Existe la posibilidad de que la escasez de canciones compartidas sea una de las señas de identidad de la nueva era. Es curioso cómo el léxico tecnológico se adueñado de este término, “compartir”, justo cuando menos presencia tiene en nuestra vida.

Desde la llegada de las herramientas individuales, canalizadoras de una oferta no infinita pero sí incesante, lo de “compartir” es una entelequia. Es difícil hacer comprender cuando se trata de sentir y es arduo sentir lo mismo cuando el sonido, la luz, el aire y los olores son distintos. Una tarde echada con un amigo va tejiendo la atmósfera que las canciones acompañan y amplifican. Es inútil esperar que tu cuate comprenda la luz roja del atardecer, su  sintonía a con el nuevo trabajo de ASC, mientras tomas un café en tu casa, si él está con las finanzas en la suya. No hay quien rescate el momento por mucha canción que mandes. El envío coincidirá  con tres playlists dos memes y cuatro frases motivadoras. Cada vez que el celular nos indica orgulloso nuestro “tiempo semanal en pantalla” la cifra mostrada es la que le hemos robado a la vida, a la compartida al menos.

Al enviar una canción a alguien estamos utilizando una ruta de transporte, y eso siempre es comerciar, vender, de una manera u otra convertimos arte y emociones en mercancía que debe competir con la ametralladora de contenidos personalizados.

Las empresas tecnológicas tienen claro que las rutas y lo transportado  en ellas son el negocio del futuro, lo es ya de hecho. Si debido a toda la voluntad de empatía con los nuestros, decidimos parar lo que estemos haciendo y ponernos a escuchar la tonada recibida, resulta que en la mayoría de los casos el archivo obliga a tener una plataforma comercial en la que la canción está incluida para poder oírlo. Tampoco la canción pertenece al emisor, es propiedad de la plataforma por la que ambas partes de la comunicación pagan sino quieren ver interrumpida la escucha por publicidad. La presencia física de ésta ha aumentado en cada contenido que buscamos en la red, son las brazadas del ahogado. Los anunciantes cada vez representan menos ingresos para los pocos negocios viables on line. Hal Varian, economista jefe de Google, vaticina que el gran portal de contenidos y tráfico, Google, abandone el modelo de publicidad formal hacía otro pay per view, es decir pagar por acceder a la ruta.

No es de extrañar el aumento de ventas de música física, como ayer recogía Marvin. Un buen melómano debe comprender que hay que ser propietarios de la música que nos gusta. Las plataformas que nos alquilan contenidos culturales, sin por esto pasar a ser propietarios, son susceptibles de aumentar tarifas incluso desaparecer y con ellas nuestra discoteca en la que se han invertido unos miles de pesos a lo largo de los años.

Se vislumbra una brecha de propiedad cultural insalvable. Los precios de los formatos musicales físicos como el vinilo, mercado que tras su derrumbe hace dos décadas ha tenido un crecimiento sostenido e incluso multiplicado durante la pandemia, se han vuelto prohibitivos para el aficionado. Son un objeto de regalo y colección más que de consumo continuado.

Resulta tentador pagar por acceder a una extensa oferta musical aunque sea en forma de alquiler. Pero la tendencia del negocio digital es cristalina, cobrar por acceder. La proliferación de ad blockers, su uso global creció un 98% en 2015,  y la crisis económica ha ido escorando a las plataformas de contenido digital hacía las aplicaciones,  donde hay un control de estos bloqueadores de publicidad. Las redes abiertas, como el mismo Google, permeables a los ad blocekrs, optan por el pago directo del usuario.

Cuanta más inversión requiera nuestro consumo cultural a menos contenido podremos acceder. Se leen menos libros pero proliferan actividades realizadas en Internet que implican lectura; cae la asistencia al cine, pero aumenta el consumo de contenidos audiovisuales a través de plataformas on-demand o sitios online. La capacidad de lectura profunda y sostenida se pierde.  Lógicamente la población con mayor nivel educativo y económico es la que accede a mayor variedad de consumos culturales. No existen políticas públicas efectivas en casi ningún lugar del mundo para evitar la brecha cultural digital mediante ayudas directas o impositivas a las empresas. Es más, las legislaciones nacionales  persiguen con severidad la descarga de contenidos culturales gratuitos velando así por el mercado de consumo frente a la difusión del arte como generador de identidad ciudadana y humanista.

La pandemia atornilla la distancia en nuestras vidas, la lejanía es la condición generalizada para compartir. El intermediario digital crece, es él o nada, en el fondo el gran negocio es cobrar por convivir, esa fue la idea desde el principio, disfrazada en los albores de Internet por lo contrario. El sueño olvidado de la gratuidad de la información y la cultura, el acceso global a la libertad de pensamiento, hoy se alquila.

 

 

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