La primera sorpresa fue llegar a Querétaro y no encontrar una convención de turistas provenientes de la CDMX atiborrando la central de autobuses local. Las hordas de melómanos, enfundados en camisetas de bandas de rock, shorts de jean, chamarras de cuero y tenis, brillaron por su ausencia previo al acontecimiento de música alternativa del año en la región centro-norte del país: el Pulso GNP. Por mi parte, acudí al festival obedeciendo un único llamado: la guitarra de Steve Stevens. Me juré que donde el colaborador principal de Billy Idol tocara un riff, ahí estaría yo para celebrarlo.
Esta no es la narración de una persecución de autos
Esta crónica debió comenzar con una caótica y cómica escena de persecución de autos. El narrador —que no es lo mismo que los protagonistas— sale corriendo de la terminal, aborda el primer taxi al grito de “¡siga ese auto!” y, luego, descubre que la persona al volante ¡carece de licencia de conducir! Pero esta no es la narración de una icónica escena de comedia de los ochenta, sino la de un festival de música. Además, no perseguimos un auto a toda velocidad, solo intentamos llegar a la taquilla principal del Autódromo de Querétaro antes de las cinco de la tarde para recoger las acreditaciones. Como es costumbre en estos eventos, la ley se aplica de la misma manera para todos: el tramo congestionado de la Avenida de los Industriales provocó que un viaje de quince minutos se convirtiera en uno de poco más de una hora. La segunda sorpresa del día fue descubrir que aquella convención de melómanos, antes ausente, tomó forma de éxodo: todos nos pusimos de acuerdo, sin saberlo, para llegar a la misma hora al festival. Desesperado, como buen cronópata recién convertido, miraba por la ventana del taxi cada vez que se detenía. Ver después la cara del taxista fue una clara invitación a terminar la última parte del recorrido a pie.

¿Llegar temprano a un concierto es un antimanifiesto? No lo sé, pero cumplir involuntariamente con aquella declaración de principios e intenciones, provocó que me perdiera a Tino el Pingüino. Después de cruzar el umbral de la eternidad que separa al grupo de los piadosos de la música del resto de los mortales fui directo al stand de merch oficial solo por no dejar pasar la oportunidad. Amablemente, al no encontrar una camiseta del guitarrista de Brooklyn, el dependiente me ofreció una con un círculo grande dibujado, una ilustración de estilo western con un sol, siluetas de cactus y lo que podría ser una figura humana además del texto: “Pulso GNP”.
Una tormenta de actitud
El vacío de la decepción me arrastró a deambular sin rumbo junto a las huestes de nativos que se encaminaron a ver a Nathy Peluso, es decir: muchos de ellos nacidos entre 1997 y 2020 que crecieron con las plataformas digitales donde la compositora y bailarina argentina se volvió famosa. Ahí llegaron, poderosas y eclécticas, otra serie de sorpresas, ya que su actuación es un choque de épocas y géneros. Su estilo musical se destaca por ser ecléctico y versátil y fusiona géneros como el jazz, el soul, el hip-hop, el R&B, la salsa y otros ritmos latinos. Muchas de sus canciones, como Business Womano Mafiosa, y su estilo en general, son un grito al empoderamiento femenino, la autoaceptación y la sexualidad sin complejos, desafiando los cánones de belleza tradicionales y las normas sociales sobre cómo debe comportarse una mujer en el escenario y en la música.
Durante los cincuenta minutos de su set estuvo envuelta en una energía atlética y extremadamente teatral; su figura estuvo iluminada en todo momento y su rostro fue visible siempre. Recurrió a constantes charlas en el escenario centradas en temas de aceptación personal, celebración sobre quién se es y una exploración de su versatilidad artística. La cantante argentina animó la música con efectos estroboscópicos y destellos de color; el escenario, con sus pantallas gigantes, se amenizó con proyecciones que narran una historia en varias partes. La intención parece ser centrar la canción, no la estrella, y funciona: Peluso, una tormenta de actitud, arte y emoción, resultó totalmente sorprendente con sus bailes y sus coreografías, donde cada movimiento y cada nota contaron una historia. Lo más celebrado fue “Bzrp Music Sessions, Vol. 36” y cerró con “Vivir así es morir de amor”.

La noche cayó y el ánimo cambió cuando Meme se presentó en el escenario Tecate. Enfundado en un saco color claro que contrastó fuertemente con el fondo oscuro del escenario, el multiinstrumentista abrió su set con Aviéntame. Entre los queretanos había muchas personas que se acercaron a escucharlo y pasó la prueba de fuego. Eres encendió los ánimos y Quiero ver puso el tono del breve, pero alegre, espectáculo.
Todavía faltaban varios minutos para Billy Idol. Visité la zona de alimentos. Desde aquella zona de pits se podía observar cardúmenes de personas llegando. Los organizadores esperaban una asistencia de más de 50 mil personas. La vista resultó igual de impactante que ver a cientos de personas tratando de entrar al vagón del Metro en Balderas a las 7:30 de la mañana. El Ecocentro Querétaro se convirtió en el punto de encuentro de géneros diametralmente opuestos durante el Pulso GNP. El festival, lejos de ser un campo de batalla de escuelas musicales, demostró ser un vibrante laboratorio de contrastes, resaltando la riqueza de su variedad. La cartelera confrontó directamente el rock y la cumbia, el ska y el EDM y el sonido áspero del rock urbano con las texturas sintéticas del electropop. Asimismo, la lírica del rap se midió con el sabor de los ritmos latinos, mientras el rock texano se encontró con el brillo melódico del pop. Esta convivencia de estilos subraya la intención del festival de ofrecer una experiencia musical verdaderamente ecléctica.
Una clase magistral
Cuando el reloj dictó las 19:25, el Rock y el Post-Punk abandonaron la sombra para tomar el control. Logré llegar hasta el frente del escenario Vivir es increíble. Deseaba ver a Steve Stevens y sus guitarras de colores lo más cerca posible. Me propuse ver el Pulso GNP como una continuación de la presentación de Billy Idol el año pasado en el Vive Latino.

Es probable que Steve Stevens encabece una lista de élite, pero a menudo infravalorada, de maestros de las seis cuerdas. El guitarrista de Billy Idol comparte esta distinción con músicos de la talla de Jeff Beck, el influyente Mick Ronson y el emotivo John Frusciante. A esta nutrida lista se suman figuras cruciales como Lita Ford y Poison Ivy, quienes demostraron que el genio de la guitarra se mide por la creatividad y el impacto, y no solo por la fama comercial. Todos ellos son nombres respetados por sus colegas, pero que la crítica y el público masivo históricamente subestiman. Tenía tanta emoción de escuchar a Steve en vivo que cuando sonó Still Dancing mi cerebro ya estaba en otro planeta. Eso se extendió hasta Flesh for Fantasy. El sonido de Steve Stevens es el de un guitarrista de Hard Rock con un toque de sofisticación New Wave, donde la definición, la dinámica y el uso ingenioso de efectos y el whammy bar son sus marcas personales que es fácil percibir en Rebel Yell o Eyes Without A Face. El público no dejó de cantar con la banda y vitorear cada uno de los temas.
Para el momento en que sonó 77, Steve Stevens ya se había cambiado de guitarra tres veces, y Billy Idol había hecho lo propio con su vestuario. Los primeros acordes acústicos de 77 me transportaron a otro mundo de rebeldía e identidad marginal, pero el viaje terminó de golpe. En las pantallas del escenario se coló varias veces el setlist que Erik Eldenius tenía pegado junto a su batería. Aquello fue un balde de agua fría que me devolvió a la realidad: de inmediato noté que Dancing with Myself —el tema que sirvió de puente entre el punk y el new wave para Billy— no figuraba en la presentación. Sentir eso es como cuando te revelan el final de la película antes de que esta siquiera haya comenzado. Con los sentimientos encontrados, fui testigo de los cantos y brincos de los espectadores. Es verdad, las presentaciones de los músicos de Billy Idol no son para todos los públicos, pero los que asisten a verlos no pueden dejar de disfrutarlo. Si hay un artista que pudo lograr un extraordinario equilibrio entre la furia callejera del punk rock y una buena dosis de new wave comercial, ese es Billy. Basta con prestar atención a cada track para percibir la esencia cruda del músico. Idol con su actitud desafiante, cantó con la rebeldía del punk y se movió por el escenario con el carisma de una estrella del new wave, soltando su icónico gruñido tras cada tema. El setlist se apegó mucho al guion de la presentación del grupo el año pasado en tierras aztecas. Continuó con Eyes Without a Face y luego brincó a Mony Mony.

Es difícil no pensar en una pistola de rayos láser al asociarla con la figura de Steve Stevens. La idea de usar juguetes o dispositivos electrónicos de baja fidelidad en la música ya existía en círculos de experimentación, pero Stevens fue un pionero en ¡llevarlo al mainstream! Quizá eso hace imposible asistir a una presentación de Idol sin esperar que aparezca ese juguete modificado que crea el sonido icónico de Rebel Yell.
Para el sexto tema del set, el guitarrista utilizó un instrumento tan New Wave que parece haber sido diseñado en una colaboración entre Steve Stevens y Jorge Campos. En uno de los coros, Billy Idol se ajustó las cadenas que lleva en su pantalón de cuero —un clásico gesto punk/rock que refuerza su imagen rebelde— y se unió a Steve en el escenario. Ambos se agacharon en una pose de rock clásica mientras Stevens ejecutaba un solo, y entonces… llegó el momento de la “pistola de rayos láser”.
Quizá no sean las mejores canciones de la historia del rock, pero sí quedaron grabadas en los corazones de los asistentes que asistieron al Pulso GNP solo para escucharlos. White Wedding fue el tema con el que se despidieron.
La nostalgia no responde
Muchas de las experiencias que nos marcan en la adolescencia permanecen con nosotros, y dedicamos gran parte de nuestra vida a intentar recapturar esa sensación.
Durante la preparatoria, seguí de cerca la discografía de Zoé —Zoé, Rocanlover, Memo Rex Commander, Reptilectric—, y tuve la oportunidad de verlos en vivo en múltiples ocasiones: desde escenarios míticos como Rock Chavitos y el Tianguis Cultural del Chopo, hasta recintos mayores como el Palacio de los Deportes, el Vive Latino, y su última presentación en el Auditorio Nacional.

A pesar de mis reservas, decidí revivir la nostalgia. Permítanme un consejo: no lo hagan. No hay nada más decepcionante que depositar demasiadas expectativas en el recuerdo, especialmente en la música.
Zoé, sin embargo, cumplió, emocionó a sus fans. Sergio Acosta, Ángel Mosqueda, Jesús Báez y Rodrigo Guardiola se entregaron a sus seguidores, demostrando su profesionalismo. Ejecutaron sus temas, interactuaron con el público, e incluso se permitieron jugar con la improvisación, a lo que los asistentes respondieron con entusiasmo. León Larregui se vistió el traje de rockstar: actitud desenfadada con un consumo de alcohol ligeramente por encima de lo normal que alimentó su comportamiento errático.
Aun así, la sustancia que buscaba —esa conexión visceral que se nutría del deseo adolescente—no llegó. Quizás fue el frío, quizás la ubicación en el recinto, o tal vez la perversa industria del recuerdo que nos seduce. Iniciaron con clásicos como Memo Rex, Vinyl, Vía Láctea y No me destruyas, pero no logré sentir en el estómago el cosquilleo habitual de los conciertos. Eso sí, León Larregui provocó un canto a pulmón suelto con temas icónicos como Arrullo de Estrellas, Labios Rotos y Soñé.

Unos minutos después, me asaltó la duda: quedarme para el cierre o dirigirme a la “Carpa Tecate” para ver a Porter o, al menos, rehidratarme. No hizo falta tomar una decisión inmediata. Opté por una pausa estratégica: café, un sillón cómodo y un poco de agua para aguantar las próximas horas.
Habiendo visto a Porter en otros festivales, decidí explorar la propuesta de Latin Mafia. Debo reconocer que fue un acierto. Su presentación tuvo momentos impresionantes en los que el público no solo cantó, sino que formó círculos de baile. El trío mexicano demostró que su música es una mezcla efectiva de perreo y una intensidad emocional palpable. Para conocer su esencia, me habían recomendado escuchar el combo de Julieta, No digas nada y Patadas de Ahogado. Afortunadamente, interpretaron las tres.
Empire of the Sun en cuatro actos
No es habitual que el paraíso de los conciertos ofrezca premios de consolación, pero si alguna vez lo hizo —como el pasado fin de semana—, este se presentó en forma de Empire of the Sun. La ausencia de los músicos australianos en mi vida se había sentido incomprensible. Me los había perdido el año pasado por ver a Jack White, por lo que arribé justo al cierre del escenario “Vivir es increíble” para ser testigo de una presentación teatral dividida en cuatro actos.
Luke Steele y Nick Littlemore buscan siempre crear una experiencia totalmente inmersiva que trasciende lo meramente musical. Desde la aparición de su tema Walking on a Dream, sus canciones me atraparon con su mínima aspereza posible, envueltas en una estética futurista, elegante y brillante que evoca películas de fantasía de los años 80. Como a muchos, me encontraba expectante y emocionado ante esas cabezas gigantes que utilizan en el escenario, las cuales me recordaron la obra del escultor australiano Ron Mueck.

La ópera pop galáctica inició su primer acto con Changes, de su álbum “Ask That God”, como una declaración de principios: “Esta es nuestra nueva era, pero ya viene lo clásico”. Incluyeron Half Mast y Cherry Blossom para demostrar que no se olvidan de las joyas del catálogo que no son hits gigantes, manteniendo a los fans más acérrimos contentos.
El comienzo con sintetizadores etéreos y ligeramente melancólicos, seguido de un beat rítmico, pero no explosivo, me removió las fibras. Entonces, el primer estribillo de We Are the People —”We can remember / swimming in December / Heading for the city lights in 1975″— me hizo pensar en una época de libertad y aventura. Hmm… el paraíso está bien, pero carecen de una costosa selección de cosplay donde los músicos se disfracen de profetas espaciales.
DNA sigue esa línea de fantasía y nostalgia, pero se enfoca en la conexión profunda y esencial. Intencionalmente, fue el único tema del segundo acto, que resultó más corto y centrado. Esta parte funcionó como una transición dramática, dándole al público un momento para respirar y sumergirse más profundamente en la atmósfera antes de que la energía volviera a dispararse. Y quizá funcionó, porque en ese momento noté que había una chica en modo hibernación profunda junto a mí. Nunca lo dijo, pero creo que se reconcilió con Dios en esa parte.
La rampa de aceleración cuidadosamente disfrazada fue Music on the Radio y High and Low. El tercer acto acabó con mi tiempo de meditar sobre la futilidad de la vida. Estaba listo para la fiesta que siguió. Si alguna vez tengo nietos que se interesen por los viajes astrales, les diré que no necesité sustancias espirituosas; solo un par de sintetizadores de Empire of the Sun para visitar el nirvana.
Como dirían Beavis and Butt-Head: “¡Uh… la cosa se puso heavy! ¡Heh-heh!” cuando Ask That God inauguró el último acto. Siguieron Walking on a Dream —y la chica de al lado estaba ganando el primer lugar olímpico en la prueba de marcha, porque seguía bien dormida— y luego Standing on the Shore. Finalmente, Alive decretó el cese de actividades.
Esa fue la recompensa: el momento en que se detona la catarsis colectiva con sus dos o tres canciones más grandes. El estallido de luces, como una liberación de energía, fue el punto máximo de la celebración. Y entonces sucedió: la chica dormida interrumpió el contacto directo con la Matrix justo a tiempo para comenzar a aplaudir.
La última ovación
El cierre del festival se dejó venir en cascada. Muchos abandonaron el Ecocentro Querétaro. Otros fuimos atrapados por las redes de La Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio. No sé si Roco y su comitiva vecinal son conscientes de los estragos que causaron en el rock alterlatino, cuántos delirios de las almas en flor habrán provocado sus acordes, cuántas cervezas han destapado, cuántas uniones libres y apasionadas les debemos o lo que es lo mismo: cuántos corazones se han ofrendado en su Kumbala. Y en honor a todo eso el público les respondió con baile. La ovación que recibieron los dejaron con la mirada más redonda que la copa del sombrero zoot de Roco. No sospechaba que en la cuna donde la Patria se gestó también son jefes y sus seguidores pagarían una entrada para tenerlos en el escenario. Tocaron sus éxitos Solín, Pata de perro, Don Palabras, Pachuco, Kumbala y la de José José —Lo pasado, pasado—. Cincuenta minutos de show y slam, contundente como un tubazo en la cabeza. No hacía falta más. Tímidamente, en algún momento, brotó la rebeldía al grito de ¡Palestina libre! Y eso fue todo.

Los que se llevaron la ovación mayor, y fue la última sorpresa, fueron los veteranos Caballo Dorado. Su set comenzaba a las 12:50 y debía terminar diez minutos antes de La Maldita. El plan no era perdérmelos, pero pensé que si al salir ya no estaban en el escenario tal vez era una señal del universo para que no los viera. Cruzando la frontera de las dos de la mañana, me encontré con ellos. Eran unos tipos medio raros, pero me cayeron bien. Para esa hora pensé que ya me había ido del festival, pero mi nivel de curiosidad me dejó sin palabras y no me pude mover. ¿Ven? Los milagros sí suceden. Me quedé a ver al máximo exponente de line dance en México. Claro que bailar es mi pasión. Bueno, la pasión de ver a otros bailar y recordar por qué yo no lo hago. Existen momentos inolvidables de los conciertos. Ese fue uno de ellos. En tiempos en que nadie se quiere ensuciar las manos, como un auténtico rebelde punk, Caballo Dorado fue el único invitado del cartel que se puso rebelde con los organizadores de un festival y se negaron a bajar del escenario. Un gesto que ya no tienen las grandes estrellas del rock.
Noticia de última hora. Cuando salí del Ecocentro Querétaro la convención de melómanos volvió a manifestarse en forma de la comitiva de la retirada. Seguro que, si sacaba un cartel que dijera “Uber gratis”, aparecían cinco taxis vacíos en menos de un minuto. Por lo menos mi última caminata queretana estuvo amenizada por un pegajoso sonido de country bailable.








