Luis Román Ibarra lo asume categóricamente: con el paso del tiempo fui trabajándolo, y hoy sé quién soy. El músico concluye con dicha sentencia un viaje donde, con las canciones de Panteón Rococó como brújula, ha visitado cielos y subsuelos, topándose consigo mismo en circunstancias de variada laya, desde los días en que intercambiaba discos de The Mission, U2 y Nirvana en Tlatelolco, hasta la grabación de A la izquierda de la tierra; de la era en que al lado de Santa Sabina, entre otros, organizaba conciertos a favor del movimiento zapatista (fincando así el ejemplo que de cierto modo seguiría el festival Vive Latino), a las múltiples giras europeas que protagoniza con micrófono en mano. De los excesos a la mesura y del éxito al tropiezo, el músico recapacita lo vivido con una gira que conmemora treinta años de labor con su banda, y, también, un álbum nuevo en plataformas de escucha.
A lado Gorri, Monelo, Darío, Paco, Missael, Tanis y Felipe, Luis está poniéndole tres taches a la banda que capitanea con su voz para así celebrar tanto aferre y trabajo constante, sin jamás bajar los puños. Es la suya una historia ejemplar si de tener la mira clara se habla, un caso de éxito ganado a pulso sin ceder ante las imposiciones de un mercado cruel de tan inasible. Todo con un grupo que ha ido del ambiente subterráneo a las grandes marquesinas sin más herramientas que un puñado de composiciones que ya forman parte de la canasta básica del rockero mexicano, así como de quienes nomás buscan un pretexto para bailar. “La dosis perfecta”, “Vendedora de caricias”, “Cúrame”, “La carencia”, “Toloache pa mi negra”, “Esta noche”. Un montón de tonadas que lo mismo ha provocado polvaredas en festivales masivos que cimbrado butacas en foros de toda especie. Una música que jamás ha requerido pasaporte para cruzar fronteras y que encontró en el ska la materia fundamental para hilar una discografía que a la fecha suma un decena de piezas.
El octeto chilango esta de estreno con Sonoro, su nuevo álbum, la obra que llevará bajo el brazo a lo largo de una gira celebratoria con paradas pactadas en diversas ciudades del país. Un viaje que se irá extendiendo a diversos puntos del planeta, sitios donde, es bien sabido, los músicos son recibidos con vítores debido a que su presencia es garantía de fiesta… y consciencia. Porque su impronta es resultado de algo más que factores netamente sonoros; su contexto histórico, así como su condición social, han operado como detonadores de un posición política bien definida, esencial. Recurriendo a la simpleza, podría decirse que el combo agarra forma gracias al carnalismo chilango de Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio y la voluntad bullanguera de Los Fabulosos Cadillacs. Así, su voz ha rebasado el eco encontrado en los alguna vez llamados skatos en los años 90 para volverse una tonada familiar que lo mismo suena en bautizos y bodas que en antros y cantinas.
Favorito de la piratería cuando ésta mantenía educadas a generaciones de melómanos con casetes y CD´s, que rolaban de mano en mano, taquillero invencible cuando de llenar un estadio del forje del alguna vez llamado Foro Sol se ha tratado, Panteón Rococó encuentra en Luis la voz que canaliza sus ansias y logros. Se trata de alguien que ha rolado por Tlatelolco, Santa María la Rivera, Escandón, Narvarte y Coyoacán. Sin embargo fue en la colonia El Coyol, a unos pasos de la prepa 3, que en un cuarto de ensayo comenzó a forjar el nombre con el cual se haría de un espacio en la lista de cantantes ilustres del rock azteca: Dr. Shenka. “Cuando se fuma yerba se suelta una mielecita, un aceite, es la resina que nace cuando se quema la planta: se llama shenka; lo de Doctor, pues me lo puse porque me doctoré en esa madre durante muchos años”, explica el músico, anunciándose listo para tomar la carretera y darle a los festejos que su banda tiene preparados.
“Tocábamos por un cartón de chelas, a veces ni eso nos daban”
Fue el 27 de marzo de 1995 que Panteón Rococó nació. Se dice que el bautizo tuvo lugar en La Faena, una cantina capitalina de corte taurino en franca decadencia. Aquello sucedió en medio de un ambiente políticamente intenso a nivel nacional, aderezado por la urgencia de un cambio de estafeta entre los punteros de la escena local de rock, todo mientras el germen del llamado ska-mex se agitaba a nivel microscópico en la periferia capitalina. Aparentemente Luis y los suyos integraban una banda más de entre las muchas que había, aunque se las arreglarían para distinguirse del resto. “Como todos al principio, tocábamos por un cartón de chelas. Bueno, a veces ni eso nos daban, vaya, ni las gracias”, comenta el cantante. “Pero poco a poco fuimos aprendiendo que teníamos que dignificar nuestro trabajo, que las chelas estaban chidas, pero que también había que cobrar por lo que valíamos”. Más allá de ayudarles a encontrar mejores oportunidades de trabajo, así como a afinar su perfil sonoro, fue bajo tales condiciones que la banda se hizo de cierto sentido de pertenencia; la unidad que requería para soportar el vendaval que se aproximaba.
“En dos carros echábamos los instrumentos; nosotros, en las cajuelas”
“En nuestros comienzos, en dos carros echábamos todos los instrumentos y nosotros nos íbamos en las cajuelas. Era divertido, esto nos hermanaba, hacía que se creara una comunidad. Porque estábamos fletándonos todos por el mismo proyecto, y todos la estábamos sufriendo igual. Yo creo que ese tipo de dinámicas hace que las bandas duren, que conserven cierta esencia”, señala Shenka, aceptando que, si de rocanrol se habla, “es necesario pasar por allí. Definitivamente hay que batallarle”. Sin embargo, para el músico la guerra personal comenzó antes, precisamente el día en que presenció en directo a Tijuana No!, en la Plaza de Santo Domingo del Centro Histórico capitalino, en los años 90. El músico acepta que tras el acto volvió a casa en shock, sabiendo que su vida no volvería a ser la misma, que lo que quería era dedicarse a la música con otros “escolapios con el mismo sueño, que hacían lo suyo aunque sabían que finalmente sus padres iban pedirles que mejor siguieran estudiando”. Es fácil imaginarlo escuchando “Pobre de ti” entre máquinas de escribir, bajo arcos de piedra, fraguando en su mente un futuro pleno de decibeles.
“Éramos vagos, realmente vivimos la calle”
“En los primeros años de la banda ensayábamos en El Coyol, en la casa de Missael. De ahí nos desarrollamos mucho tocando en la San Felipe de Jesús y en Acueducto de Guadalupe, en Tlalnepantla, Ecatepec o Coacalco. Y bueno, esto nos llevó a conocer muchísima cultura y contracultura urbana. Éramos vagos. Andábamos en la Gabriel Hernández, en La Esmeralda, en la Sanfe… Nos íbamos al tianguis de Casas Alemán a garrearnos. Realmente vivimos mucho la calle”. Al igual que Dr. Shenka y sus colegas, muchos otros jóvenes descubrían en esos días que el ska, ese ritmo que introdujo Toño Quirazco en México en los años sesenta, podía ponerse al día para así hablar de lo que en la mancha urbana estaba ocurriendo. A nivel global, el nu-metal estaba por reventar; sin embargo el entonces Distrito Federal hallaría su propio ritmo sin la necesidad de atender lo que los vecinos del norte hacían. Era cuestión de tiempo para que un consistente puñado de músicos y un ejército de escuchas tomaran el Multiforo Alicia y, con éste como epicentro, aumentaran su rango de infección a punta de skanking.
“Toda la banda bien tumbada, con sus pantalones guangos, éramos unos chamacos”
“Así se fue gestando el movimiento del ska en los años noventa”, continúa Luis. “Fue algo que nos agarró muy jóvenes a todos los involucrados, y a todos nos costó tomárnoslo en serio, cosa que hizo que muchas bandas se quedaran en el camino. Fue un momento cabrón: necesitábamos nuestra propia música, manifestarnos estéticamente. ¿Recuerdas esta película, Kids? Pues así andaba toda la banda, bien tumbada, con sus pantalones guangos, sus camisas coloridas, en la onda del skateboarding. Luego nació el folclor que se agarró con el Elmo. También una onda bien disruptiva llegó con el grafiti, el taggeo. Tú veías a la gente mercando tenis en los tianguis. Todos estábamos creciendo y necesitábamos identificarnos, queríamos lo nuestro, teníamos 19 o 20 años, finalmente éramos unos chamacos”. Para entonces, el número de agrupaciones que hacían ska en la capital era desbordante. Costaba trabajo identificar diferencias entre ellas. Desde entonces iba quedando claro que, ante la demanda de músicos, sólo los más capacitados sobrevivirían a lo que parecía una moda sí, poderosa, aunque pasajera.
“Con nuestro primer sueldo nos compramos una botella de tequila para cada quien”
“Lo que nosotros aprendimos fue a ir exigiendo mejores condiciones técnicas, que realmente era lo que más nos ocupaba”, explica el cantante. “Con nuestro primer sueldo nos compramos una botella de tequila para cada quien, pero con el segundo pago nos dijimos, bueno, ¿a ti qué te hace falta, cuerdas, baquetas, qué más? Y qué tal si con lo que nos sobró compramos unos timbales. Y así fuimos mejorando, comprando amplificadores, cosas. Íbamos ahorrando, entendiendo que la banda necesitaba tener un buen sonido de raíz. Para entonces el único que cobraba era el ingeniero de sonido. Durante muchos años nos hicieron el paro Luis Alejandro Ávila y Daniel Pardo. En esos días nos cobraban 300 o 400 bolas, y se nos hacía un montón de plata”. Con esta visión y un discurso cuya orientación parecía marcar raya respecto a su camada, la banda lograría destacar del resto del contingente de bandas de ska que se presentaba a lo largo y ancho de la ciudad. En ese camino, Dr. Shenka recuerda con claridad el momento en que el grupo volteó a mirarse entre sí, incrédulo, comenzando a comprender que estaba por dar un paso definitivo.
“¿Le vamos a entrar de lleno?, ¿va o no va?”
“Una vez hubo un toquín en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, pero nuestro bajista tenía examen y no iba a poder llegar. Estábamos todos estresados por ésta y otras cosas, y justo allí nos dimos cuenta de que la onda ya estaba funcionando. Para entonces ya rolaba un demo que teníamos, se vendía en el tianguis de la Lagunilla, el del Chopo y en Perinorte, al lado del de Sekta Core y otros más que harían historia para una parte de la generación que creció en los años noventa. Pero bueno, ahí en CU nos dijimos, esto está jalando y ya no podemos ni cumplir con la escuela, ¿le vamos a entrar de lleno?, ¿va o no va? Y todos dijimos, sí, va. Ahora que lo pienso a la distancia, creo que con uno que hubiera respondido, nel, ¿saben qué?, yo no jalo, hubiéramos titubeado todos. No percibíamos un carajo de plata, te digo que tocábamos por chelas, pero teníamos un compromiso que estábamos viviendo intensamente, y por eso sin pensarlo dijimos, órale“. La realidad era que Panteón Rococó estaba a nada de reventar, en cuestión de días la banda llegaría a ofrecer hasta ocho conciertos a la semana a lo largo de toda la mancha urbana.
“Mira, donde seas feliz, ahí es”
Cuando la carga de trabajo arreció, las cosas cambiaron para los músicos en diversos sentidos. “De entrada yo abandoné la comodidad familiar porque empecé a valerme por mí mismo al abandonar la escuela”, avisa Dr. Shenka. “Entonces yo estudiaba Lengua y Literatura. Pero pienso que al final gané mi libertad, la oportunidad de vivir mi vida tal y como yo quería viniendo de un esquema en el que ser joven en este país a veces no es lo mejor que te pueda pasar en la vida, porque estamos inmersos en un sistema feroz, muy agresivo”. El compositor asume que así que “desde ese momento hice las cosas a mi manera, y me parece que a la fecha no me han salido tan mal. Justo eso es lo que le inculco a mis hijos: mira, donde seas feliz, ahí es. ¿Por qué? Porque vas a hacer las cosas con cariño, trabajando por tu revolución personal, trabajando para ti; no para enriquecer a un cacique”. Sin embargo, en este sentido el músico también ha salido con raspones con tal de empuñar el micrófono, y lo acepta sin empacho. “No todo ha sido bondad. En realidad ha habido momentos muy oscuros en mi vida gracias esta profesión”.
“Adicciones, depresiones: las he vivido”
“Perdí un matrimonio”, prosigue el músico; “y también momentos importantes al lado de la familia. Este menester es exigente, la banda te necesita constantemente. Recuerdo una canción de Kiss, ‘Beth’, que habla justo de esto: un tipo le marca por teléfono a su chica para decirle que no puede ir a verla porque tiene que ensayar. Beth, what can I do?, le pregunta. Esto de tocar no se trata de un sacrificio, sino de aceptar que hay un precio que se va a pagar. Yo he dicho que aguanto todo lo malo que tiene esta industria a cambio de las dos horas que duran nuestros shows, porque ahí en el escenario es donde soy un hombre sin cadenas. Adicciones, depresiones: las he vivido. Instantes en los que dices, bueno, orita ya me voy, al rato resolvemos nuestro matrimonio, luego que regrese. Pero todo eso termina pagándose”. Bajo este saber, Shenka apunta que conoce su perfil menos iluminado, y que ha podido retratarlo con su pluma: “He escrito canciones desde el lado oscuro, desde la ansiedad”. Refiriéndose a los momentos sombríos, el del micrófono recuerda uno en especial, con su pecho como protagonista.
“En mi camerino tenía alcohol y frituras de a madres; hoy en día, fresas, té, agua”
“Hace tiempo sufrí un pre infarto en San Luis Potosí. La cosa es que tenía que volver a la Ciudad de México para de ahí seguir la gira por Colombia y el cardiólogo me dijo, lo siento brother, no puedes viajar, olvídalo, no vas a aguantar la presión del avión. Y le contó esto a mi gente: si se lo llevan… allá ustedes, porque éste está en la tablita. Y yo dije, ¡cómo que vamos a cancelar, no! ¡Si me muero va a ser allí, en el escenario! Bien romántico yo, mirando cuál era el mejor lugar para morir. Pero el doctor me insistió, no se apendeje, si se trata de no morirse. ¿Usted ama lo que hace? ¿Entonces por qué se quiere morir? ¡Cuídese! Eso es importante recalcarlo. Porque en su momento mi camerino tenía alcohol y frituras de a madres; hoy en día hay fresas, té, agua y café. Y ya casi ni piso el camerino, ya no hay a qué quedarse allí. O sea, cuando acabo de tocar me digo, lo mejor de mi noche ya pasó, que fue estar en el escenario, esa es la parte más chingona; lo demás es querer prolongarla. Es algo que aprendes a la mala, aunque hay quienes se siguen de filo”.
“Ah, pinche rockstar, ya hasta firmas autógrafos”
Ese seguirse de filo se proyecta a otros campos. En el caso de Shenka, su oficio lo orilló a desconocerse a sí mismo, así como a incomodarse con su entorno. “Antes me desgastaba tratando de explicarle cosas a la gente que me increpaba. Llegó a ser tan cansado que lo llevé a terapia, y entonces nació Dr. Shenka. Porque tocaban a mi puerta y me preguntaban que si yo era el del Panteón y me pedían fotos; yo decía, bueno, ¡pero quién les dio mi dirección, qué pedo! Me pedían autógrafos y yo decía, nel, yo vengo de otra escuela, conozco a todo el vecindario y todos somos reales y vivimos la calle. Pensaba, ¿para qué quieren mi firma? Pídansela a Carlos Monsiváis. Y la respuesta era, qué mamón, te cotizas, te crees la gran estrella; y al mismo tiempo mis amigos me decían, ah, pinche rockstar, ya hasta firmas autógrafos. Empezó a ser cansado, invasivo. Dr. Shenka nació para que en él recayeran increpaciones, aplausos y mentadas de madre; para que Luis siguiera llegando a salvo a casa. Bajo el escenario soy tranquilo y mesurado; arriba, el perro más rabioso. Allá me desfogo y eso se queda en escena hasta la siguiente tocada. Acá, abajo, estoy en lo mío. Me costó trabajo comprenderlo. Soy un ciudadano más”.
“Quitarle el micrófono a Paulina Rubio, decir algo más interesante”
Sí, un ciudadano más, aunque no como cualquiera. De ahí que el músico se sienta “bendecido por eso, por tener un trabajo que procuro, por transmitir todo esto a nuevas generaciones, cosa que me parece un deber”. Entonces, con cierto sonrojo, el de “Arréglame el alma” repasa un historia reciente. “El año pasado una revista de líderes empresariales me dio un reconocimiento como parte de los 300 líderes de este país. Me invitaron a una comida donde resultó que estaba medio mundo, hablo de personas a las que incluso les he llevado la contraria. Al entrar a ese lugar empecé a ver a los presentadores de noticias más famosos y honestamente entré en pánico, y me dije, ¿qué verga hago aquí? Le hablé a mi esposa, le conté mi incomodidad y me dijo, si ya estás ahí es porque te lo ganaste. Tú mismo me lo dijiste una vez, que qué mejor que quitarle el micrófono a Paulina Rubio con tal de que alguien llegue a decir algo más interesante. Bajo esta premisa, venga, asumí la responsabilidad. Mientras uno sepa quién es, la gente que diga misa. Yo sé quién soy, de dónde vengo, dónde crecí”.
“No elegía mis batallas; hice un cambio radical, maravilloso”
Aunque hubo un momento donde le importaba y en realidad le afectaba recibir ataques, hoy en día Luis tiene claro que es determinante “buscar un equilibrio, elegir ciertas luchas”, porque “en esta onda del ego hay que trabajar mucho con uno mismo. Yo tengo mi challenge alimenticio, trato de decirle a la gente por qué es importante no consumir mierda. Porque cuando estás claro y enfocado eso quieres, que los demás estén vibrando en la misma onda”. El cantautor dice haber sido “un tipo que vivía cansado todo el tiempo. Me bajaba y me subía a los aviones desvelado. No elegía mis batallas, a todo lo que me invitaban decía que sí. No dormía bien ni tomaba agua hasta que hice un cambio radical, maravilloso”.
“Hoy me cago de la risa de mí mismo”
Así, a décadas de recibirse como doctor en asuntos canábicos, ahora el músico apenas fuma eventualmente. “Tuve un periodo bien chido de sanación”, señala él mismo; “porque no se trata tanto de la sustancia sino del consumo, de la parte de tu vida que te duele y te hace llegar allí. Ahora trato de estar claro con mis ideas, como la gente de Fugazi o Minor Threat: straight edge. Hace muchos años escuchaba esas bandas sin entender del todo su filosofía, pero ahora puedo experimentar lo que sentían, y es real: la energía, la claridad. La alegría. Porque yo solía ser un tipo enojado, siempre con cara de fuchi. Hoy me cago de la risa de mí mismo. Sí, sigo aprendiendo cosas, después de treinta años de carrera”.
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