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Nu metal Revolution Vol. 2: Besos empapados, riffs y chelas

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Aunque un poco triste, la pregunta fue genuina. ¿Hace cuánto que no vamos a un  concierto solos? Sólo tú y yo. Nos miramos por unos minutos, pensando,  descartando mentalmente aquellos en los que fuimos acompañados por amigos o  familiares. La rebobinada nos aventó a 2018, cuando disfrutamos de rolones como “The great  gig in the sky” o “Wish you were here“, en el tour Us + Them de Roger Watters, en el palacio de los rebotes. Otro, para olvidar, fue aquella vergonzosa vez en la que, por el letargo del lunes, pero sobre todo el pendejismo de no leer bien el horario del boleto, llegamos sólo a  las últimas seis rolas de Iron Maiden, en septiembre de 2019. Mea culpa. 

TXT::Jonathan Nácar

Por ahí de 2010, nos lanzamos en plan de novios al Star Wars In Concert en el Auditorio Nacional, del que sobrevive una taza como testigo. Finalmente, llegamos  a la conclusión de que hacía mucho tiempo que no nos regalábamos un momento  en pareja, solos, sólo ella y yo. Más allá de estar envueltos en este remolino de emociones, preocupaciones, pugnas y jaloneos cotidianos que implica un matrimonio de casi 13 años, dos de los cuales resultaron insuficientes para disfrutarnos como recién casados más allá de los tiempos de noviazgo, y antes de que llegara Sofí, nuestra primera hija, me parece que, si en algún momento nos hemos perdido en ese subibaja de emociones  y desafíos que implica la vida en familia, la música siempre ha sido el pretexto perfecto para pasarla bien. 

Tal parece que los planetas se alinearon, la suerte nos sonrió o simplemente pasó lo que tenía que pasar, para que ese 31 de mayo fuéramos cómplices de una cita con un entusiasmo como el que sentíamos de novios. Una escapada fuera de la rutina, sin la casaca de papá y mamá, que se transformó en una velada repleta de lluvia, con cielos grises y calcetines empapados; pero de mucho gozo, compartiendo unas cervezas, con guitarrazos y cantos guturales como música de fondo, y los  carteles del Nu Metal Revolution Vol. 2 frente a nuestros ojos. 

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Unos cumbiones, el adiós de Ozzy y Acapulco

Imagino que al hacer referencia a bandas como Iron Maiden o Machine HeadPowerman 5000 u Orgy, que encabezaron el cartel de la atropellada edición de este año del festival, se podría pensar que mi esposa Vero y yo somos asiduos fanáticos  de los riffs que inventó un tal Mustaine, de la virtuosa e hipnótica manera de tocar la batería de un Danny Carey, o de la potencia y energía que aún le queda en el  cuerpo y en las cuerdas vocales a un cincuentenario como Randy Blythe. Lo cierto es que no. Ella suele ser mucho más versátil que yo. Lo mismo se va con nueve meses de embarazo a cantar las rolas de su adolescencia en el concierto de los Backstreet Boys, o se apaña el micrófono del karaoke en las reuniones familiares  para aventarse a todo pulmón “Mi mayor anhelo” de la Banda MS. Sobre mis pasiones musicales, Vero me lo ha dicho en más de una ocasión: “lo disfruto porque me gusta estar contigo y compartir lo que te gusta me hace feliz”. Un motivo más para amarla. 

Algunas veces, Vero y yo platicamos y recordamos con nostalgia el día en que nuestros caminos se encontraron en la FES Aragón. Todavía nos reímos al rememorar cómo es que ingenuamente sin que yo supiera siquiera cómo se llamaba ella, donde vivía o si en algún momento podía interesarse en mí, estaba casi seguro de que era una chica metalera o al menos rockera. El chiste se cuenta solo porque no resultó ni una ni otra. Vero es todo terreno. Es mi fiel compañera y pareja de baile por default a la hora de que en las fiestas me toca improvisar con los cumbiones de la Sonora Dinamita o el Super Grupo Colombia; o el día cuando armamos las chelas y los tacos al pastor para aventarnos la pasarela de leyendas y momentos épicos que nos dejó la  despedida de Ozzy Osbourne y Black Sabbath

Aunque no conocía a todas las bandas, ni todas las canciones con las que se rindió  tributo al cuarteto británico, la presencia y acompañamiento de Vero, quien prestaba  atención a todos los datos inútiles y curiosidades que me venían a la mente durante  el concierto de más de nueve horas, fueron para mí una muestra más de su amor y  complicidad. Justo así ocurrió con esa segunda edición del festival de nu metal en el que, tantito por azares del destino y muchito porque mi trabajo me impidió irme de vacaciones  al viaje que mis papás tenían planeado a Acapulco, pues tocaba cobertura obligada  de la que fue la primera elección judicial del país. 

La salida a la costa guerrerense estaba prevista para el 29 de mayo con fecha de retorno justamente ese domingo de votaciones extraordinarias. En otras palabras, no había ni cómo hacerse a un lado al compromiso que impone el oficio periodístico, en el que paradójicamente también este 2025 cumplo 13 años de que nos da para comer. La emoción y el anhelo de revisitar el mar, sobre todo de parte de Leo, nuestro  segundo hijo, rebasó la inquietante idea de que por primera vez se separará la familia. Que los pequeños se lanzaran de vacaciones con sus abuelos sin nosotros,  pasó de un cosquilleo mental a una decisión cuando, además de que sí o sí tenía trabajo dominical justo el día en que ellos regresaran, los organizadores confirmaron que el tambaleante festival previsto para el 3 de mayo, con bandas confirmadas de  última hora y un boletaje que prácticamente cayó al ya llévatelo por favor se pasó al 31 de mayo.

Latas camineras con impermeables

Sobre el concierto, reconozco que me ganó el entusiasmo y el buen sabor de boca que me dejó la primera edición del festival, de octubre del año pasado. Su planificación cronométrica, un cartel con el doble de bandas, pero sobre todo el que  tuve la oportunidad de ver por segunda vez, y después de 21 años del que fue mi  primer concierto metalero, a Mudvayne. Eso me hizo caer en su fase creyente, y,  con más estómago que cerebro creyendo que se repetiría la historia y sin pensarlo  mucho, compré mi boleto. Antes de todos esos cambios y eventos desencadenados, planeaba ir solo, pues a la mayoría de mis amigos metaleros les gusta, pero no tanto como para disfrutar en vivo de ese subgénero noventero-dosmilero que en mí se quedó arraigado en mi chavorruquez

Aún con la pésima organización del que terminó siendo un mini festival improvisado  y con muy pocos asistentes, había otros asuntos que revoloteaban en mi cabeza: el pendiente de que todo saliera bien con el viaje a Acapulco, en vísperas del arribo  de la tormenta Alvin justo ese fin de semana; y la incertidumbre que me aguardaba  con una jornada laboral incierta al día siguiente del concierto; pero, todo terminó  dando un giro a mi favor. Pero no iba a desperdiciar la oportunidad de poder disfrutar de un concierto metalero y en compañía de Vero, y aunque en realidad sólo me entusiasmaban tres o cuatro de las nueve alineaciones confirmadas, logré comprar su entrada a menos de la  mitad del precio oficial. Dejando de lado el clima, que invitaba más a quedarse en  cama que irse a mojar y pagar chelas y mala comida a sobreprecio, estaba encima  la zozobra por el bienestar de los niños que nos implicaba una distancia de más de  300 kilómetros; así que no hubo más remedio que pasarla bien. 

No llegamos puntuales, y ese era el plan. Considerando que vivimos a hora y media de la ciudad, la salida desde las afueras del oriente de la ciudad se hizo con tiempo y sin estrés. Nos dimos tiempo de pasar a la casa de mis papás para dejar el coche  y comprarnos un par de latas camineras camufladas en dos vasos de unicel de  aguas frescas que justo terminamos antes de llegar al Velódromo Olímpico, para alcanzar a  ver apenas un par de canciones de la presentación de los hidrocálidos de Here Comes The Kraken. Apenas estábamos disfrutando nuestra primera chela en el concierto, cuando comenzaron a caer las gotas de una lluvia que prácticamente llegó para quedarse. Contábamos con ello y atinamos a llevar nuestros respectivos impermeables que mantuvimos todo el rato. 

Sonidos electrosos y rugidos de tripa

Vimos unos Nonpoint potentes, pero un tanto desangelados en mi opinión, seguramente por el aguacero que se soltó con su salida, opacando un poco su primera vez en México; después tocó el turno de los argentinos de A.N.I.M.A.L, que en cuanto a punch y entusiasmo no se guardó nada el trío liderado por Andrés Giménez. La verdad es que no importaba si las bandas tocaban bien o si se les veían ganas  ante la baja asistencia porque, entre sorbo y sorbo, la llovizna y las risas de complicidad nos hacían parecer dos locos con su concierto privado, porque en  medio del concierto terminamos hablando y recordando las anécdotas más  ocurrentes con los niños, que nos hacían ver a lo mejor ajenos al momento, aunque yo creo que justamente es lo que estábamos disfrutando, el momento. 

Aprovechamos para, de alguna manera un tanto cursi y contrastante con el lugar y el evento, renovar nuestros votos y recordarnos que ocasiones como esa probablemente llegaban después de quién sabe cuánto, y por eso mantuvimos la mejor vibra y con la firme convicción de disfrutarlo al máximo. Para mí eso sólo significaba que, después de mucho tiempo, sólo me abocaría en nosotros, en darle mi atención a mi esposa, sin el estrés de cuidar que nuestro  pequeño se echara a correr o rompa algo, o de cumplir los caprichos y antojos que en cada salida son una constante con los niños. No, ahora sólo sería intentar que los dos la pasáramos chingón, hacerla feliz y en el trayecto disfrutar de bandas que en realidad no había presenciado en vivo. 

Entre besos empapados fluyó el repertorio de Orgy, una banda que como anticipaba fue una de las que más disfrutó ella, seguramente por su inclinación a los sonidos “más electrosos”, como ella misma dice. Después llegó el turno de una de las  agrupaciones a la que sí le traía ganas, pero con los ánimos encendidos se nos  había olvidado comer y ya se requería de una solución a ese crujido de tripas, no había muchas opciones más que ir por algo al área de comida y nos hicimos de dos  hamburguesas grandes con papas. Ahí estamos, recargados en la cerca de metal a un costado del escenario, con la  lluvia cayendo a tope sobre nuestras cabezas e inundando nuestros platos, admirando a la distancia a un Powerman 5000 que se lució en cuanto a energía, a pesar de que el chubasco arreció durante su presentación.  

Esquivar el mosh pit con un secreto al oído

Hubo gritos de emoción, degustación de comida aguada y muchas idas al baño,  pero dentro de la celebración se nos venía de manera constante la pregunta: ¿los niños estarán bien? Sí, están bien, nos respondimos mutuamente con la ingenua seguridad de que nada malo podría pasarles en un viaje a la playa, sin saber que mientras esquivábamos el mosh-pit para preservar el líquido en nuestros vasos, exactamente en el mar acapulqueño andaban con una preocupación más  extraordinaria que nuestra cita. Una historia de la que nos enteramos hasta el día siguiente. Llegó la hora del cierre del concierto que vino acompañado de una bocanada de entusiasmo con la presentación de Machine Head, que, aunque fue el headliner y  tocó sólo nueve canciones, la explosividad y energía que le impregnaron a cada una de ellas, las sentimos al máximo.

Empapados, cansados de estar más de siete horas de pie, aunque a ratitos nos sentamos sobre el piso mojado, nos divertimos mucho y no hubo mejor forma de despedirme de Robb Flynn y compañía que con mi mano izquierda haciendo la señal por excelencia metalera, y la derecha abrazando a Vero, pero antes de emprender la huida al metro, en la última tonada, nos miramos fijamente y con un  “te amo” casi al unísono y un beso que me remontó a aquella primera vez cuando  nos besamos, cuando en los patios de la FES llegó un momento en el que nos  miramos fijamente, le dije si le podía decir un secreto al oído, y la besé. Cerca de la medianoche llegamos a casa de mis papás, pues en unas horas había que trabajar y, lo más importante, por la noche llegaban los niños. La noche anterior había sido increíble, pero la cruda realidad nos cayó en domingo de votaciones, y aunque sonó la alarma, a mi cuerpo le costó reaccionar y terminé por levantarme un poco tarde. 

Después de la juerga metalera, Vero se apuntó a auxiliarme y hacerla de mi  asistente en la jornada de votaciones que, prácticamente de último momento se me  asignó documentar el voto de la jefa de gobierno, que hizo en el barrio de San Miguel Teotongo, para después recorrer algunas casillas para atestiguar cómo fluía el  asunto, pero entre el ir y venir fue necesario tomarnos un momento para almorzar un consomé caliente y tacos de barbacoa con una coca bien fría para soportar el  día. Transcurrió la jornada electoral y mi testimonio muy particular al cierre de las casillas  fue que, al menos de lo que constaté, hubo más asistentes al lluvioso concierto de  la noche anterior que en la fila para elegir a jueces y magistrados. 

Complicidad metalera todo terreno

Ya entrada la noche llegó el momento de aguardar el arribo de los camiones que traían de vuelta a nuestros hijos, y ante la pregunta obligada de cómo les había ido, tras un silencio frustrante de unos segundos de los niños y mis papás resultó que, mientras nosotros disfrutamos del concierto en nuestra cita de novios, en las aguas de Caletilla mi hija tuvo un encuentro con una carabela portuguesa. “Sentí como un pellizco que me quemaba”, nos contó sobre lo que sintió en su brazo cuando el contacto con esa especie de medusa pequeñita y azul obligó a que la  llevaran de urgencia a inyectarla para aliviar el dolor, por suerte ese fue el único  síntoma que tuvo, ya que, de haber resultado alérgica los lugareños les dijeron que  la cosa se hubiera puesto peor. Por fortuna no fue así. 

Había que admitirlo, nos recorría a Vero y a mí una sensación de culpa, por haber disfrutado mientras allá en Acapulco pasaban momentos de tensión, pero en realidad no lo supimos y de todos modos no hubiéramos podido hacer nada al instante. Justo ese fue el argumento que la propia Sofi les dio a mis papás al decidir  que no nos avisaran: “mis papás están en el concierto y se van a preocupar, mejor  que lo disfruten”. Y así fue.

Camino a casa, manejando sobre la caótica avenida Ignacio Zaragoza, con los niños  dormidos en la parte trasera, regresaron a la cabeza los momentos del fin de  semana, de ese concierto metalero, de nuestro trabajo reporteril, pero sobre todo de la complicidad en pareja que todo ello significó para nosotros. Sin palabras de por medio, sólo con miradas y sonrisas discretas, la tomé de la  mano y nos miramos con un sentimiento de nostalgia y amor. ¿Habrá más conciertos a los que vayamos solos, sólo ella y yo?, me pregunté mentalmente mientras por el retrovisor miraba los rostros agotados y bronceados de los niños. No lo sé, pero sé que ese 31 de mayo la música nos hizo reencontrarnos como pareja, como novios, como antes.

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Staff

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So Long, and Thanks for All the Fish.

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