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Naima 2; una historia sobre Gilberto Aceves Navarro

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Naima 2; una historia sobre Gilberto Aceves Navarro

Aproximadamente en 2004 o 2005, viajé junto con algunos compañeros a la ciudad de Oaxaca para participar en un conversatorio con alumnos y personajes vinculados al Taller Rufino Tamayo. Recuerdo que visitamos al maestro Francisco Toledo y le mostramos una serie de portafolios y carpetas de grabado. Nos recibió con generosidad y nos hizo varios comentarios, muchos de ellos afortunados y muy estimulantes.

Fue entonces cuando nos comentó que el maestro Gilberto Aceves Navarro se encontraba en la ciudad, de visita, debido a una exposición que estaba presentando en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO). Fuimos a buscarlo y nos recibió en el museo. Gilberto acababa de inaugurar una exposición individual de gran formato, que ocupaba casi todas las salas —si no es que la totalidad— del museo.

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Ahí tuvimos una plática muy significativa. Vió nuestros grabados y recuerdo con claridad un comentario que me hizo y que se me quedó grabado para siempre. Yo llevaba un grabado que, como mencioné antes, estaba muy trabajado desde una influencia cercana a la suya y a la de Jean Dubuffet. Gilberto me preguntó si yo era consciente del arte contemporáneo y me dijo que, en ese momento, la novedad era colgar bicicletas en la pared.

Le respondí que sí, que era consciente de ello. De hecho, ya practicaba entonces ciertas formas de instalación, ready-mades u objetos, incluso trabajaba con video. Pero también le dije que, a pesar de saber que esas prácticas existían, lo que realmente me importaba era dibujar y pintar, y construir mi obra desde ahí. Que para mí, en ese momento, la pintura y el dibujo eran esenciales.

Recuerdo que Gilberto me respondió que entonces estaba muy bien lo que estaba haciendo: que era un gran dibujante y un buen grabador, y que le interesaban mis motivos. En algún momento, Francisco Toledo coincidió con esa opinión, aunque añadió —con su franqueza característica— que yo era un pésimo impresor y me recomendó visitar talleres de grabado para mejorar esa parte del oficio.

Conocí al maestro Francisco Toledo gracias al maestro Juan Alcázar, quien fue el vínculo que nos conectó. Juan Alcázar, gran amigo y maestro, fue también una figura fundamental que impulsó mi carrera durante mi estancia en la ciudad de Oaxaca.

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En ese momento, Gilberto tenía tres exposiciones extraordinarias en la ciudad de Oaxaca: una en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), una exposición de grabado en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) y una exposición privada en el estudio de Sergio Hernández. Las tres eran impresionantes.

Recuerdo especialmente la exposición del Museo de Arte Contemporáneo como una verdadera oda al color y al movimiento. Después de haber conocido a Gilberto y de haber conversado brevemente con él porque en realidad solo lo vimos un día regresé al museo muchas veces. Volví para observar con detenimiento todo el panorama de la muestra. Era casi una retrospectiva, aunque él mismo decía que no le gustaban las retrospectivas, sino las antologías. Esa idea me marcó profundamente.

Desde entonces comencé también a pensar mis propias exposiciones como antologías. Al producir tantos experimentos como sigo haciéndolo entendí que a veces no se trata de ordenar la obra cronológicamente, sino de reunirla a partir de temas: piezas de distintos tiempos y momentos que dialogan entre sí y que, al reunirse, construyen una exposición. Esa muestra de Gilberto parecía operar desde esa lógica.

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Recuerdo haber entrado al Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca escuchando Naima, de John Coltrane. Entré en un trance, en una experiencia estética que nunca antes había vivido. Fue presenciar la pintura en su máxima expansión. Nunca había visto algo así: la potencia, el oficio de un pintor, la capacidad de expresarse y de desarrollar una investigación tan profunda desde la pintura.

Me sumergí por completo en los desplazamientos pictóricos y en los movimientos de la obra del maestro Gilberto. Salí profundamente inspirado, pero también empoderado, tomado por la fuerza de la creatividad. La información era vasta, abrumadora en el mejor sentido; me sentía lleno, satisfecho.

Aún hoy puedo imaginar con claridad esa exposición a través del tiempo, porque fue un momento fulminante en mi vida. En especial porque estaba viviendo el mundo del arte desde una pureza y desde un México que hoy ya no existe. Un México donde los artistas se movían con una generosidad impresionante y con una capacidad de pensamiento que iba más allá del mero protagonismo discursivo o político. Aquí había otra cosa: imaginación, observación, libertad y expresión.

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En el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca había, justamente, una exposición de grabado que para mí también fue fulminante y decisiva. Creo que fue a partir de la obra de Gilberto cuando tomé la decisión definitiva de dedicarme a ser artista. Entendí que podía hacerlo, que tenía el nivel de producción y la intención, y sobre todo que contaba con el aval de los maestros que me animaban a seguir esta carrera y a no desertar para hacer otra cosa.

Recuerdo con claridad esa serie de grabados: eran profundamente interesantes, tanto por la variedad de técnicas como por la complejidad de sus escenas. Pero hubo una serie en particular que marcó mi vida: El artista en el estudio. Creo que ese fue el momento en el que entendí con mayor claridad cuál era mi oficio y a qué me iba a dedicar.

Estos grabados estaban llenos de situaciones múltiples. Lo que recuerdo es que incluían escenas incluso eróticas dentro del estudio: pasaban muchas cosas al mismo tiempo. Había fiestas, modelos posando, un ambiente bohemio muy intenso y un nivel de erotismo que me llamó profundamente la atención. Gran parte de mi trabajo siempre ha dialogado con lo erótico, y para mí fue fascinante entender que era posible vivir ese tipo de pensamiento y de imágenes: esa vida romántica, poética y radical del artista.

En el espacio del maestro Sergio Hernández se presentaba otra exposición de Gilberto, donde se mostraba una serie distinta de pinturas. Sin embargo, la pieza que más me marcó de esa exposición fue una que ya había visto reproducida en un catálogo y también en la revista Resumen: Van Gogh,1989, óleo sobre tela, 160 x 160 cm.

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Siempre he tenido una fascinación profunda por la pintura y, sobre todo, por los pintores: por sus historias, sus dramas y los estilos de vida que llevaron. Esa dimensión humana del oficio, particularmente en los pintores, siempre me ha llamado poderosamente la atención. Para ese momento yo ya tenía una imagen muy clara de Van Gogh, influida por la manera en que Francis Bacon también lo había retratado  como una sombra, en grandes plastas de óleo. Por eso, encontrarme con este Van Gogh de Gilberto Aceves Navarro fue una experiencia contundente.

Es una de las pinturas más bellas que he visto. Lo que más me impresiona es el tratamiento de las sombras y del espacio. El personaje avanza en una especie de pendiente; está construido como una masa de carmín, atravesada por contrastes de línea verdosa. La sombra es un azul cercano al cerúleo, con toques de ultramar, una pintura oscura, casi negra y verdosa, que se va disolviendo en el espacio. El contraste con los naranjas del piso que funcionan como luz es extraordinario, y arriba aparece el amarillo inmenso de Van Gogh, en una plasta monumental que domina la parte superior del cuadro.

La manera en que Gilberto articula sombras y luces es impresionante. Ese retrato de Van Gogh es, para mí, uno de los más poderosos que he visto: una figura atravesada por una mirada encendida, iluminada por un rojo intenso, que parece contener toda la tensión, la fragilidad y la fuerza del pintor.

Recuerdo haber salido de la ciudad de Oaxaca con un gran sabor de boca. Había tenido la oportunidad de platicar con figuras fundamentales de la cultura como el maestro Juan Alcázar, Gilberto Aceves Navarro y Francisco Toledo. Dialogar con ellos fue profundamente inspirador y, sobre todo, me ayudó a confirmar que ese era realmente mi camino, el lugar donde tenía que estar.

Con esa certeza regresé a mi ciudad, llevando conmigo no solo la experiencia, sino una convicción más clara sobre mi propio rumbo.

Con el tiempo me quedé con esos grandes recursos y desarrollé mi carrera como artista multidisciplinario, jejejejejeje, gané un par de becas estatales con proyectos conceptuales y colgué algunas bicicletas en la pared por así decirlo, aunque nunca dejé de dibujar y embarrar pintura expresionista. 

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Hacia el año 2018, yo estaba desarrollando una colección de pinturas que partía, de manera muy directa, de la comprensión de la mancha y la textura como generadores esenciales de mi trabajo artístico. Se trataba de una serie completamente ligada a una pintura de acción irreverente, donde el salvajismo era el elemento predominante.

Existía una paleta que se iba definiendo de forma intuitiva, pero el proceso estaba marcado por derrames de litros de pintura, brochazos amplios y un trabajo casi exclusivo sobre el piso. Era una pintura de apariencia vituperante, pero al mismo tiempo profundamente hermosa: las gotas y los goteos producían pequeños destellos dentro de esas masas de color, verdaderos campos cromáticos.

Una parte de esta colección fue adquirida por Sergio Sánchez de París, coleccionista, gestor cultural y art dealer radicado en la ciudad de Cuernavaca. Recuerdo que en una ocasión él me comentó que en el taller de producción donde trabajaríamos también estaba pintando el maestro Gilberto Aceves Navarro. Me lo mencionó con cierta cautela, diciéndome que el maestro observaba mucho y estaba siempre muy atento, y que quizá no le agradaría demasiado el desorden propio de mi proceso.

Le dije que estaba bien y que pronto nos veríamos. Preparé mis materiales y llamé a mi buen amigo Lucas Turbul para que me asistiera, ya que íbamos a producir algunas piezas de gran formato. Viajamos juntos a Cuernavaca, donde Sergio nos recibió y asignamos nuestra mesa de trabajo.

Ahí dispuse una gran cantidad de materiales: aerosoles, pinturas para dripping, pinturas más sólidas para generar pastas, diluyentes en cubetas, medios, aglutinantes, pigmentos. Traía materiales japoneses, de Barcelona, alemanes; todo estaba listo para lo que yo llamaba una auténtica bacanal pictórica.

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Salimos a comer y, mientras tanto, llegó el maestro Gilberto Aceves Navarro. Cuando regresamos, él ya estaba ahí y ya había revisado cuidadosamente todos mis materiales. Se acercó a la mesa y comenzamos a conversar sobre los productos y los colores con los que estaba trabajando. Me comentó que no conocía muchos de esos materiales, y yo le expliqué que eran relativamente nuevos, algunos con apenas un par de años en el mercado en ese momento.

Esto despertó en él un gran interés por experimentar. Habló con su hijo Juan Aceves, y entre los tres comentamos dónde podían conseguir esos materiales. Juan se dio a la tarea de conseguirlos y recuerdo que compraron una cantidad verdaderamente exorbitante.

A partir de ese momento comenzamos a platicar con más frecuencia y a entablar una relación. Para mí era sumamente estimulante estar conversando nuevamente con una de las grandes figuras de la pintura en México. Siempre ha sido fundamental en mi desarrollo artístico el hecho de sostener pláticas profundas sobre conceptos pictóricos y artísticos, especialmente con alguien cuya manera de pensar está tan arraigada en la historia de la pintura mexicana, como lo fue y lo sigue siendo Gilberto.

Durante esos conversatorios, él se mostraba particularmente atraido con la manera en que yo estaba pintando. Yo ya trabajaba desde una lógica extremadamente lúdica, sin preguntarme qué estaba pintando. Actuaba de forma casi mecánica, dejando que el flujo de la pintura guiará el proceso. Eso le resultaba muy atractivo, porque él entendía en ese momento la pintura como una abstracción pura, una síntesis del acto mismo de pintar.

Gilberto me comentaba que él nunca había pintado de esa manera, que nunca había trabajado partiendo de la nada como yo lo hacía. Para él, la pintura siempre había tenido un motivo; en cambio, en mi proceso el motivo ya era la pintura misma, el acto de trabajar, de pintar lo que fuera. 

Él se definía como un pintor temático, alguien que siempre había trabajado a partir de un concepto o una idea, y nunca desde el simple hecho de hacer por hacer, aunque paradójicamente a mí siempre me pareció que eso era algo que Gilberto sabía hacer de manera extraordinaria; por lo menos a mi personalmente eso me inspiraba.

A partir de ese encuentro tan lúdico, natural e instintivo, Gilberto comenzó a desarrollar una serie de pinturas inspiradas en esa experiencia. Empezó a trabajar de una manera más libre, y los materiales se prestaban para realizar derrames y expansiones que abrían nuevas posibilidades en su pintura…

Todo ocurría dentro de un clima profundamente lúdico. Recuerdo con mucha claridad la expresión de felicidad en su rostro; era impresionante. Nunca imaginé ver al maestro pintar con esa furia tan vital. Cuando comenzó a batir los colores, el gesto, la fuerza y la entrega con la que se relacionaba con la pintura resultaban absolutamente impactantes.

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A pesar de su edad y de la enfermedad que atravesaba, era profundamente impactante ver la manera en que seguía trabajando de forma casi compulsiva, haciendo y haciendo sin detenerse. Era una mente inagotable. Eso es, quizá, lo que más me llevé de esa experiencia: verlo pintar con todo, con el cuerpo, con los materiales, con lo que hubiera a la mano, pero siempre pintando. Nunca se dejó vencer.

Recuerdo también haber sostenido varias conversaciones con él sobre nuevos proyectos, en las que hablábamos de su docencia y de su pensamiento. Porque, al final del día, creo que Gilberto, más allá de haber sido un gran docente y artista sin duda uno de los más importantes de México, con más de cincuenta años de experiencia, era sobre todo un pensador profundo del arte. Hablábamos de cómo lo que realmente influenciaba a los alumnos y a la comunidad no era únicamente la técnica o el estilo, sino ese pensamiento que él compartía y ponía en circulación: un pensamiento que abría espacio para la generación de distintos lenguajes, de diversas maneras de observar y de producir eso que llamamos arte.

Creo que uno de los temas en los que pusimos mayor énfasis en nuestras últimas conversaciones, probablemente la última plática que sostuve con él, fue el origen de la pintura. Hablábamos de una pintura ensimismada, una pintura que se estudia a sí misma y que se entiende como materia y como tema, donde la pintura es, en sí, el asunto central.

Gilberto me hablaba del proceso de desfragmentación de la pintura como una vía para comprenderla. Uno de esos ejercicios consistía en captar el movimiento, en entender cómo rotar alrededor del modelo, cómo observar desde múltiples puntos de vista. Todo esto remite directamente a la historia de la pintura: al cubismo, al futurismo y a otras tendencias que nacen de esa necesidad de comprender el movimiento y el tiempo dentro de la imagen.

Recuerdo esa conversación como uno de los legados más valiosos que me dejó Gilberto. Me entregó una llave fundamental para entender las múltiples posibilidades de la pintura. Comprendí entonces que lo esencial de esa plática era, en realidad, una reflexión profunda sobre la composición: cómo se construyen planos que se yuxtaponen, cómo se rodea la pintura o el modelo, y cómo ese desplazamiento genera transformaciones constantes.

Esos planos en rotación producen una imagen que se comporta como un diamante tallado, donde cada faceta revela una nueva posibilidad. Así se configura una pintura progresiva, no estática: una pintura que está en movimiento, una imagen viva que contiene la velocidad del pensamiento del autor y del imaginario que la produce.

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Me atreví a escribir sobre Gilberto Aceves Navarro a pesar de no haber sido alumno suyo dentro del aula y de haberlo conocido únicamente a través de los encuentros y conversaciones que tuvimos a lo largo de esta vida. Sin embargo, lo que hablamos fue esencial. Cada vez que nos vimos, parecía existir una conexión genuina, un intercambio real. Yo me llevé información invaluable, y estoy convencido de que él también se llevó algo de mí. Eso es algo que valoro profundamente.

El maestro era una persona de una humildad extraordinaria, capaz de comunicarse con todo tipo de personas. Creo que esa es una de las cualidades más importantes de un gran espíritu y de un gran artista del tamaño de Gilberto Aceves Navarro, uno de los pintores más grandes que ha tenido este país. La humildad de alguien tan grande le permitía nadar con naturalidad entre quienes estaban aprendiendo, quienes querían trabajar, quienes deseaban experimentar la pintura y encontrar en ella un espacio de libertad.

Gilberto liberó las almas de quienes crean imaginarios, y esos imaginarios, en muchos casos, se volvieron radicales, potentes, profundamente transformadores. Ese, quizá, es uno de sus legados más vivos y más necesarios.

Nicolás Guzmán

Nicolás Guzmán

Soy jalapeño como los chiles. Desde muy chico la fiesta y el arte me atraparon en sus telarañas y migré a la ciudad de Oaxaca siguiéndoles para luego aterrizar de vuelta en Ciudad Gótica, la cual me ha inspirado a ser más rebelde y menos condescendiente. Llegué a Marvin por dedazo y me da pena ser chistoso en esta semblanza. Tengo un problema: solo me gusta hablar de mí y de mis cercanos.

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