Ahí está, John Lydon. Con mohica rubia y ropa güanga, escupiendo a sus pies todo el tiempo así como sonándose la nariz, salpicando de mucosidad el micrófono. Es un inmoral. Baila toscamente y suelta maldiciones consecutivamente, retando al público. Altanero, termina bajándose los pantalones para enseñarnos las nalgas. Sí, John Lydon.
A su alrededor se encuentran Lu Edmonds en la guitarra, Bruce Smith tras los tambores y Scott Firth al bajo y las teclas. Retazos de The Damned, The Slits y The Sex Pistols en la misma tarima. Eso no ocurre seguido. El spot: un Auditorio BB con suficientes huecos para el slam y demasiadas rodillas crujientes como para siquiera considerar agarrarse a codazos, eso sería… ¿inmoral?

Apenas se arranca con la primera, queda bien claro que el trío que acompaña a Lydon ejecuta impecablemente. En especial el lunático de Edmonds, una suerte de científico chiflado que se divierte haciendo explotar matraces en su laboratorio. Al lado, Smith y Firth abren campos de exploración sonora multiformes y disonantes. La de PiL es música prodigiosamente liberadora; “como nada que nadie hubiera escuchado antes; era como si hablaran un idioma diferente”, se consideraba en Smash Hits en 1979. Y encima de tal fascinación, John explayándose con su trémula voz, cual crooner de pub a deshoras.



Por ahí, en la oscuridad, alcanzan a notarse Aknez (Massacre 68) y Sabo Romo (Caifanes). Sobrevivientes de viejas batallas, calan el show de lejos. ¿Qué hubiera sido de sus respectivas bandas si hubiesen visto a PiL en directo en su momento? Quién podría saber cuántas memorias cruzan por sus cabezas y por las de la vieja guardia que se apersona esta noche mientras las canciones salen volando por el aire, una por una, como cartas de baraja desparramándose por un suelo que no alcanza a cimbrarse jamás. “Flowers of romance”, “Warrior”, “Public image”, “This is not a love song”. Los temas avanzan y es en realidad en el vuelo de los naipes donde la danza caótica del slam tiene lugar: el éter pospunketo.



Es la segunda vez de Lydon en México tras una década de ausencia. Y, hay que señalarlo, más allá de ejercitar brevemente las articulaciones, la mayoría del tiempo los asistentes observan al cantante más o menos impávidos e, ¿incómodos?, ¿enjuiciando tal vez? Porque, quién podría olvidar, después de todo: el tipo creció con limitaciones económicas al norte de Londres, en el seno de una familia de inmigrantes irlandeses de la clase trabajadora; pero de pronto resulta que apoya a Trump. Quizá ahí la justificación ante la distancia simbólica entre escuchas y músicos. “Si estás molestando a la gente, sabes que estás haciendo algo bien”, llegó a declarar el inglés.

Tras poco más de hora y media, el encuentro truena. Es domingo alrededor de las diez pe eme y armar after suena complicado. Así que la gente se dispersa, satisfecha por haber visto a Juanito retozar en escena; éste se halla en su camerino, igualmente contento. Sí, John Lydon, ese inmoral que escupe y escurre mocos enseñando las nalgas. “Es un sistema represivo donde no puedes ser horrible —ha dicho el músico sobre su entorno, subrayando las razones de su consecuente manera de obrar— yo no soy horrible, otros me hicieron horrible; yo sólo soy honesto”.

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