Paul, el fresa. Paul, el inmaculado. Paul el superhéroe. Paul: debería ser santificado. Paul McCartney. A lo largo de la historia así ha ido dibujándose su imagen pública, él siempre brillando. Un tipo intachable y con, obvio, talento desbordado. Y la verdad es que alrededor de lo segundo sólo los necios podrían debatir; mientras, en lo relativo a la vida personal del inglés, muy pocos hallan recovecos.
Morgan Neville lo hizo. Le rascó porque se le dio permiso. Es decir, fue hasta donde le fue permitido. Porque todo el mundo está al tanto de que McCartney hizo “Yesterday”, “Hey Jude”, “Let it be” y todo eso con The Beatles, que el tipo sabe cómo se aprecia el mundo desde su cima. Pero, luego qué. A la fecha, la biografía con forma y peso de tabique firmada por Philip Norman se asoma como la mejor fuente para entender a quien encarna uno de los mitos más grandes de la música pop; pero faltaba algo de acceso más simple, un documental.

Man on the run funciona desde el título. La pregunta que Neville planeta es: ¿cómo sigues adelante después de haberlo conseguido todo antes de cumplir los treinta años de edad? Y Paul responde, mirando hacia atrás: evitando hacer eso que te volvió célebre, es decir, música. ¿Y luego?, insiste, Morgan, y otra vez McCartney atiende: bueno, después te vas a vivir a una granja escocesa y te pones a tomar whisky como si fueses un barril sin fondo. Y te deprimes. Y tocas fondo. Y al final vuelves a hacer música. Música muy buena eventualmente, en realidad buena.

Con un montaje atractivo y un ritmo sólido, el director de Man on the run nos encamina desde la disolución beatle, dejando una vez más claro que Paul se traumó con el tema pues él sólo hizo público el quiebre cuando fue John quien lo detonó (al respecto es importante leer lo que Lennon le contó a Ray Connolly en Being John Lennon). Nos habla de la importancia de su entonces esposa, Linda, para escapar del bache y cómo el de Liverpool formó una nueva banda con elementos que, va aceptando el propio Paul a su manera, nunca trató cómo se merecían (saludos a Denny Laine). Giras, risa e infortunio, álbumes, vida familiar, amigos y colegas de la era.

Sin embargo, habría que subrayar lo que dicen otros, no Paul precisamente. Porque se trata de voces pesadas. Nick Lowe, Sean Ono Lennon y Chrissie Hynde, por mencionar tres. Y también contar en qué lugar se pone la música de los años setenta de Macca mientras el punk y Led Zeppelin, hablando de polos distantes, dominaban el paisaje. Respecto al audio y la imagen de la obra, qué decir, hay que apreciar los resultados en el cine, esa es la mejor de las ideas porque, además, sólo en salas podrá verse la entrevista que Neville sostiene con el bitle al final del trabajo.
Así que se agregan piezas para completar ese rompecabezas llamado Paul McCartney. Dos puntos se resaltan acá, uno que sirve para comprender los vicios del mito y el otro útil para que respiremos cuando tengamos la piel al rojo vivo; las demás lecciones, que hay bastantes, los bitlémanos del mundo las irán apuntando. Primero: el artista admite públicamente contar con una única adicción: a tocar. Segundo, una verdad de la voz del propio Paul, quien medita sus momentos críticos con sabiduría: no importa lo que pase, nunca hay que olvidar que el tiempo hará que todo se sienta menos intenso (ok, sí hay que santificarlo).
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