A pesar de que la obra de Stephen King ha sido constantemente aclamada por los amantes más asiduos del género del terror, existe una novela a la que nunca se le ha dado su justo lugar. Me refiero a Christine (1983).

En caso de que desconozcas la trama de este novela, debes de saber que su historia gira alrededor de Arnie Cunningham, un adolescente introvertido quien, tras comprar un destartalado automóvil -un Plymouth Fury del 58, para ser exactos- comienza a sufrir una serie de siniestras transformaciones.

Básicamente, el vehículo en cuestión está poseído por una fuerza maligna.

Bien, vayamos al grano.

¿Qué es lo que hace de esta novela la mejor de King? Pues… básicamente… su estilo, mismo que podría definirse como la conjunción de los mejores modelos narrativos de Stephen.

Esta novela fue escrita en un punto medio en el que King alcanzó su mayor maestría como escritor. Las épocas amateur que nos habían dado historias tremendamente ingenuas como Salem’s Lot habían quedado atrás; sin embargo, aún no llegaban esas eras de autocomplacencia en las que el autor se contentaba con publicar lo primero que le viniera en mente.

Christine es una novela de carácter plenamente inmersivo. Sus modelos de enunciación -que mezclan de forma ingeniosa la primera persona con la narración omnisciente- nos instalan de lleno en un ambiente bellamente inquietante que evoluciona de forma sumamente acompasada y rítmica, igual que si nos encontráramos en una especie de sueño que deviene paulatinamente en pesadilla.

Pocas novelas de King cuentan con un influjo tan detalladamente estructurado el cual se toma su tiempo para establecer con suma paciencia un universo de cotidianidades y extrañezas que se funden de forma tremendamente convincente.

Misma situación que transforma al lector en una suerte de detective quien debe de darse a la labor de conectar y rellenar ciertas vacilaciones que se encuentran establecidas de forma deliberada.

A esto se suma un ánimo plenamente juvenil -los protagonistas son preparatorianos- que, lejos de caer en los clichés estilo slasher, destaca como un guiño de romanticismo aprehensivo que nos remite de forma directa a esas ansiedades terribles -vinculadas irremediablemente al despertar sexual- que son consustanciales a la adolescencia.

Es precisamente este escenario el que resalta como el panorama ideal para que las fuerzas siniestras hagan su triunfal aparición.

El pasado -esa fuerza maligna que se encuentra estrechamente vinculada a nuestros temores más inconscientes- se transforma en una potencia que alarga sus brazos hacia el presente como una suerte de malignidad conservadora e intolerante que pretende mancillar cualquier tipo de avance sociocultural.

Misma metáfora que, por supuesto, destaca como un referente de los malestares que son propios de la brecha generacional y de las constantes tensiones que persisten entre progresismo y conservadurismo.

Sin duda alguna, una buena recomendación para hacer más llevadera tu próxima noche de desvelo.

 

 

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