“Algún día mi príncipe llegará”, es la premisa que acompaña la clásica esperanza que mueve a las princesas de Disney del siglo pasado. De hecho, esta frase es parte de la canción que entona Blanca Nieves mientras se encuentra rodeada por animales del bosque y alimentada por la ilusión romántica de un futuro incierto.

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El sutil carácter de Blanca Nieves, quien es el primer personaje femenino en protagonizar una película animada de Disney en 1937, representa la figura de la domesticación femenina, actuando como una mujer pasiva que espera a que “su amor verdadero” llegue, mientras cuida de los siete enanos y limpia la casa cuando ellos se van a la mina a trabajar.

Esto suena como un esquema anticuado actualmente, pero en los años treinta estaba perfectamente alineado con los valores y roles de género de la época, aunque la figura de Blanca Nieves como ícono aún está presente entre las nuevas generaciones.

Una década después de su aparición, surgieron otras dos princesas que son parte de la considerada trilogía clásica de Disney: Cenicienta (1950) y la Bella Durmiente (1959).

La tónica, encarnada por el príncipe salvador, se mantiene.

A primera vista, estas películas de entretenimiento para un público infantil podrían parecer inofensivas, pero si partimos de que la literatura es el altavoz más potente para con el aprendizaje de los niños y las niñas, quienes crecimos con esos mitos centrados en el amor del príncipe azul y el “vivieron felices para siempre” hemos enfrentado dificultades para romper ideas preconcebidas.

Al respecto, cada vez surgen más expresiones de preocupación en diferentes ámbitos por las enseñanzas que las películas de Disney contienen.

“A las niñas se nos crió para esperar, en el mito del amor romántico, y para aguantar el dolor si el zapatito de cristal te va peque”, escribe Rocío Niebla, experta en crianza y maternidad.

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La misma situación es denunciada por la vocalista de Aterciopelados, Andrea Echeverri, en una de sus canciones, en la que señala las  “mentiras” con las que crecimos y el daño que esto ha hecho a nuestras vidas.

“Desde chiquitas nos meten en la película del romance y del príncipe azul. Cenicienta, Blancanieves y la Bella Durmiente, son mentirosas, Con un beso, no nos salvan”, refiere la colombiana en su canción titulada “Florence”.

Tras el lanzamiento de la película La Bella Durmiente, pasaron tres décadas para que Disney presentara a su siguiente princesa: La Sirenita (1989), otra vez salvada por un príncipe, ahora Erik.

Sin embargo, las actitudes de las protagonistas comienzan a transicionar a partir de los noventa, cuando empiezan a surgir princesas más rebeldes, que tienen otras aspiraciones más allá de encontrar a un príncipe.

La Bella y la Bestia rompe el estereotipo anteriormente presentado de “la princesa que espera ser salvada”. La Bella es retratada como una mujer que gusta de leer y busca su independencia lejos de las reglas pueblerinas que la rodean. Sin embargo, debe sacrificar su libertad para salvar a su padre de la prisión en el castillo de la Bestia.

Entonces, Bella termina por entablar una relación violenta con la Bestia, no obstante se enamora de él, en lo que parecería acercarse al Síndrome de Estocolmo, una reacción psicológica que desarrollan las víctimas con sus captores.

Como la Bella, las princesas de los noventa tienen una motivación distinta, ahora persiguen su libertad lejos de lo que se les ha impuesto como tradición.

Jazmín en la película de Aladino se esboza como una princesa que no quiere vivir en el palacio y se siente agobiada por la imposición de un matrimonio arreglado.

“No soy un premio para ser ganado”, es una de las frases que proclama Jazmín en la película de 1992.

Pocahontas es otra princesa que elige tomar decisiones independientes. No quiere casarse con el hombre que le obligan, por eso, se niega a ir a Inglaterra con John Smith y permanece con su tribu.

DE LA “ANTI-PRINCESA” A LA HEROÍNA

Un cambio de narrativa se da finales de los noventa con Mulan (1998), quien encuentra su principal motivación en la ayuda que brinda a su familia y pone en entredicho los roles de género. Se niega a quedarse en el ámbito doméstico, va a la guerra, haciéndose pasar por un soldado, y demuestra que una mujer puede hacer cosas consideradas para hombres o “masculinas”.

La imagen de la princesa tradicional evoluciona con Fiona en la cinta de Shrek lanzada en 2001.

Incluso muchas publicaciones posicionaron a Fiona como un ícono feminista y como una  versión alternativa de princesa que rompe los moldes anteriormente presentados por Disney.

En la historia, Fiona supera el estigma social al sentirse cómoda con el físico que elige, a pesar de ser un ogro.

En un artículo titulado “Fiona es más feminista que Kim Kardashian”, la escritora Teresa

Brickey, resalta la manera en la que la princesa de Disney desafía al patriarcado con la aceptación de su cuerpo y elige la vida que la hace feliz aunque no encaje con los cánones sociales de belleza impuestos.

Antes de Fiona, todas las princesas de Disney responden a una belleza física que las hace parecer hermosas, sin embargo el cambio con Fiona es el mensaje de convertirse en una heroína más allá de un físico considerado como “perfecto” o “sexy”.

“Ella se salva a sí misma y a sus seres queridos a partir de aceptar las partes ‘feas’ o ‘desagradables’ de su aspecto personal”, resalta Emily Shire para The Week.

A pesar de la nueva narrativa que revoluciona este personaje, la historia continúa desarrollándose en una línea que posiciona al personaje masculino como el fuerte protagonista del que la princesa en cuestión depende, y el desenlace de la historia de amor.

Es hasta la segunda década de los 2000 cuando Disney reivindica el papel de la mujer en sus películas.

En cintas como Frozen (2013) el papel del príncipe es secundario. El foco principal es la hermandad que existe entre Elsa y Anna. Incluso, en la película se critica la “mágica” unión del amor a primera vista.

“Confiar en alguien que apenas conoces no es una buena idea”, le dice Elsa a su hermana cuando en su fiesta de Coronación anuncia que se va a casar con el príncipe que acaba de conocer.

Alba Puig, experta en narrativa infantil y editora de Littlecuentus, detalla: Disney es una muestra de que cada vez se van adaptando los mensajes a los nuevos tiempos.

“En principio, las mujeres siempre éramos rescatadas, pero a partir de Brave o Frozen, que son las primeras princesas Disney que se redimen a sí mismas, los discursos han cambiado. Elsa no se casó y el mundo siguió brillando”, relata en un artículo publicado en el diario El País.

La forma de contar las historias sin finales felices, si no realistas, ha tomado fuerza entre madres quienes experimentaron el fracaso de lo que se nos vendió como “amor romántico”.

Recientemente en una conferencia, Claudia Lizaldi, fundadora del portal Mamá Natural dedicado a educar sobre cómo llevar una maternidad informada, relata cómo cuando termina de leer un cuento a sus hijas cambia el “vivieron felices para siempre”, por “vivieron sorteando las dificultades a veces felices y a veces no”.

Cada vez más, en las narrativas infantiles se desmitifica la idea de encontrar al amor de tu vida, si no de la importancia del amor propio.

APRENDER LA HISTORIA EN FEMENINO

Historias contemporáneas de cuentos infantiles son una herramienta de educación no sexista al dilucidar otro tipo de narraciones más allá de los cuentos tradicionales, que no necesariamente se centran en un personaje masculino como la figura de “el salvador”.

Un ejemplo de ello, es el libro  Cuentos de Cinco Minutos para heroínas publicado por Disney y Pixar y editado por Planeta. O las heroínas de Marvel, que son abordadas por Lorraine Cink, quien explora las vidas de las mujeres excepcionales en Ellas al poder.

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El autor Ilan Brenman sacude la parafernalia que se ha construido alrededor de la imagen de las princesas, como seres perfectos, con cuerpos esculturales y frondosas cabelleras. Breman escribe sobre la pequeña Laura a quien le ha surgido la duda sobre si las princesas se tiran pedos, libro que lleva precisamente ese título: Las princesas también se tiran pedos.

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Una escritora que pone en entredicho los roles de género conocidos y establecidos es la inglesa, Helen Docherty quien en su libro El caballero que no quería luchar, relata la historia de  un caballero que es enviado a matar al dragón, pero se niega, por lo que termina leyéndole cuentos.

Enaltecer el papel de mujeres que rompieron con los moldes tradicionales de su tiempo para facilitar el camino a las generaciones modernas es el centro de una nueva ola de autores que abordan el tema.

Cuentos para Niñas Rebeldes, es la historia de 100 mujeres migrantes que cambiaron al mundo.

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Las chicas rudas del pasado, aborda la biografía de 52 mujeres que cambiaron la historia. Por ejemplo, la primera novelista del mundo, Murasaki Shikibu o la mujer que transformó la física moderna, Emmy Noether.

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La historia perdida de las mujeres que lucharon por la libertad de México y su indispensable participación ha sido reducida, en el mejor de los casos, a breves menciones en los libros o simplemente dejada al olvido, pero en Adictas a la Insurgencia se retoman estos relatos.

En la medida que las princesas encuentran su reivindicación a través de los años de evolución y desmitificaciones sexistas, nuevas generaciones tienen la oportunidad de conocer historias que las formen en un mundo de igualdad para todos.