Me quebré como una rama seca. Luego de permanecer más de un mes encerrado en mi casa, de ir de la recámara a la cocina, de la cocina al baño y del baño a la recámara; sumergido en este infinito Día de Marmota, delante de la computadora, me puse a llorar. 

TXT:: Arturo J. Flores

Para Itali, Kenia, Sandy, Javier, Gabo 

y a todos los que he visto sufrir.

No estaba trabajando, por más irónico que suene la idea de tener tiempo “libre” cuando se está en cautiverio.

Cerveza en mano, una IPA baja californiana de las que alcancé a comprar antes de que la sequía alcohólica nos cayera encima, sintonicé música al máximo volumen que las bocinas permitieron.

Entonces, ella volteó y me dijo: 

–¿Te acuerdas que hace un año los estábamos viendo?

Ese fue el punto de quiebre. 

Igual que a los heroinómanos les falta una dosis de metadona para enfrentar el tormento de estar vivos, hace tiempo que los enganchados de la música atravesamos una crisis de abstinencia al que no se le ve fin.

En mi casa sonaba “Tokyo”, de los White Lies. Enfrente de los que el 16 de mayo pasado saltábamos sin preocuparnos por guardar ninguna sana distancia. Entonces, aún podíamos salir de un venue embadurnados hasta las plantas de los pies del cebo ajeno, ungidos en cerveza tibia y orines secos, y decir que aquellos habían sido los mejores 120 minutos de nuestra existencia.

Mientras se me caía la lágrima, la inclemente línea de bajo de Tokyo hacía temblar la cerveza como en la escena de Jurassic Park que avecina la llegada del tiranosaurio. El vocalista Harry McVeigh lanzaba una frase que, a la luz de la tragedia iniciada en diciembre en Wuhan, adquiría un espeluznante tinte profético:

“Porque lo sabes, toda ciudad tiene su propio barrio chino”.

 

Es verdad, antes que la música en vivo está comer. Tampoco le falta razón a quienes sostienen que quienes podemos respetar la cuarentena somos pocos y privilegiados. Pero eso no nos quita el derecho a ponernos un poco sentimentales.

Estas líneas son sólo la resulta (escuché esa palabra hace muchos años en una canción de Mecano y cuando la busqué, me sorprendió su significado: consecuencia) de las culpas que un yonqui musical necesitó sacarse de encima.

Primero, porque el año apenas había comenzado cuando todo se fue a la mierda. Había ido apenas a un par de conciertos. Tenía boletos para otros cuatro por venir. Hoy los boletos se parecen tanto a los billetes con los que los compré: son sólo pedazos de papel sin valor.

Ofrezco disculpas también a los amigos músicos a los que no fui a ver. Pretextando cansancio o exigencias de la agenda, no estuve ahí para apoyarlos. 

Tanta es mi melancolía por volver a escucharla en vivo, que me aferro a la música como un niño asustado en su primer día de clases. Entrevisto, por Zoom, gente que hace música y no me saco los audífonos ni para dormir. Me queman las manos por esas crónicas de conciertos que ya no sé si algún día escribiré.

Leí una vez que, a Gustavo Cerati, sumido en el cruel estado vegetativo, sólo había dos maneras de hacerlo que moviera un dedo: escuchar la voz de sus hijos y las canciones de los Beatles, que ellos le ponían en un iPod.

La música posee un indiscutible poder curativo. Tanto que, parafraseando a Carlos Monsiváis en Los rituales del caos, de no ser por la música ni salgo del vientre materno. 

He recolectado, como lo haría un cocainómano con el polvo desperdigado en una alfombra, cada una de los lanzamientos musicales que durante estas semanas me han hecho llegar disqueras, sellos, productores, artistas y publirrelacionistas. Claro, las que me han gustado. Porque ni siquiera en medio de esta tragedia deja uno de ser exquisito y segregacionista.

Les quiero compartir la Playlist.

Y, de corazón, que nunca nos alcance el silencio.

#QuédateEnCasa