Nadie lo llama la Nueva Era, eso queda para las generaciones futuras. Nueva normalidad, NN,  por decreto global, es el título. Además de un oxímoron, el concepto NN contiene aristas ya existentes que se van a afilar. No cabe duda que el control de los ciudadanos será uno de los vértices de la Nueva Normalidad. Esta semana la Asociación de Transporte Aéreo Internacional –IATA- publicaba los nuevos protocolos para viajar en avión, para empezar demandaba “la recopilación de datos de los pasajeros antes del viaje por parte de los gobiernos, incluida información sobre su estado de salud”.

El campo social ya está sembrado para la tarea de monitorizarnos. Las apps de salud pública, creadas por empresas privadas, han proliferado en los últimos cinco meses por todo el planeta. Con una primera línea de tele operadores haciendo de filtro médico, son la solución de los gobiernos ante la masificación de infecciones y por la nula capacidad de las sanidades públicas. Se trata del diagnóstico vía remota, ante el que debemos desnudarnos, al igual que hacemos al visitar al médico, pero esta vez no quedará registrado nuestro estado de salud en un papel de consulta anónima. Malos hábitos, herencias genéticas, lesiones impúdicas, lugar de residencia o simplemente en la cama que hemos dejado nuestro sombrero, como cantaba Marvin Gaye, quedará en poder de los gobiernos y las corporaciones tecnológicas.  Esto para viajar. En cuanto al día a día, éste  tendrá el tiempo y el espacio que marquen las autoridades.

No solo será una cuestión de campo de acción, también de la interacción con nuestros semejantes. Nuevas formas de relacionarse marcadas por las autoridades, secundadas por nuestro terror. En esto también hay una arista pre existente. Tras años creando la nueva sociedad virtual, ahora, la pandemia, el confinamiento y finalmente la Nueva Normalidad, la perfeccionan, con su empatía por los otros de serie de 10 capítulos. Cada vez más perezosos para escuchar, con un dispositivo de ego-atención a nuestro alcance, encerrados en nuestras casas, alejados de tanto posible apestado, con salidas fugaces, manteniendo la distancia, desconfiando, cubiertos tras la máscara. Las apps que sin salpicarnos de humanidad ajena nos solucionan cada pequeña decisión de nuestra vida, están emocionalmente y legalmente en nuestras vidas. La escritora rusa de ciencia ficción, Anna Starobinets, en su libro El Vivo del año 2012, describe un futuro de seres inmortales que siempre llevan una máscara de cristal en la que encuentran todo la información propia y de un sistema, que les soluciona cada instante y decisión de su vida. Ciudadanos de una sociedad homogénea, estereotipada,  pero sin privacidad gracias a la tecnología y el control que ésta facilita.

Hoy, en 2020, la ego-herramienta es tan poderosa que desde muchos encierros, los del sustento solucionado, se oye poca disposición a volver al mundo que conocimos. La mascota que no nos cuestiona, y la app que si nos cuestiona, cambiamos de pantalla, son nuestros nuevos conciudadanos. Es el camino contrario al  descrito por Aristóteles, para formar la República idónea, en su libro, Política. “El procurar hacer muy una la ciudad no es lo mejor del mundo, porque más bastante es para sí misma una familia que un hombre solo, y una ciudad más que una familia. Y entonces presume una compañía ser ciudad, cuando en ella hay bastante multitud”. El filósofo griego entendía, y en este pensamiento se fundaron muchos de los derechos civiles que hoy nos protegen, que solo de lo heterogéneo se dará el progreso justo, que solo de la “civil comunicación, la cual es la más principal de todas las compañías, para que los más, puedan vivir conforme a sus deseos”. En la Nueva Normalidad, esa “civil comunicación” queda todavía más reducida, la lejanía de los unos con los otros no solo es cómoda, es saludable. ¿Estamos pues entrando en la Nueva Era, la de las oligarquías que tejen el futuro social con decretos y lo apuntalan con tecnología mientras vivimos sumergidos en la virtualidad? Será una prueba de fuego para el impulso humano que late por debajo de las normas, para la inspiración humanista  que alumbra raras avis en nuestros días, como el disco 15 Berceuses de Nathalie Darche.

Jacques Derrida en su obra Pasiones, decía: “Su regla es que conozcamos la regla pero jamás nos atengamos a ella”. Para Derrida, la amistad, como otras relaciones humanas, requieren para ser reales, sin siquiera proponerlo, ir contra el deber ser. El inglés Daniel Defoe escribió, en 1722, Diario del Año de la Peste. En los capítulos finales del libro, Defoe, se muestra sorprendido de cómo los mismos que durante la peste que sacudió Inglaterra a finales del siglo XVII, estaban aterrorizados y se evitaban los unos a los otros, con las primeras noticias de que la epidemia ya no era tan mortal se lanzaron a la calle con “un valor irreflexivo”.  Entonces no se contaba con herramientas tan seductoras para el aislamiento social, ni tan poderosas para el control de los individuos. Por ahora, la Nueva Normalidad, cuenta con la ventaja de que la desconfianza es el primer estimulo ante el otro, además, hoy, dan el nuevo capítulo de nuestra serie predilecta.

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