Russian Circles es una banda de post metal de Chicago, cuyo núcleo primario, el guitarrista Mike Sullivan y el baterista Dave Turncrantz, se conocieron desde niños; que hayan jugado hockey sobre hielo juntos en esos días no es raro, pero bautizar a su banda con el nombre de un ejercicio de ese deporte ya comienza a hacer las cosas interesantes.

FOT-Press: odysseybooking  |  TXT/FOT-Live :: Carlos Martin Schwab

Su sexto álbum es simplemente cuatro minutos de calma y treinta y siete de tormenta, en el cual exploran su vertiente más metalera junto a su productor y guitarrista Kurt Ballou: sólo sonido crudo de guitarras, bajo y batería.

De esta colección, la primera canción, “Asa”, arranca con un ambiente de reminiscencias marinas y un punteado suave, limpio y evocador que, pese a transmitir absoluta tranquilidad, anticipa tormenta con alguna finta sutil de cambio tonal, que se reafirma en forma de nota puntual de guitarra distorsionada aquí y allá, y hacia el final confirma que ha venido para quedarse. Hasta aquí la calma.

El redoble en crescendo con el que empalma con la segunda canción, “Vorel”, hace esperar la llegada de una apoteosis inicial en forma de gran acorde a todo volumen; pero, conscientes de que la magia de la música reside en jugar con las expectativas del oyente, los Russian Circles alargan ese instante pre-clímax, batería de Dave Turncrantz mediante, hasta el punto en el que nuestro cuerpo no puede hacer más que dejarse llevar por la turbulencia inesperada hasta la llegada del primer ataque de la banda en conjunto.

Esto se convierte en una exploración de riffs y variaciones que se entrecruzan y enriquecen y al finalizar, descubrimos que eran solamente el prefacio de “Mota”, una pieza en la que varias versiones de la guitarra de Mike Sullivan se pelean por el protagonismo mientras las otras dan soporte a la base: arpegios, notas largas con presencia y acordes de una virulencia que casi asusta. La polivalencia de los tres integrantes de la banda resulta admirable.

Cuando un cruce de distorsiones da paso a “Afrika”, se recupera la presencia de una voz principal más definida, y, pese a seguir en un estadio de apoyo, Brian Cook da un mayor protagonismo a su bajo y nos recuerda cómo es de imprescindible su mediación entre guitarra y batería para dar presencia y densidad al sonido.

Pasada la mitad del álbum llega el primer silencio -hasta ahora todo había fluido como un todo unificado-, y, tras él, “Overboard” se presenta como un interludio que, con los ánimos más calmados da reposo y reflexión a lo escuchado y sirve de inicio a una especie de corta “cara B” en la que “Calla” exagera estridencias y remarca el sentimiento de incomodidad para el que todo el álbum, de título explícito, busca guía.

El trío afronta finalmente los primeros compases de “Lisboa”, muy adecuado epílogo, con un reposo que da pie a una última sacudida, ya extenuada pero no por ello falta de carácter, sino todo lo contrario.

41 minutos que solicitan todos tus sentidos en la paz de tu living. Sigue la pista a esta banda en su fanpage, IG y TT y su sitio oficial.