Este pasado fin de semana se estrenó Nuevo Orden, cinta del mexicano Michel Franco la cual ha causado un notable caudal de controversias y opiniones encontradas.

Existe una noción inicial que debemos de tomar en cuenta con respecto a Nuevo Orden y ésta se trata de que la cinta se encuentra adscrita al subgénero del llamado “horror social”. ¿Qué significa esto? Básicamente que, la película trata de retratar los perfiles más oscuros de nuestra sociedad, misma misión que se ve desplegada mediante un mapa comunal que rastrea los alcances de la miseria a lo largo de distintos estratos sociales en los que no hay cabida para ningún tipo de idealización gratuita, sin importar los dogmas ideológicos que son consustanciales a dichos arquetipos.

A diferencia de lo que muchos de sus detractores han señalado, esta producción no trata de ponernos del lado de un sector social en particular. Su verdadero objetivo es sacar a relucir el contexto de violencia universalista sobre el que transita nuestro contexto actual. Por supuesto, esta brutalidad trabaja a distintos niveles dependiendo de los individuos quienes la infligen. En las clases altas la encontramos encarnada dentro de un sistema comunal regido por agresiones normalizadas que forman parte del código psíquico sobre el que persiste el conservadurismo patriarcal del sistema burgués.

Por otra parte, es en los estratos más paupérrimos en los que vemos cristalizadas esas violencias físicas e inmediatas que son resultado directo de un sistema el cual, privado de todo atisbo de humanidad, funciona como una factoría ciega e intransigente en la que el descontento y la frustración pronto dan pie al rencor.

Básicamente, la cinta deja al descubierto esa cadena de indignidades en la que todos participamos sin importar nuestro estrato social o étnico, aunque, por supuesto, el filme señala una clara distinción entre aquellos quienes sufren de forma directa esta realidad y aquellos quienes se limitan a traficar con ella.

A pesar de los múltiples cuestionamientos que se le han hecho a esta cinta con respecto a su carga política e ideológica –mismas que a menudo se decantan por una lectura discriminatoria-, lo único que podemos afirmar es que, al tratarse de una cinta la cual aborda la brutalidad que yace implícita en cada una de nuestras capas sociales, cada quien verá reflejada en ella sus propias paranoias e histerias sociales. Sin embargo, vale la pena recordar que el contexto retratado por Franco, a pesar de estar vinculado al nuestro, también se encuentra revestido por un ánimo de fantasía distópica.

Independientemente de las cuestiones políticas –mismas que se antojan irreconciliables-, la cinta cumple con el objetivo que debería de ser la misión por excelencia de toda cinta de denuncia: ser potente, lograr causar un impacto en el espectador, esto no sólo por lo delicado de su trama sino también por las propias riquezas sensoriales de su forma.

Durante su primera mitad Nuevo Orden nos sumerge en una atmósfera plenamente cronometrada que logra contagiar una sensación de constante angustia física que va en crescendo hasta que ésta estalla de forma verdaderamente abrumadora a través de una serie de secuencias caóticas que recuerdan a Luis Buñuel.

Mucho se especuló en su momento con respecto a si esta cinta retomaría los cánones del home invasion, género que a muchos se les antojaba terriblemente racista para con el contexto de la producción.

A pesar de estas predicciones el director opta por no apoyar toda su narración en dicha forma discursiva y es aquí donde la cinta tropieza bastante debido a una serie de licencias que, por momentos, se antojan exageradas e inverosímiles.

Quizás hubiera valido la pena mantener ese atmósfera intimista y afilada –después de todo, Franco no hace sino capturar una radiografía de los ambientes plenamente banales en los que se desenvuelve- antes de optar por ambiciones más grandilocuentes.

El cine de Michel Franco es un cine “de shock”. Constantemente pretende confrontarnos mediante secuencias las cuales desestabilizan nuestra sensibilidad tanto estética como moral. Como no podía ser de otra forma, Nuevo Orden se trata de un coctel en esteroides con respecto a dicha inquietud.

A lo largo de esta producción nos encontramos con una serie de momentos tremendamente desgarradores los cuales, a su manera, seguramente también dividirán a la audiencia.

Mientras que muchos verán en estas secuencias altamente gráficas –una violación en masa destaca como una de las más potentes- una muy necesaria recreación/crítica con respecto a los crímenes de lesa humanidad que ocurren de forma cotidiana en suelo mexicano, otros no verán otra cosa sino una mera “pornografía de la imagen”.

Pues bien, independientemente de todas las perspectivas y puntos encontrados que han surgido con respecto a esta película, vale la pena tomar en cuenta que, si existe un verdadero villano en la cinta, ése es el poder; éste no visto como un órgano centralizado e institucional, sino como una fuerza transferible e inmediata cuya irrupción reinicia ese círculo vicioso en el que sólo existen dos papeles viables: el de la víctima y el del victimario.