La carrera del director James Wan podría definirse como una de las más prolíficas dentro del terror fílmico contemporáneo. Pocos realizadores pueden alardear de haberle ofrendado al mundo varios formatos creativos que, hasta la fecha, siguen resultando sumamente efectivos dentro de las plataformas comerciales.

Por Toño Quintanar

Con el surgimiento de Saw en el 2004, Wan dio validez definitiva al subgénero denominado Torture Porn; plataforma que habría de renovar las inquietudes más morbosas del cine gore. Sin embargo, no conforme con dicha aportación, el director pronto optó por cultivar un nuevo cine de terror el cual encontraría sus primeras operaciones en cintas como Dead Silence (2007), Insidious (2010) y, por supuesto, la súper exitosa The Conjuring (2013).

La idea original era simple pero efectiva: retomar la estética de filmes seminales como El Exorcista o El Ente para relacionarlos con los formatos modernos. Al principio, tal experimento fue aplaudido de forma casi unánime por los amantes de lo macabro; sin embargo, varios años después, es imposible no darse cuenta de que dicho proyecto ha degenerado en algo insufrible.

Como suele suceder con la mayoría de los arquetipos discursivos que se han ganado un lugar de honor entre el gusto popular, el estilo James Wan se ha transformado en una referencia inmediata de cómo debe ser el cine de terror actual. Sin embargo, es preciso cuestionar si este modelo de representación no ha convertido al género siniestro en un superfluo despliegue de screamers que ni de broma permite la presencia de apuntes profundos como los que era capaz de proponer la filmografía macabra de antaño.

¿Por qué cintas propositivas como The Witch son ignoradas olímpicamente mientras que miles de personas acuden en fila al estreno de Annabelle, La Noche del Demonio 4 o La Monja? La respuesta es simple: los estándares han caído. La falta de calidad se ha afianzado como la constante hegemónica y ha maquillado su mediocridad con sustos superfluos que no exigen nada al espectador. El terror ha dejado de ser ese medio a partir del cual nuestra condición más oscura se veía representada de forma metafórica para transformarse en una maquinaria de emociones inmediatas y artificiales donde la riqueza conceptual y estética parece prohibida del todo.

Asunto al que se suma el que, a mí parecer, es la peor herencia del cine de Wan: una perspectiva completamente occidentalizada –en la más judeo-cristiana de sus formas- de lo que es el arte siniestro. La forma tan dicotómicamente ingenua en la que los personajes arquetípicos de este tipo de cine se nos muestran –mujeres y hombres que se enfrentan, con la fe católica como principal herramienta, a una maldad representada por demonios- nos obliga a asimilar al cine de terror como una sosa propaganda de normalidad conservadora. Pareciera que ya no hay espacio para la transgresión, para esas perspectivas brutales que, a través de una puesta en escena evocadora, mancillaban los tabús más sagrados de nuestra civilización.

La cosa está muy lejos de detenerse, ya que Wan será el productor, ni más ni menos, que de la próxima adaptación fílmica de la leyenda de La Llorona. A juzgar por la forma en que el señor ha venido trabajando durante los últimos años, ya podemos imaginar lo que nos espera: una producción completamente etnocéntrica en la que este amadísimo monstruo se verá tratado con lujo de brusquedad colonialista para ser adaptado a los perspectivismos alienados de la normalidad occidental. Un verdadero desperdicio.