Estuve en la más reciente edición de Social Media Week en México. En una de las conferencias participó Andrea Rivera, Head of Advertising Sales de Spotify. Más allá de que los puestos de trabajo descritos en español sean cosa del pasado, la ejecutiva lanzó un dato revelador en su turno al micrófono: “80% de los jóvenes de la generación Z afirma darle más importancia a la afinidad musical que al aspecto físico de una posible pareja”. Pum. Verbo ya no mata carita. Playlist lo mata todo.
TXT:: Arturo J. Flores
Norma no se llamaba así, pero por consideración me acostumbré a cambiarle el nombre a las personas de las que escribo. Era una brillante psicóloga clínica con la que salí, cuando yo era manager de una banda de heavy. La pasábamos muy bien siempre y cuando no hubiera música entre nosotros. A diferencia de otras parejas, jamás musicalizamos nuestras escaramuzas eróticas con otro sonido que no fuera el que emitían los resortes.
Cuando le platicaba de los pormenores de mi trabajo, parecía que me expresaba en arameo. No era su culpa. Bandas como Haggard, géneros como el grindcore o la diferencia entre un PA y un backline le resultaban completamente ajenos. Igualito sucedía cuando ella me brindaba sesudas exposiciones acerca del funcionamiento de nuestra mente. La verdad es que Norma intentó escuchar algunas de mis canciones, pero nunca le entraron.
Y no está mal, la música debe representar un gozo y no un suplicio para quien la recibe.
A ella le agradaba el pop sin complicaciones. Cuando íbamos en mi auto, prefería cederle el puesto de DJ. No es que me gustaran particularmente Reik o Camila, pero tampoco me causaban las migrañas que ella sí le provocaba Metallica. Casi al final de nuestra relación, Norma me sorprendió con que se había ganado dos boletos para asistir a un festival de una estación de radio. Me pidió que la acompañara. Después de presenciar un maratónico desfile de artistas del momento (he de confesar que por desmemoriado no recuerdo a ninguno) que hicieron playback, el concierto cerró con Coda.
—Esta banda sí te gusta, ¿verdad?—me preguntó, entusiasmada.
—Sí… la única que no soporto es “Aún”.
Huelga decir que Xava y compañía sólo tocaron una canción. Precisamente “Aún”, en vivo, eso sí, y en una versión extendida de más de 15 minutos en los que el estadio entero los acompañó en los coros. A mí me dio risa, pero la frustración se adivinada en los ojos de Norma.
La música es una influencia omnipresente en una relación. Entre novios y amantes se dedican canciones, descubren juntos canciones o matan el tiempo en el transporte público compartiendo los audífonos. Los más afortunados cuentan con fondos para asistir en pareja a conciertos. A otros, el rompimiento les caga para siempre una canción. Se vuelven incapaces de escucharla, aunque hayan transcurrido muchísimos años desde la separación, sin verse obligados a derramar una lágrima o que mínimo, se les revuelva el estómago.
Hace una semana, me invitaron a una fiesta de cumpleaños entre un grupo de amigos afectos a los juegos de mesa. Ahí conocí el Hitster. Se juega por medio de una app que hace sonar canciones de manera aleatoria y de las que se tiene que adivinar el título, el intérprete y el año aproximado en que se estrenó. Me enganché desde la primera partida. Llegó un momento en que los ánimos entre los jugadores se calentaron tanto, que parecíamos hinchas discutiendo sobre futbol.
A propósito, la definición de Jorge Valdano para el balompié aplica perfectamente para la música: “es lo más importante de lo menos importante”.
Le deseo lo mejor a Norma, esté donde esté. Desde la primera canción que escuchamos juntos, estaba claro que nunca tendríamos hijos. Si hubiéramos sido Generación Z, ni siquiera hubiéramos salido.
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