Azucena platica con un hombre de aire solemne en uno de los pasillos del Mercado de Sonora, por fin se ha decidido echarle un muerto al tipo que ha amenazado a su hija. Lejos de ahí, Roberto enciende una veladora y se postra ante el Santo Niño de la Parroquia de San José para agradecerle haber salvado la vida de su hermana, herida durante un asalto, y para pedirle por la salud de su abuela, que cada vez está más delicada.

TXT:: Israel Morales Nava

Un matón a sueldo se fuma las cenizas de su adversario calcinado, un joven estudiante de licenciatura lanza plegarias al aire para que su equipo anote el gol que le dará el empate; el alcalde de la región es bañado con la sangre de un animal para mantenerse en el poder y resguardarse de sus enemigos…

En un mundo donde sólo un 13% de su población se considera atea y las creencias de carácter místico suelen influir, en mayor o menor medida, la cotidianidad de los habitantes de este planeta, vale la pena preguntarnos sobre la pertinencia de demeritar a priori cualquier tipo de pensamiento mágico o, más aún, juzgar despectivamente a las personas que comparten alguna forma de saber o creencia que no forma parte de la producción científica de conocimiento.

Ciertamente, la ciencia y la tecnología nos han brindado bondades significativas (sobre todo, a quienes pueden pagar por ellas), y aún prometen a la humanidad grandes portentos y beneficios. Sin embargo, vivimos en un país donde cerca del 97% de su población profesa alguna religión o creencia espiritual; nuestra madre patria cuenta con pueblos enteros dedicados a prácticas chamánicas, católicas, new age o magias de otros tipos. Existen grandes mercados donde se comercia con artilugios, rituales, encantos y demás elementos necesarios para conseguir trabajo, encontrar el amor, retribuir el daño recibido, quitarse la mala suerte, sanar al ser querido, provocar la locura, causar la muerte y casi cualquier otra cosa que requiera la ayuda de fuerzas más allá de lo material.

No solamente nos referimos a los mercados populares, sino también a una industria de la espiritualidad: lecturas del tarot (presenciales, telefónicas, virtuales o telepáticas), chamanes radiofónicos, productores de música espiritual, fabricantes de talismanes en serie, cadenas de spas que ofrecen limpias energéticas, filmes religiosos, editoriales, librerías especializadas, instituciones del alma o del ocultismo.

Incluso, se ha intentado documentar cómo varios personajes de la vida pública en esta nación se han acercado a solicitar los favores de brujas, videntes, santeros o guías espirituales: políticos que quieren incrementar su poder, cantantes o actores deseando mayor fama, deportistas en busca de la victoria tan resbaladiza o policías buscando pistas que aclaren el crimen de su interés. Aunado a esto, no está de más señalar la entrañable relación entre la iglesia y el gobierno, que sigue moldeando en buena medida las políticas públicas que atañen a la vida de cada habitante.

Si bien no existe un pensamiento mágico homogéneo, entendiendo por este tipo de razonamiento, una serie de intuiciones o creencias que rebasan las convenciones materiales, científicas y “objetivas” de la realidad, desvaneciendo los límites entre el mundo interior (pensamientos, emociones, símbolos) y el mundo exterior (entorno físico), lo que implica, a su vez, asumir la posibilidad de influenciar la realidad material desde el impulso interno del sujeto, en una relación de causalidad que no puede observarse ni constatarse desde parámetros físicos, muchas de estas creencias están dinamizadas por una serie de parámetros predeterminados desde instituciones que “administran la verdad”. Lo cual resulta en una especie de “estandarización de lo religioso”.

No obstante, estas formas de tejido-narrativo permite elaborar sentido ante el vértigo de estar vivo. Tanto la persona que rocía su casa con aromas herbales y la llena de campanillas para ahuyentar las malas intenciones, como la que recibe la hostia o la que maldice en voz alta mientras le tuerce el pescuezo a la gallina comparten algo: el ritual que actualiza un momento de comunión entre el ser individual y el cosmos (intentando superar, aunque sea fugazmente, el caos), expresa un carácter de pertenencia, estable o evanescente, a cierta comunidad, a ciertos ordenamientos de la realidad.

La postura más simple es relacionar estos comportamientos con alguna psicopatología o con un estado de inmadurez intelectual o cognitiva. Pero este tipo de pensamiento simbólico atraviesa, envuelve y motiva muchas de las acciones de una inmensa población.

Ciertamente, esta peculiaridad humana ha sido utilizada por diversos actores que, desde una lógica mercantilista, refuerzan ciertas creencias para mantener a un público consumidor cautivo, como en el caso de la Iglesia católica, los comerciantes de amarres, la cienciología o los mercaderes de la adivinación.

Si la experiencia espiritual es también algo que concierne al sujeto, desde su intimidad, y a su grupo más cercano, ¿qué tan viable es generar y participar en rituales o narrativas que (aún) no sean capturadas, fagocitadas del todo, por la lógica del mercado o de la clase política? ¿Será posible construir distintas vías de religiosidad que, como una forma de contracultura, posibilite una especie de emancipación del espíritu?, ¿cuáles serían las condiciones que facilitarían tal movimiento?, ¿cómo sortear el riesgo de la alienación sectaria?, ¿cómo articular la creencia/experiencia mística con el pensamiento crítico?

Fiestas rituales comunitarias para favorecer la temporada de cosechas, gestos y enunciaciones en grupo que algunas parteras realizan para dar la mejor bienvenida posible al recién nacido, danzas frenéticas en las que el cuerpo se transforma en un receptáculo para alguna deidad o entidad ancestral que pueda orientarnos en la toma de decisiones del clan familiar, son algunos otros ejemplos de otras formas de pensamiento mágico existentes que dan sentido al mundo y generan un vínculo con éste. Se trata de prácticas que suelen vincularse a ciertos grupos o pueblos no industrializados, pero quizá valga la pena cuestionarnos acerca de las posibilidades de espiritualidad en las ciudades.

Dicho de otra manera, quizá sea más pertinente no erradicar el pensamiento mágico, sino hacer un ejercicio de apropiación para convertir el acto ritual y la creencia en un ejercicio de lo político, devenido del sujeto y su comunidad cercana, para resistir las condiciones de dominación social.

Una actualización de este tipo abre otras vías para (re)pensar en, por ejemplo, deidades que encarnen las inquietudes y afectos de esta época; dioses de la homosexualidad, guardianas de las trabajadoras domésticas, heraldos de nuestros hijos desaparecidos, divinidades que resguarden la banda ancha; ceremonias para fortalecer la sororidad psíquica entre grupos de todo el mundo, rituales para vigorizar la presencia de políticas públicas novedosas, sacramentos para derrocar la dictadura… en fin, magias que no nos aten a la resignación a cambio de la promesa de un futuro (espiritual) paradisíaco, sino que nos devuelvan nuestro habitar-actuar en el mundo, con significados más propios y la posibilidad de construir sentidos más cercanos, no a los discursos institucionales, sino a nuestras experiencias vitales.

Por supuesto, sólo es una pregunta.