Se nos dice que entre la Época de Oro —Ismael Rodríguez, Pedro Infante, las comedias rancheras y, por supuesto, Los olvidados (1950)— y lo que sea que esté pasando hoy en día en el panorama cinematográfico nacional hay un montón de películas que no valen la pena. Se dice, con ánimo de síntesis quizá, que después del cine de oro llegaron las ficheras y más tarde las porno-comedias: cine machista, con argumentos palomeros y calidad igual o peor a la de un programa de televisión. Tomando por cierta esta idea, uno corre el riesgo de saltarse un cine nacional autoral, propositivo en forma y contenido. Un cine inspirado por lo que hacían los franceses en su Nouvelle Vague y los vecinos gringos durante el periodo conocido como el New Hollywood. Pero ojo aquí: los cineastas de los que hablo se inspiraron en estos movimientos hasta cierto punto, sin por ello perder su voz propia, su voz mexicana; una voz que habla de problemas humanos universales, así como sociales y políticos desde la sombra de la Torre Latinoamericana.
TXT::Rafael Urista Campos
Durante las décadas de los 60’s y 70’s en México surgió un grupo de cineastas con voz y talento, además, varios maestros que comenzaron su carrera en los 50’s tomaron un segundo aire y aprovechándose de las libertades ganadas a la censura, hablaron de temas arriesgados sin necesidad de velar sus ideas con subtexto ingenioso o los sugerentes fades a negros durante un beso apasionado.
Mi intención es escribir sobre las películas de estas décadas (los 60´s y 70´s) y sobre estos cineastas compatriotas, y para comenzar con el pie derecho: Patsy, mi amor.

El 5 de mayo me escapé del trabajo y, después de comerme un recomendable plato de fish and chips en Ocho y Medio, entré a ver Patsy, mi amor (1969). Una película de Manuel Michel que, en su estreno (según nos contó mi tocayo Rafael Aviña), fue vapuleada por la crítica, y que hoy en día ejemplifica lo necesario que es revaluar el cine mexicano de los 60’s y 70’s, y sí: también el cine picaresco y en apariencia ligero.
Patsy, mi amor es un viaje a go-gó por el caos y la elegancia del Distrito Federal de los 60’s, en el cual podemos observar preocupaciones humanas milenarias como lo son el complejo de Electra, la juventud rebelde condenada a eventualmente llenar los zapatos de sus padres y los claroscuros de madurar, enamorarse y comenzar una vida sexual activa. “Maduramos solos y en silencio”, le dice su padre, interpretado por Joaquín Cordero, a una taciturna Patsy en los últimos momentos de la película.

El personaje interpretado por Ofelia Medina es la definición de chévere. Imagínense una amiga que en su tiempo libre lee a San Juan de la Cruz y a Jacques Lacan, pero al toparla en una fiesta te saca plática sobre la tira de Archie; se lleva el pulgar a los labios, te besa y desaparece por semanas en las que (en los 60´s no había historias de Instagram) solo puedes preguntarte e imaginar qué aventuras estará viviendo y con quién.
Gabriel García Márquez (él mero escribió el guión) logra un personaje fácil de observar y amar, mientras que Michel encuentra un tono correspondiente: nos presenta situaciones escabrosas, tabúes; nos hace pensar, pero también reír. Se permite incluir esos chistes cotidianos que muchas veces, en el afán melodramático del cine mexicano, olvidamos o no sabemos poner. En una de mis escenas favoritas, Patsy y uno de sus pretendientes —un joven médico provinciano y, por consecuencia, serio y formal, interpretado por Héctor Bonilla— se reúnen en la morgue. Rodeados de cadáveres se besan; él le dice algo como: “Es absurdo que estemos aquí”, a lo que, sin perder un beat y con una tesitura de voz encantadora, ella responde: “Todo es absurdo”.

La eterna fiesta y felicidad a go-go de Patsy se ven turbadas cuando, por azares del destino —un accidente menor de tráfico en Chapultepec—, conoce y se enamora de Ricardo, un hombre mayor, casado, con hijos y de actitud casanovesca, interpretado por Julio Alemán. He escuchado críticas negativas sobre Alemán como actor, y no estoy de acuerdo. Si bien no le pediría que se aventara Hamlet en el teatro, creo que su carisma y porte le hacen salir victorioso de este y otros retos actorales que afrontó. Por supuesto, los trajes de Bobby Brooks le ayudan a salirse con la suya, y tampoco me sorprendería enterarme de que cada mañana, antes de ir al plató, pidiera que le proyectaran From Russia with love (1963) mientras desayunaba higos, yogurt y café muy negro e intentaba absorber el magnetismo de Sean Connery.

Por su parte, la protagonista Ofelia Medina, que tenía 18 años cuando se filmó la película, demuestra una capacidad histriónica exquisita, moviéndose con honestidad entre chistoretes, contestaciones en francés, pases de baile que seguramente tienen un nombre encantador en algún idioma, un par de momentos devastadores e incluso una secuencia onírica bastante lograda al conseguir una sensación inquietante… apoyada, por supuesto, por el guion de García Márquez, la puesta en escena de Michel, la estimulante fotografía de Fernando Álvarez Colín y el montaje de Federico Landeros.

Pido perdón al lector por marearlo con alabanzas de Patsy, mi amor (1969). Escribo después de verla por primera vez, y cualquier comentario negativo sería una traición a mi primera impresión. Después de una segunda o tercera visualización —y porque ninguna película (gracias a cristo rey) es absolutamente perfecta— espero encontrarle sus bemoles. Pero caray, qué bonita es la imperfección: los doblajes que suenan a doblajes, los colores chillantes, la sangre que parece pintura, los diálogos llenos de ingenio y poesía, personajes con luces y sombras que son verdaderas sombras y no pecadillos redimibles con tres padrenuestros, (hasta ver un boom me causa gusto de vez en cuando). Todo esto forma parte de un cierto encanto que el cine de antaño posee y que batallo para encontrar en el de hoy.
Así como salí de la cineteca el 5 de mayo, he salido de la gran mayoría de películas que se han proyectado en Charlas del cine mexicano, una selección curada y presentada por Rafael Aviña cada martes en la Cineteca de Xoco. Otros títulos que he visto en Charlas del cine mexicano y les recomiendo son: Cascabel (1976), Amor y sexo (Safo ’63) (1964), Tívoli (1974), Cayó de la gloria el diablo (1971), El complot mongol (1978) y El vuelo de la cigüeña (1979). Tómenme con tela de juicio, pero concédanme el beneficio de la duda y denle una oportunidad al cine mexicano de los 60’s y 70’s.
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