La 24ª edición del Primavera Sound será recordada en tres tiempos: la tormenta, la calma después de la lluvia y el sol abriéndose camino entre las nubes. Además, su leyenda se contará en inglés, porque los allí presentes eran mayoritariamente británicos. Al igual que la ciudad de Barcelona, el festival se ha gentrificado: el público y las bandas locales se han visto reducidos a la mínima expresión, como un pequeño grupo irreductible que defiende una ciudadela asediada, al más puro estilo de Astérix y Obélix.
TXT::Flais / FOT:: Óscar Villanueva
La hegemonía anglosajona se hizo aún más evidente debido a que el festival competidor, We Love Green, se celebró el mismo fin de semana a las afueras de París; no se escuchó ni un solo refunfuño en francés en todo el recinto, para bien y para mal. Y está de más decirlo: han quedado muy lejos los tiempos en los que los grandes músicos del Sur Global hacían parada en el Primavera Sound. Tan lejanos son ya los recuerdos de los conciertos de Caetano Veloso, Salif Keita, Afrocubism, Bombino u Omar Souleyman, verdaderas ensoñaciones de un mundo que no ha parado de estrecharse.



Dejemos la nostalgia y volvamos a la edición actual. El primer acto estuvo marcado por la lluvia. La jornada del jueves era ideal para pasarla en el Auditori, a cubierto, escuchando los magistrales conciertos de Caroline y Panda Bear. Los de Londres brindaron una actuación solo a la altura de las bandas de post-rock de Constellation Records, con un sonido coral al mismo tiempo nítido y ruidoso. Por su parte, Panda Bear puso el teatro a vibrar con loops y canciones hipnóticas, perfectamente acompañadas por unos visuales de museo. Sin duda, fueron los mejores conciertos de aquella jornada… pasada por agua.



A la intemperie, los ansiados conciertos de Doja Cat y Massive Attack tuvieron que cancelarse en medio de una comunicación caótica por parte de la organización. Gajes de la gentrificación: el público inglés no entendía por qué se suspendían las actuaciones por lo que a ellos les parecía una simple llovizna, una nube pasajera en comparación con la que puede caer en Glastonbury. En todo caso, Massive Attack emitió un comunicado muy digno, recordando que les entusiasmaba tocar en una ciudad que se ha caracterizado por su apoyo masivo a Palestina. Pero nos olvidamos de algo… ah, sí: en aquella jornada se presentó Geese, la banda más popular del momento y, quizás, la más sobrevalorada. Son tan parecidos a tantas otras bandas, pero con la ventaja de tener al frente a un hermoso Cameron Winter que derramaba chorros de feromonas por las pantallas del festival, las cuales lo mostraban con la camisa mojada y la lluvia corriendo por su cuerpo. Por cierto, el mismo Cameron Winter dio un recital de piano en el Auditori, dejando claro que el piano y la voz no son lo suyo y que, en algunos casos, «silence is sexy».



Y sí, silence is sexy, como la pieza de Einstürzende Neubauten, cuyo concierto del segundo día en el Auditori del Fòrum quedará en los anales del festival. Los años no pasan para la mítica banda de música industrial, sólidos como una fábrica que deja escapar los ecos de sus máquinas. Brillantes y en la misma línea estuvieron Matmos, quienes hicieron sonar una mezcla brutal de música concreta e IDM en el escenario escondido del Fòrum. La dupla de Matmos, Martin Schmidt y Drew Daniel, son profesores de música y filosofía en la Universidad Johns Hopkins, respectivamente; sería de mal gusto decir que impartieron cátedra ese día, pero todos los allí presentes tuvimos la impresión de graduarnos de algo.





Sin embargo, el punto más álgido de la segunda jornada fue el concierto de Annahstasia, heredera californiana de Nina Simone y Tracy Chapman. Con una mezcla profunda de folk y soul y una voz impresionante, levantó la ovación de un Auditori que pareció despertar de un viaje onírico guiado por las canciones del álbum Tether y unos visuales delicados y poéticos… Mientras tanto, en un lugar muy lejano, en el escenario más remoto, tocaba y tocaba The Cure durante dos horas y media. Allá donde uno fuera se les escuchaba, sin saber ya si el concierto seguía en curso o si lo que nos llegaba era el sonido viajando por el espacio, como la luz de una estrella muerta.


Y el tercer día apareció el sol y puso un arcoíris sobre el escenario Occident. Allí pudimos admirar el desparpajo de Ashnikko y su directo combativo de hyperpop: una pesadilla para el fascismo rampante de nuestros tiempos, una acción directa contra él, a medio camino entre el anarquismo y Harley Quinn. En ese mismo escenario deslumbró MARINA, la reina del festival y princess of power. Su directo fue perfecto; su voz y su timbre brillante parecen venir directo de Broadway. El público se entregó a ella, los abanicos se abrieron como arcoíris y parpadearon como mariposas, cabalgó un unicornio, llovieron solo estrellas, sonaron saetas andaluzas, sonó Madonna… Todo era tan queer y bello que tendríamos que habernos ido todes juntes de allí al terminar «I <3 YOU».

Pero no lo hicimos. Nos quedamos allí esperando a que algo parecido volviera a ocurrir, sin querer aceptar que ya había pasado, que esa agua ya había movido los molinos; en una palabra: por aferrados. Pero también por compromiso: los norirlandeses Kneecap (precedidos por unos muy eficaces Knocked Loose) demostraron que el hip-hop consiste en levantar verdades como puños, alzando la bandera palestina y proyectando evidencias como que Israel perpetúa un genocidio en Gaza, para luego soltar un «Viva Cataluña, puta España» antes de entonar «Get your brits out». Un paréntesis en el festival para reivindicar la autodeterminación de los pueblos. Un sorbo de poción mágica para Obélix.

Así terminó la edición 2026 del Primavera Sound: de manera reivindicativa, despejando las nubes de la primera jornada y coronando a Annahstasia y MARINA. Con Cameron Winter atado y amordazado como Asurancetúrix. Un festival que recibió a 150 artistas y 280 mil asistentes, entre los cuales estuvo Pep Guardiola… pero eso ya es otra historia.

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