras la melancolía de “Acrylic Afternoons”, el concierto pisó el acelerador a fondo para entregar el bloque más querido y celebrado de la noche. La recta final del segundo set fue un bombardeo implacable de clásicos esenciales: la infaltable “Do You Remember the First Time?” desató la euforia colectiva, seguida inmediatamente por “Mis-Shapes”, que volvió a encender los ánimos como el himno definitivo de los inadaptados sociales. Tras la energía desbordada de “Got to Have Love”, llegó el turno de “Babies”, introducida de manera magistral por Cocker con su icónica “Spoken Word Version”, recordando que estas crónicas de voyeurismo y aislamiento de los noventa no eran postales del pasado, sino verdades universales que envejecen con dignidad monumental.
El clímax absoluto de esta comunión llegó con el pulso implacable de “Common People” —obra cumbre del aclamado Different Class— donde 20 mil voces borraron la barrera con el escenario mientras Cocker presentaba formalmente a la banda. Si bien la velada careció de proclamas políticas explícitas, la elegancia de su sonido transmitió un profundo orgullo de clase. El set principal cerró con la emotiva «A Sunset», dejando al público exhausto pero pidiendo más.
Hacia el final, el cansancio ya no se podía ocultar en el cuerpo de Cocker durante el encore: esa estructura flacucha y desgarbada que el vocalista sostiene casi de milagro; una anatomía que es puro hueso, algo de carne y absoluta voluntad, donde el agotamiento se instala como el desgaste real de los años. Y sin embargo, en esa delgadez extrema, cada espasmo en “Help the Aged” seguía pareciendo una declaración de principios. Para el cierre definitivo de esta jornada maratónica, la banda eligió la intensidad dramática de “Like a Friend”.
Las mejores comparaciones exigen matices: Pulp no posee la épica limpia de sus pares del britpop; sus crónicas están ambientadas en el barro de la clase obrera, la humillación socioeconómica y el sexo incómodo. Más que un concierto de rock, lo de este martes en el Palacio de los Deportes operó como una pieza de teatro físico con la precisión analítica de Samuel Beckett o Harold Pinter. Una noche donde la banda estiró el chicle de su propia historia para demostrar que sus verdades universales no pertenecen a la nostalgia, sino a la cruda e inevitable vigilia del presente.












