#EnMisTiempos por Arturo J. Flores

No se trata de que escuchen metal, sino de que –literalmente– lo lleven en el cuerpo. Porque hay mujeres que así son. Supongo que hombres también. Personas de las que uno se enamora por su inconfundible manera de percutir encima de otro cuerpo. De golpearnos el plexo solar como si se tratara del bombo del baterista de Gojira.

Te desgarran como se ha de romper en jirones de carne la garganta de Alissa, la vocalista de Arch Enemy.

Es difícil no acostumbrarse a que te besen con una fuerza satánica. Con la cadencia del coro de Monstrance Clock en cada pase de lengua. Mujeres –y hombres, asumo­– a los que sus padres concibieron en una noche de viernes. Hasta el huevo de cuadros, mota, cervezas y calentura, entregados a la tarea de exprimirse el alma a punto de orgasmos.

Igual que un alucinante pasaje atmosférico encajado a la mitad de una larguísima canción de Mothers of the Sun.

Si bien es cierto que hoy en día el rock parece haber muerto, nada mejor le pudo suceder. Está preparado para vivir la vida eterna. Existirá por siempre en las caderas de una mujer. Una de esas de las que resulta imposible soltar cuando, empapadas de sudor, te han apretado tan fuerte las costillas que te cuesta respirar. Féminas imaginadas por algún escritor de historias fantásticas, psicodélicas, densas, incorrectas, como la más reciente canción de Sego y adelanto del disco que lanzará en abril, Shame.

Me he visto atrapado entre las serpientes seductoras de sus piernas. Con mis labios improvisando una rima que humedezca su vulva. Atrapado en una nube morada que vibra al son del bajeo de Stonefield.

Escribo estas líneas a propósito del 14 de febrero. De un San Valentín que uno quisiera arrancar de los calendarios. De un día que, hagamos lo que hagamos, llegará. En el que, estoy seguro, me levantaré a vomitar en el retrete palabras de amor, canciones de amor, flores, chocolates, cubetadas de melcocha y litros del vino que tomé queriendo no pensar en el heavy metal contenido en un ombligo.

¿Sabes cuánto heavy metal cabe en una mujer?

La ciencia no ha podido saber. Es como calcular qué tanto diablo hay dentro de un poseído. A una mujer –o un hombre, quiero pensar que soy uno de ellos, aunque no me toque decirlo– que puede nunca acabársele el rock. Le brota el rock (indie, digamos) a borbotones por los poros cuando se le sabe acariciar. Se le erizan como espinas los pelitos de los brazos. Su placer se expresa en un falsete que podría eclipsar al cantante de Delays.

La música nueva refresca. Es como besar una nueva boca. De ahí que una banda que no conocíamos se parezca a una espalda nunca antes explorada. Acariciarla con la punta de los dedos, lo mismo que darle play a una canción cuya existencia ignorábamos. Así me pasó hace unas semanas cuando escuché por primera vez las agujas sonoras de lo más reciente de Sharon Van Etten. Sentí que dejaban caer una cuchara de hierro al rojo vivo en la cabeza.

No quiero que llegue el 14 de febrero. Pero es demasiado tarde. Se encuentra ya a la vuelta de la esquina. Agazapado como un lobo, listo para saltarnos encima y arrancarnos el corazón.

Enciérrate bajo llave. En un sarcófago como lo hacen los vampiros. Sepúltate varios metros bajo tierra. O de lo contrario le llamarás. Anhelarás ser reducido a polvo de estrellas por las caderas que tocan heavy. No existe forma de haberlas probado y no querer reincidir.

Igual que Kiss, Ozzy, Deep Purple, AC/DC y todas esas bandas que anuncian su quintagésima Gira del Adiós, la última, la definitiva, pero que a la primera oportunidad se vuelven a subir al escenario. Así al amante del decibel con piel de mujer (o de hombre, porque también pasa), le resulta imposible no volver a caer. Llamar por teléfono y preguntar, “¿qué vas hacer en San Valentín? ¿no quieres que nos veamos?”.

Puede pasar. Cuidado.

Sucederá sin remedio.

Aléjate de las criaturas que llevan el heavy en el cuerpo.

Lo de menos es que no lo escuchen.