#EnMisTiempos

por Arturo J. FLores

No solamente. Me explico: existen momentos en los que miramos como hipnotizados hacia el escenario. Quisiéramos que el Universo entero guardara silencio –lo que evidentemente nunca sucede– para disfrutar de cada nota como el buen bebedor disfruta de cada sorbo de vino. Pero no es todo el tiempo. El Festival entero se compone de pequeñas estampas y en muchas de ellas la música suena de fondo.

Habrá quien lo haga.

A los primeros que hago a un lado de este grupo, es a los colegas periodistas. No porque la música les disguste. Por el contrario, es por ella que mal cobramos tres pesos –cuando nos pagan, que es cada vez lo menos frecuente– a cambio de una sufrida jornada de hambre, sed, cansancio, sol y/o lluvia. Por ella nos dejamos maltratar. Le robamos el tiempo al amor, la familia y los amigos. Nos vamos quedando solos…y sordos.

Pero al final, para nosotros se trata de un trabajo. Si no, preferiríamos decidir a placer nuestro peregrinar de escenario en escenario. La realidad es que quien ha cubierto un Festival para un medio, sea impreso, digital, auditivo o visual, sabe que existen actos que hay que reportear de cajón. Aún a costa de nosotros mismos.

Son pocos los fans, de los que sí compran boletos, que se siembran como arbustos a los pies de un escenario. Quienes deciden no beber para no tener que ir al baño. No para ver a un artista, normalmente el que se presenta en el colofón de la tarde y la noche, sino el que verdaderamente se inmola como un Juan Escutia del acto en-vivo, para disfrutar de un cartel completo.

El resto acudimos por el Festival.

Dice la RAE que Festival es fiesta.

Si fuera sólo por la música no se vendería alcohol. Ni habría quien se oculta el guato debajo de los testículos o en medio de los senos. Nadie estrenaría camisa y sombrero. Ni tomaría bytes y bytes de fotografías y videos. Ni fajaría con desconocidos y desconocidas. O se rompería la clavícula en un slam.

Festival es una historia de largo aliento compuesta de pequeñas historias. La de ti, besando a tu ex antes de que fuera tu ex. La de ti bailando en círculo con tus amigos. La de ti, un borracho y un poco drogado (los Fresones Rebeldes dixit), tirado en el césped/concreto, dejándote tostar por el sol/mojar por la lluvia/admirando la luna. Eres tú y una cáfila de bohemios asardinados en un coche, intentando escapar del estacionamiento o agotados huyendo como zombies recién transformados en espera del último metro.

El último metro a casa.

¿A quién no le ha cerrado la reja en la cara, un policía desalmado? ¿A quién no lo han condenado a caminar la distancia de un país centroamericano hasta encontrar un taxi no te cobre el equivalente en pesos a un riñón? ¿Quién no se ha horrorizado ante la monstruosa tarifa de un Uber proyectada en la pantalla del celular… cuando no te robaron/perdiste/te quedaste sin pila en el celular?

Vamos a los festivales porque está escrito en el ADN humano que somos seres de fiesta. Homos ludens, bohemios galácticos, guerreros kamikazes. A quienes les gusta que siempre suene una canción de fondo mientras se juegan la vida.

Se viene la segunda camada de festivales:

El #ForceFest

El #CoronaCapital

El #UltraMexico

El #SudaMexico

El #KnotfestMexico

El #SeptemberFestMX

El #Friendstival2k18

Y los que falten por anunciarse.

No es la por la música solamente.

Si así fuera, nos quedaríamos a escucharla en casa.

Pero nos encanta sufrir.

¡Qué comiencen los juegos del hambre!