#fosacomun
Una columna de Martín Rangel

Foto: Jacob Kowalski tocando en la lectura de Steve Roggenbuck, Houston,TX.

Hace un par de semanas, conversando con un amigo en su recién adquirido piso en la ciudad de Guadalajara y, al mismo tiempo, atentos a las noticias que arrojaba el feed de Facebook, apareció en nuestra conversación un tema visitado con frecuencia.

La motivación: un post de cierto “poeta joven” que, bajo los devastadores efectos de su ego, defendía frente a otro poeta (evidentemente menos iluso) la calidad de su obra.

Sus “argumentos”, dos. El primero: que él no escribía para ser leído sino que, por el contrario, su estructura estaba cimentada en una búsqueda personal que había de desembocar en el sacramento de los elevados estándares estéticos. El segundo: que el lector, ese mismo del que huía, no es ni sería jamás capaz de comprender aquello que, en un futuro, su obra acabaría por ser. Por lo tanto buscarlo era una pérdida de tiempo, pedir, recurriendo al lugar común, agrias peras a un olmo putrefacto.

Mi amigo es un escritor controversial. Quizás el único poeta joven que, en México, es capaz de costearse la vida a partir únicamente de la venta de sus libros. Si hay alguien para quien el lector cobra un valor preponderante dentro de esta dinámica es él. Yo, por otro lado, me debato entre una y otra posturas. Siempre buscando un equilibro, pero sin ser capaz todavía de encontrarlo. Por eso es tan fácil y tan enriquecedor, al menos para mí, llevar a cabo esta suerte de charlas. Es precisamente una, la que citaba a comienzos del primer párrafo, la que nos coloca en el epicentro de esta aparente diatriba: ¿para qué escribimos?

Hoy hay escritores de todo tipo: tuiteros, blogueros, críticos de cine, reseñistas, aquellos que desempeñan el periodismo, escritores fantasma, fantasmas que escriben, activistas, activistas anti-activismo, seguidos de un larguísimo etcétera. No es en ellos en quienes pienso, no, sino en aquellos cuya intención creativa podríamos clasificar como “literaria”. Ya sean novelistas, cuentistas, poetas, dramaturgos o una integración de todas las interiores, creo que hay algo que se comparte: el uso de la lengua con una intención que va más allá del mero comunicativo: una intención estética.

Mi amigo comenzó escribiendo como una consecuencia natural de la profusa lectura de escritores mexicanos que realizó durante su infancia y primera juventud. En un principio, al igual que todos aquellos quienes dedicamos nuestra vida y esfuerzo a la palabra escrita, sólo por el placer de hacerlo. Mi amigo, además de escritor, es un publicista destacado, así que un buen día decidió conjuntar ambas habilidades para comenzar a difundir sus textos en internet. Una cosa llevó a la otra y, en cuestión de unos meses, ya contaba con un contrato con una editorial de prestigio para publicar su primera novela. Su novela comenzó a venderse. Dejó su trabajo como publicista que, en sus palabras, era agotador y “le robaba el alma”. Hace no mucho le pregunté si ahora escribía sólo para vender libros. Su respuesta me sorprendió: “No”.

¿Cómo alguien que logra mantenerse monetariamente sólo a partir de sus ventas, podría ofrecerme una respuesta así? “¿Entonces?”, repliqué. Escribo para que me lean. Desde un principio ha sido así. Por eso uní los mundos del marketing con el de la escritura, para conseguir lectores. Lo demás, la retribución pecunaria, eso vino luego. Eso no lo perseguí. Y cerró: si hoy dejara de recibir dinero por mis libros, no dejaría de escribir. Buscaría un trabajo, de cualquier cosa, para sostenerme. Afortunadamente, escribir no es lo único que sé hacer.

¿Qué es, entonces, lo que hace a un escritor (uno que, es sabido por todos, no sabe hacer otra cosa que escribir) negarse al encuentro con su lector?

No lo sé. No lo sé y me preocupa. Me preocupa que, no teniendo otra habilidad que, en lo laboral, lo salve de la miseria, siga escribiendo para sí mismo cuando podría utilizar su don para existir dignamente en el mundo. Porque sí, el mundo es así. El dinero es necesario, eso lo sabemos. La soberbia, por otro lado, no. Ese “el mundo no es digno de leer lo que mi iluminada psique profiere cada vez que toco una pluma”, es innecesario e injustificable.

Yo, por mi parte, tengo dos certezas que me ayudan e iluminan durante mi proceso de escritura.

La primera: escribo para que me lean. Quiero ganar dinero, también, pero no quiero que eso me obligue a modificar mi estilo ni mis convicciones. La segunda: creo que no soy nadie para privar al lector de consumir mi producto. Lo único que puedo hacer es ponerlo ahí, a mi trabajo, frente al mundo. Nadie sino los consumidores decidirá si es o no que mi trabajo vale ese esfuerzo de ser leído. Si ellos, mis lectores, aquellos por quienes me levanto de la cama cada día deciden que debo detenerme: lo haré. Mientras eso sucede voy a seguir escribiendo, a seguir publicando y valerme de todas y cada una de las estrategias que me permitan lograr que mi trabajo llegue a la mayor gente posible.